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El día 28 de octubre, domingo, en la Plaza de San Pedro del Vaticano (Roma), van a ser beatificados 498 mártires españoles. Dentro de esos mártires, hay un grupo numeroso de asturianos que fueron mártires aquí en nuestra tierra y otros en otros lugares de España. 
Es un día este que debe hacer resonar en nuestros corazones ese canto de amor, paz y reconciliación que con sus vidas cantaron todos los mártires. Porque ¿Quién es un mártir? Quizá antes de dar ninguna definición, para entenderlos y entender el canto que hacen y nos dan con sus vidas, venga bien leer un relato de un hombre del siglo pasado que hizo este canto. En el registro del jefe de aquél campo de la muerte, situado en la Polonia meridional, consta que el número 5.659 del recluso F. Gajowniczek -un militar polaco, padre de familia- fue sustituido por el número 16.670, que era el correspondiente a Maximiliano Kolbe. El propio superviviente relata literalmente aquello: «El P. Kolbe vio mi desesperación, se acercó al Jefe Fritsch e intentó besarle la mano. Fritsch preguntó a su intérprete: ¿Qué desea ese puerco polaco? Entonces, el P. Kolbe, extendiendo la mano y señalándome a mí, le dijo que quería morir en mi lugar. Con gesto brusco, y gritando ¡Fuera!, me ordenó que saliese de las filas, y mi puesto lo ocupó el P. Kolbe. Al instante los enviaron a la celda de muerte y a nosotros nos dijeron que nos retirásemos según costumbre. En aquellos momentos me resultó difícil calibrar la impresión sufrida, pues me encontraba trastornado».
el perdón siempre El relato es de los que hacen época. A través de la historia ha habido muchos hombres y mujeres que siguiendo a Jesucristo, han sido capaces de imitarle hasta llegar el extremo de seguir todos los pasos de la vida del Señor. El cuadro que os he propuesto del P. Kolbe no es único, pues hay muchos hombres y mujeres que dieron la vida por el Señor. Pero he querido escoger un cuadro concreto de vida que nos recuerde el que describió Nuestro Señor Jesucristo: dio su vida por todos los hombres que ciertamente tenían ideas diferentes e incluso sus vidas eran muy distintas y a veces muy distantes de las de Cristo, pero los mártires murieron siempre perdonando y mirando a los demás como Cristo mismo nos mira a todos los hombres, «perdónales porque no saben lo que hacen»(Lc 23, 24).
Como en el caso del P. Kolbe en la causa de los Mártires del siglo XX en España, que se van a beatificar hay veinticinco asturianos y quince que derramaron su vida en esta tierra. En ellos encontramos un referente de vida. ¡Qué fuerza tiene descubrir como los mártires tuvieron la oportunidad privilegiada de atestiguar su fe en los interrogatorios que normalmente precedían a la condena de muerte! ¡Qué alcance tiene que el mártir sea testigo de Cristo no sólo por la confesión de su fe, que nada tiene que ver con ideologías, confesaban a una persona, Cristo, sino también desearon ser testigos con sus vidas y con su muerte, imitando así la obra y la muerte salvífica del Redentor! ¡Qué testimonio a través de los mártires del mismo Espíritu Santo, donde su profesión oral de la fe, queda confirmada con su vida y con su muerte!
Veamos siempre en los mártires a unos hombres y mujeres que como Jesucristo, quisieron ser para todos los hombres, no pertenecen a un grupo con unas ideas o con una pertenencia humana determinada. No hagamos ideologizaciones de los mártires. Su idea y el eje que marcó su vida, fue una manera de ser y existir, la de Cristo. Son hombres y mujeres plenamente hijos de la Iglesia, que han querido llevar al extremo de su vida el amor mismo de Jesucristo. Ellos en momentos difíciles de la historia de los hombres, han querido hacer esto: «así como Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su caridad ofreciendo su vida por nosotros, nadie tiene mayor amor que el que ofrece la vida por Él y por sus hermanos» (cf 1 Jn 3, 16; Jn 15, 13) (LG 42). Para comprender el martirio teológicamente, hay que considerarlo así: el martirio es el momento «en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a Él en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor» (LG 42). El martirio es la respuesta a una iniciativa y llamada de Dios, dando Dios mismo esa capacidad para vivir esa disposición de amor, de reconciliación, de mirada a quien mata con el mismo amor del Señor, de perdón.
¿héroes con el amor mismo de Dios? ¿Héroes con el amor mismo de Dios? El heroísmo es un sustantivo que solemos identificar con actitudes numantinas, de asedio y defensa, de lucha a muerte, de todo o nada, de superhombría, e incluso puede ser visto el heroísmo como un gesto de rebeldía dentro de un horizonte desesperado. Este no es el heroísmo de los mártires, pues en ellos está en dar todo, hasta su vida con el mismo amor de Dios aunque las respuestas hacia ellos sean contrarias: nada de odio, de orgullo, de egoísmo, si todo entrega al otro, mirada que salva, perdón porque no saben lo que hacen.
¿mártires y santos? ¿Mártires y Santos? Todo ser humano, mártir y santo es un gran hombre, pero no todo gran hombre es mártir y santo. El mártir y el santo tienen solamente ante sus ojos la gloria de Dios y por ello la gloria del hombre que se manifiesta plenamente cuando entrega la vida como lo hizo Dios mismo en Cristo. El mártir y el santo tienen la serenidad del vencedor y por eso cuando se desencadena la tempestad, la calumnia y el desprecio, cuando los amigos abandonan o establecen causa común con los enemigos, mantienen su serenidad confiada en el Dios que salva, ama y perdona. Por eso esparcen siempre signos de bondad, verdad y amor. Sus vidas apuntan a un equilibrio entre acción (heroica), pasión (martirial) y mansedumbre que descansa en el Santo (en Dios mismo). Y ese equilibrio se manifiesta en quienes les rodean, que hagan lo que hagan oyen decir, «creo y sigo a Jesucristo y te perdono como Él».
Es una hora de gracia para todos los asturianos, sin distinción de ningún tipo, pues el recuerdo de estos hombres que murieron como Cristo por todos nosotros entregando el perdón, la paz y la reconciliación, nos ayuda a todos a hacer lo mismo. Son de todos y para todos. Nadie es propietario de sus vidas, porque como la de Cristo es para todos los hombres. Acojamos sus vidas como una llamada a vivir en una fiesta permanente de reconciliación, de vida, de libertad y de verdad. Con gran afecto, os bendice + Carlos, Arzobispo de Oviedo
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