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El pasado 26 de julio os escribí una carta, invitándoos a ir a Roma para la Beatificación de 498 mártires de la Iglesia que peregrinó en España el pasado siglo XX. Hay otros tantos testigos de esos años escritos en el catálogo de los bienaventurados del cielo. Y bastantes más cuyo proceso de beatificación y canonización se estudia con atención.
Al llegar esta fecha memorable –domingo, 28 de octubre de 2007– os repito que dieciséis de este grupo tienen relación directa con nuestra Diócesis: son jóvenes unos y mayores otros; hay hombres y mujeres; todos tienen entre nosotros familiares y amigos…
Su vida y su entrega definitiva han de ayudarnos en el momento delicado que nos toca vivir.
1. Qué es el martirio
Es clásica la definición del Papa Benedicto XIV, según la cual «martirio» es la muerte voluntariamente aceptada por la fe cristiana o por el ejercicio de otra virtud relacionada con la fe.
Los estudiosos señalan tres notas características de ese momento supremo. Se tienen muy en cuenta en los procesos de canonización de los mártires:
a) una muerte violenta, ante todo, sea instantánea, sea provocada por privaciones o malos tratos que lleguen a causar el fallecimiento, b) que realice esa acción quien inflige la muerte por odio a la fe o a una virtud relacionada con la fe en Dios. En numerosas ocasiones, la causa tendente a quitar la vida a muchos cristianos ha sido su conducta coherente con la fe profesada. c) la aceptación voluntaria de la muerte por amor de la fe.
El martirio, en consecuencia, viene a ser el culmen de la identificación del discípulo con su Maestro, al asumir el mismo destino cruento del Salvador, que bebió el cáliz hasta el final. En efecto, «estarán llamados siempre los cristianos a dar este máximo testimonio de amor delante de todos, sobre todo de los perseguidores. Por el martirio, el discípulo se hace semejante a su Maestro, que aceptó libremente la muerte para la salvación del mundo, y se identificó con él derramando su sangre. Por eso la Iglesia considera siempre el martirio como el don por excelencia y como la prueba suprema del amor. Aunque se conceda a pocos, todos, sin embargo, deben estar dispuestos a confesar a Cristo ante los hombres y a seguirlo en el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca le faltan a la Iglesia».
2. Testigos que siguen siéndolo
En el mensaje que los Obispos españoles dirigimos el pasado 26 de abril a nuestros fieles, apiñados en torno a sus pastores, hablamos de estos nuevos mártires de España. Con estas precisiones:
«Rasgos comunes de estos nuevos mártires: · fueron hombres y mujeres de fe y oración; · particularmente centrados en la Eucaristía y en la devoción a la Santísima Virgen; · mientras les fue posible, incluso en el cautiverio, participaban en la Santa Misa; · comulgaban e invocaban a María con el rezo del rosario; · eran apóstoles y fueron valientes cuando tuvieron que confesar su condición de creyentes; · disponibles para confortar y sostener a sus compañeros de prisión; · rechazaron las propuestas que significaban minusvalorar o renunciar a su identidad cristiana; · fueron fuertes cuando eran maltratados y torturados; · perdonaron a sus verdugos y rezaron por ellos; · a la hora del sacrificio, mostraron serenidad y profunda paz; · alabaron a Dios y proclamaron a Cristo como el único Señor».
¿Puede haber mejor y más preciado programa de vida cristiana? ¿Se advierten aquí atisbos de división, encono, represalia, revancha o interpretación sesgada, por mucho que hablen algunos de tales hipotéticos supuestos? No, veamos las cosas con serena objetividad y no dejemos que la mente elucubre sobre hipótesis que, por definición, son siempre infinitas…
En Roma y aquí, donde estemos ese domingo último de octubre, unamos nuestros corazones y conjuntemos nuestras voces en una alabanza gloriosa a Dios nuestro Padre, por Jesucristo, su Hijo, en el amor del Espíritu. Rememorando que «en la Iglesia, las persecuciones son signo y condición de la victoria definitiva de Cristo y de los suyos… y preludian el triunfo de la vida sobre la muerte y el nacimiento de unos cielos nuevos y una tierra nueva». Y pidiendo «que por el testimonio y la intercesión de los mártires se vigorice nuestra esperanza y se encienda nuestra caridad… Los mártires son testigos supremos de la Verdad que nos hace libres».
Oportunamente señalaremos el día y el lugar más adecuados para nuestra acción de gracias como comunidad diocesana. Tendremos ya entonces nuevos intercesores en el cielo, junto a la Reina de los Mártires, que pueden ser invocados.
+ Rafael Palmero Ramos Obispo de Orihuela-Alicante
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