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“Cautivados por el ejemplo de Jesús y sostenidos por su amor, desde el origen de la Iglesia muchos cristianos dieron testimonio de su fe hasta derramar la sangre. Tras los primeros mártires han seguido otros a lo largo de los siglos hasta nuestros días”.
Estas palabras de Benedicto XVI encabezan el mensaje con motivo de la beatificación de 498 mártires que tendrá lugar a Roma el domingo 29 de octubre. Son algunos de entre los miles que dieron la vida por amor a Jesucristo en España durante la persecución religiosa de los años treinta del siglo XX. Al final del segundo milenio la Iglesia ha vuelto a ser Iglesia de mártires y lo sigue siendo en varios lugares del mundo. Con su beatificación lo que queremos es glorificar a Dios por la fe que vence el mundo (cfr. 1Jn 5,4) y que supera las oscuridades de la historia y las culpas de los hombres. Los mártires dan gloria a Dios con su vida y con su muerte, y se han convertido para todos nosotros en signos de amor, de perdón y de paz. Los mártires, por el hecho de unir su sangre a la de Cristo, son profecía de redención y de un futuro divino, verdaderamente mejor, para cada persona y para toda la humanidad. Este es el sentido profundo de la beatificación de estos hombres y mujeres, cristianos como nosotros, que nos han dado un maravilloso ejemplo de caridad cristiana, puesto que la gracia del martirio –pues se trata de un don que precisa de la gracia de Dios– es el estado más elevado de la caridad cristiana. De ellos hemos de aprender a hacer nuestro el Evangelio en las situaciones difíciles, aunque quizás a nosotros no se nos pida derramar la sangre para confesar la fe. Como ellos debemos mostrar la vitalidad de la Iglesia y así haremos resplandecer la luz de Cristo, siendo para la Iglesia y para el mundo un signo de esperanza. Podemos destacar como rasgos comunes de estos nuevos mártires los siguientes: fueron hombres y mujeres de fe y de oración, particularmente centrados en la Eucaristía y en la devoción a la Santísima Virgen; por ello, mientras les fue posible, incluso en el cautiverio, participaban en la Santa Misa, comulgaban e invocaban a María con el rezo del rosario; eran apóstoles y fueron valientes cuando tuvieron que confesar su condición de creyentes; disponibles para confortar y sostener a sus compañeros de prisión; rechazaron las propuestas que significaban minusvalorar o renunciar a su identidad cristiana; fueron fuertes cuando eran maltratados y torturados; perdonaron a sus verdugos y rezaron por ellos; a la hora del sacrificio, mostraron serenidad y profunda paz, alabaron a Dios y proclamaron a Cristo como el único Señor. La Iglesia siempre ha creído que la sangre de los mártires es semilla de cristianos. Ojalá que el ejemplo de estos hermanos nuestros a los que veneramos como beatos estimule nuestro deseo de vivir una auténtica vida cristiana, de ir contracorriente cuando sea necesario y de ser testigos creíbles del amor de Dios a los hombres y mujeres, sembrando siempre la paz y la concordia. † Jaume Pujol Balcells Arquebisbe metropolità de Tarragona i Primat
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