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Hoy, domingo 28 de octubre, está celebrándose en la Plaza de San Pedro del Vaticano, la solemne ceremonia de Beatificación de 498 españoles, que sufrieron el martirio en los años 1934, 1936 y 1937 en la persecución religiosa de España. 
Está siendo retransmitida por la cadena 2 de Televisión Española y por Popular Televisión. Yo tengo la suerte de estar presente en la ceremonia, junto con la casi totalidad de obispos españoles y muchos miles de compatriotas. La ceremonia está siendo presidida por el Cardenal Saraiva, Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos. Aunque son casi quinientos en una única celebración, el proceso no ha sido masivo y sin rigor. Al contrario, cada caso ha sido estudiado por sí mismo con todo cuidado durante años. Estos mártires dieron su vida en diversos lugares de nuestra geografía. Dos eran obispos de Ciudad Real y Cuenca. Muchos eran religiosos y religiosas de diversas órdenes. No faltan seminaristas y laicos. Son de todas las edades y estados: jóvenes, adultos, célibes, casados, hombre y mujeres. A pesar de tan gran variedad, todos tienen algunos rasgos comunes. Por ejemplo, todos fueron hombres y mujeres de fe y oración, estuvieron muy centrados en la Eucaristía y amaron intensamente a la Virgen, fueron apóstoles valientes cuando debieron confesar su condición de creyentes, rechazaron las propuestas que suponían minusvalorar o renunciar a su identidad cristiana, perdonaron a sus verdugos y rezaron por ellos, murieron con serenidad y profunda paz, y confesaron a Jesucristo como Dios y el Único Señor. Estos mártires son, por tanto, testigos de Dios y de una humanidad nueva y reconciliada. Ellos no muestran como trofeo el odio y la violencia física o verbal, sino el perdón y el amor, sacrificando incluso su propia vida. No cabe duda, que morir perdonando a quienes les estaban maltratando, nos sitúa ante una realidad que supera lo humano y nos invita a reconocer el poder y la gracia de Dios actuando en medio de la debilidad humana. Por ello, la beatificación que hoy estamos celebrando debe ser un momento fuerte de gracia para la Iglesia que peregrina en España. Más aún: para todos los españoles. En estos momentos –en los que tantos se afanan en difundir una mentalidad laicista y revanchista-, estos hombres que murieron perdonando nos invitan y urgen a realizar una reconciliación honda y sincera, huyendo de los enfrentamientos y exclusiones, que tanto daño nos han hecho. Para los creyentes son un ejemplo preclaro y estimulante para dar la cara por Jesucristo, sin miedos ni vergüenzas. Ellos demostraron con los hechos que nada es comparable con ser fieles a nuestra fe. Ni siquiera la propia vida. De esta beatificación debería surgir en los católicos españoles un mayor afán de santidad, un compromiso evangelizador más decidido y un afán más firme de ser fermento de reconciliación. Confiemos en que su sangre sea lo que siempre ha sido la sangre de los mártires: «semilla de cristianos». En Burgos, además de las celebraciones de acción de gracias que tendrán las distintas familias religiosas y las parroquias de las que son originarios, vamos también a dar gracias a Dios por la Beatificación de los cincuenta y cinco nacidos en nuestra diócesis. La Eucaristía será el sábado día diez a las cinco de la tarde en la Catedral.
(28 de octubre de 2007)
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