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Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él darás culto (Lc 4,8; Mt 4,10). Estoy lejos de todos, de todo equidistante, no me toca el dolor ni me conmueve la alegría; todas las cosas, todas, son leves nimiedades, sólo es infinita y me abarca la Eucaristía.

Bajando la cabeza, rostro en tierra, está cerca, delante, dentro, arriba. Levantando los ojos, recibiendo la luz, está dentro, afuera, abajo, en todas partes.
Me siento lejos, lejos, libre, suelta, sin amarra, sin ancla, sin yugo y sin brida, podría irme, subir, bajar, flotar a la deriva... Tan sólo me sujeta la Eucaristía...
Oh Dios, oh Dios. Amo la sed y el hambre de ti que nunca se saciarán. Seré caminante perpetuo, constante peregrino sin posada, sin pozo, sin fuente. Sólo Tú, sólo Tú. Quiero sólo tu ansia, no tu saciedad, deseo sólo tu búsqueda, no tu encuentro. Oh Dios, oh Dios, la sed te reconoce, el hambre te proclama. No quiere el alma sino ser eterna busca que cae en adoración al descubrir junto a sus pasos la huella de quien da más sed, más hambre, más sed. Al descubrir, mezclada con sus huellas, las pisadas de quien hiere y venda, da sed y la calma, da hambre y la sacia. Da un vuelco el corazón y se arrodilla. ¡Cómo será tu amor si el anhelarte ya colma! Si la sed da felicidad, ¡cómo será la fuente de tus aguas, oh Dios, oh Dios, oh Dios! De rodillas ante ti, rostro en tierra ante la Eucaristía, se aquietan todas las tempestades, se llenan todos los vacíos, el alma queda henchida de paz, la ansiedad se vuelve amable, la fatiga se desvanece, las preguntas están ya todas contestadas, la oscuridad se trueca en luz… Sólo Tú, sólo Tú.
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