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San Pablo y San Francisco, los dos cristianos que más se han parecido a Jesucristo. Hay en la vida de los santos un instante decisivo que no suele aparecer registrado en los documentos, un momento que no puede ser captado por ningún teleobjetivo, ni por ninguna telecámara por muy elevada que sea su capacidad de percepción. Escribe José Mª Javierre que Aristóteles decía que la filosofía comenzó una noche, cuando el hombre tuvo resueltos sus problemas acuciantes y encontró margen para asombrarse: el asombro sería el arranque de la filosofía. También el asombro es el arranque de la santidad: un hombre, una mujer quedan de pronto atónitos, asombrados, ante el misterio del amor. 
En este sentido hay que decir que existe un paralelismo casi en perfecta armonía y sintonía tanto en la vida de Pablo como en la de Francisco: los dos llevan una vida juvenil un tanto desmesurada, uno era celoso perseguidor de los cristianos, otro llevaba una vida alegre y placentera aspirando sólo a conquistar honores caballerescos; los dos tienen un encuentro decisivo en su vida que llega a romper todos los esquemas precedentes; a partir de ese momento su vida dio un cambio tan radical que llegaron a ser y a convertirse en personas completamente distintas desde ese momento. Tanto los Hechos de los Apóstoles como las Cartas del propio Pablo ofrecen datos abundantes de su vida, actividad y rasgos característicos de su personalidad. En los Hechos, Pablo confiesa ser judío, nacido en Tarso de Cilicia, educado en esa ciudad, instruido a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley, lleno de celo por Dios y de haber perseguido a muerte a los seguidores del Camino. Todos los judíos -- dirá ante el rey Agripa – conocen su vida desde su juventud, desde que estuvo en el seno de su nación, en Jerusalén, y saben que ha vivido como fariseo conforme a la secta más estricta de su religión, combatiendo por todos los medios el nombre de Jesús, Nazareno. Pablo era un judío convencido: circuncidado al octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín, hebreo e hijo de hebreos y, en cuanto a la Ley, fariseo. Pero un día Pablo, yendo camino de Damasco para perseguir a los cristianos, se vio envuelto en una luz y cayó a tierra, entonces oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” y él preguntó: “¿Quién eres, Señor?”. Y la misma voz le dijo: “Yo soy Jesús Nazareno, a quien tu persigues”. A partir de ese decisivo encuentro, la vida de Pablo dio un cambio radical, fue una auténtica conversión. A partir de ese momento, toda su vida anterior la consideró como pérdida; lo que era para él ganancia, lo juzga ahora pérdida a causa de Cristo; todo lo tiene por basura con tal de ganar a Cristo. El cambio fue tan radical que ya nunca nada ni nadie podrá separarlo del amor que se le manifestó en Cristo Jesús: ni la tribulación, ni la persecución, ni el hambre, ni los peligros, ni la espada, ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni lo presente, ni lo futuro. Aún más, por causa de Cristo tuvo que soportar azotes, cárceles, naufragios, peligros de ríos, de salteadores, peligros en el mar, peligros en despoblado, peligros de falsos hermanos, hambre y sed, noches sin dormir, frío y desnudez, más el aguijón de la carne para que no se engría; nos aprietan por todas partes – dirá con valentía –, pero no nos aplastan, nos sentimos apurados, pero no desesperados, perseguidos, pero no abandonados, derribados, pero no aniquilados, nos vemos continuamente entregados a la muerte. Es entonces cuando Pablo ve, se percata y se gloría y se complace en sus propias debilidades, en las injurias, en las persecuciones y en las angustias sufridas por Cristo. Sólo así pudo comprobar por sí mismo cómo la fuerza de Dios se realiza en la debilidad porque, para entonces, Pablo ya se había dado cuente de que sólo basta la gracia de Dios. Y así, entre peligros y tribulaciones, Pablo predica a Cristo crucificado, escándalo para judíos y necedad para los griegos; sólo entonces, entre peligros, cárceles, tribulaciones, tomándolo por embustero cuando es auténticamente veraz el apóstol de los gentiles llegó a identificarse de tal manera con Cristo que, al final de sus días, pudo abiertamente confesar: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”. Y es que Pablo había llegado a sintonizar tanto con Cristo que bien podía confesar: “Ya no soy yo, es Cristo el que vive en mi”. Por su parte, Francisco de Asís, había nacido y crecido en el mullido ambiente de una familia acomodada. Tuvo una juventud de una sana turbulencia. Era un juglar de carácter abierto y divertido. Rivalizaba con los hijos de las familias nobles en sus gastos y diversiones. Era el orgullo social de su padre, Pietro di Bernardone. Su madre, esperaba soñadora. Tenía un espíritu típicamente caballeresco propio de la época. Francisco es el típico caso del joven, que, en medio de la frivolidad de sus años turbulentos, siente de pronto el vacío de una vida egoísta, que desemboca fatalmente en el aburrimiento y el hastío. Una fila de coches nuevos en el muelle. Preciosos, recién acabados, brillantes, pero... completamente inútiles, vacíos, les falta un pequeño detalle: la gasolina. No tienen vida. El espectáculo de tantos chicos y chicas. Sucedió un día en las cercanías de Asís. Francisco cabalgaba sumido en sus sueños de grandeza cuando súbitamente se encontró con un leproso, Francisco descendió de su caballo, se acercó al leproso y lo besó. Sintió interiormente un vuelco tan radical en su corazón que más tarde plasmó así en su Testamento: “Aquello que antes me era amargo, se me convirtió en dulzura para el alma y para el cuerpo”. Con el misterioso beso al leproso, Francisco sale del vacío de su propio egoísmo y se deja arrastrar por el enloquecedor torbellino de la caridad. Su corazón, atrapado en los engañosos y sutiles hilos de la diversión y la despreocupación, rompió en un grito de libertad. “Una luz que no era del sol, una paz que no dependía del silencio, invadieron su alma. Una sensación de perfección, de haber cumplido y hecho algo para siempre, lo elevaba y embriagaba. Había llevado a cabo lo irremediable. Había salido del engaño del mundo aceptando con un beso la muerte de su cuerpo mimado y arrojándose, sin miedo, a la voluntad divina” (P.Bargellni). Por aquel paso radical de conversión, Francisco salió de las filas del mundo, desertó de las trincheras del “orgullo de la carne, de la concupiscencia de los ojos y de la soberbia de la vida”. Ante los ojos de sus hasta entonces amigos, apareció como un traidor. Un acusador de la locura de sus propias vidas sin sentido. Todos sus caprichos, sus gastos, sus fiestas habían sido acogidos con aplausos y alegría. Pero esto, no. El discípulo no podía correr otra suerte que el Maestro. En esta adhesión personal y suprema a Cristo como “Camino, Verdad y Vida”, consiste propiamente la conversión, que, presupone, lógicamente, el abandono de la confianza egoísta y carnal en las criaturas. Y aquí está precisamente el secreto maravilloso de todas las paradojas de Francisco. Porque, a quien observe someramente a Francisco, no dejará de extrañarle verle como “una hoja de otoño azotada por todos los vientos” (Chesterton). Tomas de Celano ha sintetizado genialmente el secreto de todas las sorpresas, de todos los asombros a que nos empuja continuamente la figura de Francisco: “Verus Christi amor in eamdem imaginem transformabat amantem: el verdadero amor de Cristo había transformado al amante en una persona idéntica” (II Celano, 135). Francisco “alter christus”. Francisco, en la Alvernia, con la impresión de las llagas se convertido ya en “otro Cristo”. Fr. Alfonso Ramírez Peralbo, Capuchino.
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