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El Ministerio de Turismo de Israel lanzó con motivo de este viaje papal una interesante página web, cuyo lema era “Un puente para la paz”. En la víspera ya de la conclusión de esta apasionante peregrinación de Benedicto XVI a los Santos Lugares de Israel y Palestina, el puente está ya erigido espiritualmente. Solo hace falta transitarlo.

Porque los puentes son para recorrerlos, para unir a sus dos extremos. Pero un puente por sí solo no basta. Es preciso que cumpla su misión de acercar dos orillas. El puente está destinado, de este modo, al encuentro, al intercambio, a la comunicación. El puente es siempre un espléndido símbolo de reconciliación y de paz. Dijo Benedicto XVI en la mañana del jueves 14 de mayo, en la misa de Nazaret, refiriéndose a las comunidades cristianas y musulmanas de Nazaret y de Galilea: “Invito a las personas de buena voluntad de ambas comunidades a reparar el daño que ha sido hecho, y en la fidelidad al credo común en un único Dios, Padre de la familia humana, trabajar para construir puentes y encontrar formas de convivir pacíficamente. ¡Que cada cual rechace el poder destructivo del odio y del prejuicio, que asesinan el alma humana antes que al cuerpo!
El puente Allenby
En los primeros del siglo XX, en el llamado periodo otomano de Tierra Santa, un general británico, Allenby, construyó un puente sobre el río Jordán que unía lo que ahora son los territorios palestinos en Israel y el Reino de Jordania. Este vetusto puente de 1918 ha sido a lo largo de estos años uno de los lugares más estratégicos, emblemáticos y ansiados de Tierra Santa. Fue volado y sucesivamente reconstruido en las guerras de 1946 y de 1968. Claro, las guerras no quieren puentes. Años atrás creo que se proyectó y no sé si hizo uno nuevo, quizás espléndido pero, a buen seguro, inutilizado e inutilizable. El puente Allenby ha estado y está pensado siempre para unir….El puente que ahora Benedicto XVI ha pretendido construir está destinado también a unir. Pero, claro, para ello hace falta la conversión de los corazones. Para ello hace falta que se derriben los muros, todos los muros: el horrendo e infame muro de hormigón de más de nueve metros de altos y 721 kilómetros de alto, que separa Israel de los territorios palestinos en Cisjordania. Y también el muro de los corazones. Y es que no hace falta hacer mucha literatura ni echar mucha imaginación para saber lo que es y significa un muro…
¿Qué construye la paz: el puente o el muro?
“Aunque los muros pueden ser fácilmente construidos, todos sabemos que no duran para siempre. Pueden también derribarse. Sin embargo, es necesario eliminar también los muros que construimos alrededor de nuestros corazones, las barreras que hemos creado en contra de nuestros vecinos. Por eso, en mi partida (Benedicto XVI se despedía del territorio palestino de Belén, en la tarde del miércoles 13 de mayo), quiero hacer un nuevo llamamiento a la apertura y a la generosidad de los espíritus, para que se ponga fin a la intolerancia y la exclusión”. Hay símbolos que hablan por si solos: el del puente y el del muro son evidentísimos, elocuentísimos. ¿Qué queremos para la paz: puentes o muros? ¿Qué queremos para Tierra Santa? ¿Y para nuestras vidas?
Jesús de las Heras Muela
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