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Discurso 23º de Benedicto XVI en Tierra Santa: En un campo de refugiados palestinos Imprimir E-Mail
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Escrito por Traducción ECCLESIA   
jueves, 21 de mayo de 2009

Romper el círculo de la agresión

Señor presidente, queridos amigos:

Mi visita de esta tarde al campo de refugiados de Aida me brinda la grata ocasión de expresar mi solidaridad a todos los palestinos sin hogar que anhelan poder volver a sus lugares de nacimiento o vivir permanentemente en una patria propia. Gracias, señor presidente, por su amable saludo. Y gracias también a usted, señora Abu Zayd, y a los demás oradores.

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A todos los funcionarios del Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente que se ocupan de los refugiados les manifiesto el aprecio que sienten innumerables hombres y mujeres del mundo entero por la labor que se realiza en éste y en otros campos de la región.

 Vaya un saludo especial a los alumnos y a los docentes de la escuela, que con su compromiso educativo expresan esperanza en el futuro. A todos los jóvenes aquí presentes les digo: Renovad vuestros esfuerzos por prepararos para el día en que seáis responsables de los asuntos del pueblo palestino en los próximos años. Los padres desempeñan a este respecto un papel muy importante. A todas las familias presentes en este campo les digo que no dejen de apoyar a los hijos en sus estudios y de cultivar sus dones, de forma que no haya escasez de personal correctamente cualificado para ocupar en el futuro puestos de responsabilidad en la comunidad palestina. Sé que muchas familias están divididas, debido al encarcelamiento de alguno de sus miembros o a las restricciones a la libertad de movimiento, y que muchos de ustedes han perdido a seres queridos durante las hostilidades. Mi corazón se une al de cuantos sufren por esta razón. Tengan la seguridad de que todos los refugiados palestinos del mundo, particularmente aquellos que han perdido casa y seres queridos durante el reciente conflicto de Gaza, tienen un recuerdo constante en mis oraciones.

Deseo dar fe de la excelente labor desempeñada por muchas organizaciones eclesiales en la atención a los refugiados, aquí y en otras zonas de los Territorios Palestinos. La Misión Pontificia para Palestina, fundada hace unos sesenta años para coordinar la asistencia humanitaria católica a los refugiados, prosigue su harto necesaria labor junto con otras organizaciones similares. Concretamente en este campo, la presencia de las Hermanas Misioneras Franciscanas del Corazón Inmaculado de María trae a la memoria la carismática figura de San Francisco, gran apóstol de paz y de reconciliación. Quisiera expresar mi particular aprecio por la inmensa aportación dada por las diferentes ramas de la Familia Franciscana al ocuparse de las gentes de esta tierra convirtiéndose en «instrumentos de paz», según la conocida expresión atribuida al Santo de Asís.

Instrumentos de paz. ¡Cuánto desean la paz las gentes de este campo, de estos Territorios y de toda la región! Durante estos días, dicho deseo cobra especial intensidad porque recordáis los acontecimientos de mayo de 1948 y los años sucesivos de un conflicto que sigue sin resolverse. Ustedes viven ahora en condiciones precarias y difíciles, con oportunidades de empleo limitadas. Es comprensible que a menudo se sientan frustrados. Sus aspiraciones legítimas a un hogar definitivo y a un estado palestino independiente permanecen incumplidas; más aún, se sienten atrapados, como muchas personas en esta región y en el mundo entero, en una espiral de violencia, de ataques y contraataques, de represalias y de destrucciones continuas. Todo el mundo desea ardientemente que se quiebre esta espiral y anhela que la paz ponga fin a una lucha perenne.

Pero planea sobre nosotros, mientras estamos aquí reunidos esta tarde, la dura realidad del punto muerto al que parecen haber llegado los contactos entre israelíes y palestinos: el Muro. En un mundo en el que se abren cada vez más fronteras —al comercio, a los viajes, a la movilidad de las personas, a los intercambios culturales— resulta trágico ver que se siguen levantando muros. ¡Cómo aspiramos a ver los frutos de la mucho más difícil tarea de edificar la paz! ¡Con cuánto fervor rezamos para que acaben las hostilidades que han propiciado la erección de este muro!

A ambos lados del Muro se necesita un gran valor para vencer el miedo y la desconfianza, para contrarrestar el deseo de represalia por las personas muertas o heridas. Se necesita magnanimidad para buscar la reconciliación tras años de lucha. Sin embargo, la historia nos enseña que la paz sólo puede llegar una vez que las partes en conflicto están dispuestas a superar sus recriminaciones y a colaborar con miras a objetivos comunes, tomando en serio cada una de ellas las preocupaciones y los temores de la otra y esforzándose por crear un ambiente de confianza. Tiene que haber una voluntad decidida de emprender iniciativas valientes e imaginativas encaminadas a la reconciliación: si cada parte insiste en concesiones previas por parte de la otra, el único resultado será el punto muerto en las negociaciones.

Aunque la ayuda humanitaria como la que en este campo se proporciona desempeña un papel crucial, la solución a largo plazo de un conflicto de estas características sólo puede ser política. Por supuesto, nadie espera que los pueblos palestinos e israelí la alcancen solos: el apoyo de la comunidad internacional resulta esencial. Por eso reitero mi llamamiento a todas las partes implicadas para que ejerzan su influencia a favor de una solución justa y duradera, respetando las exigencias legítimas de todas las partes y reconociendo a éstas su derecho a vivir en paz y con dignidad, con arreglo al derecho internacional. Pero, al mismo tiempo, los esfuerzos diplomáticos sólo podrán tener éxito si los propios palestinos e israelíes están dispuestos a romper el círculo de la agresión. Acuden a mi memoria las espléndidas palabras atribuidas a San Francisco: «Que donde hay odio, ponga yo amor; que donde hay ofensa, ponga yo perdón […]; que donde hay tinieblas, ponga luz; que donde hay tristeza, ponga yo alegría».

Reitero a cada uno de ustedes mi invitación a dedicarse en profundidad a cultivar la paz y la no violencia, siguiendo el ejemplo de San Francisco y de otros grandes artífices de paz. La paz debe empezar en el propio hogar, en la familia, en el corazón. Sigo rezando para que todas las partes en conflicto en estas tierras tengan el valor y la imaginación de proseguir el camino —arduo, pero indispensable— de la reconciliación. ¡Que la paz florezca una vez más en estas tierras! ¡Y que Dios bendiga a su pueblo con la paz!

 

(Original inglés procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA.)

Comentarios
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Cristobal Vila  - La paz   |88.12.193.xxx |2009-05-21 23:09:47
"La paz debe empezar en el propio hogar, en la familia, en el
corazón".

Poco más puedo decir, solamente que si siguiermaos al menos un
poquito sus consejos (los del VIcario de Cristo) otro gallo nos cantaría.
Abrazoz
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