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Pablo: Compañero de tareas evangelizadoras y amigo. Cristo fue el centro de tu vida, y debe ser el centro de nuestra existencia. Viviste la vida apostólica sin componendas y ofreciendo tu vida sin rebajas. No tuviste vergüenza de comunicar a Cristo, y éste crucificado. 
Rompiste las fronteras de tu corazón, Y rompiste las fronteras de la acción. La misión que el Resucitado te comunicó fue totalizante, sin fronteras. Era la misma misión que Cristo recibió del Padre. Y no te cansaste de evangelizar a todos los pueblos del orbe conocido, de preocuparte por todas las Iglesias, de anunciar el misterio de Cristo a todas las gentes. Y el único premio que conseguiste fue el de anunciar a Cristo. Apóstol de Cristo, Pablo, y servidor de Cristo: Eran los únicos títulos que te interesaban. Estos títulos en tus cartas sonaban a declaración de amor por el Galileo; y cruzaste caminos y mares para abrir nuevas puertas al Evangelio, y todo con peligros y dificultades. Un corazón como el tuyo, enamorado de Cristo, había arrojado por la borda de la barquichuela de tu vida todo el lastre que pudiera impedir darte totalmente al Evangelio. ¡Cuánto amor Pablo apóstol y amigo, desbordabas en tu vida! Roma, Antioquia de Pisidia, Corintio, Colosas, Atenas, Macedonia, Éfeso…y también España, son comunidades que escucharon tu solicitud apostólica; sin embargo sentías clara conciencia de tu limitación como apóstol. Fuiste instrumento vivo, siempre débil y quebradizo, aunque fiel y dócil al Evangelio. Andariego por los caminos de la evangelización abriste tu alma a todos: Nada ni nadie te era extraño porque vivías en sintonía con el Señor. Este aire de universalismo saneó los problemas caseros de aquellas comunidades primeras y configuraste con Cristo a los que habían nacido del agua y del Espíritu. Pablo apóstol y amigo: A los nuevos apóstoles de este siglo danos entrañas de amor y que nuestra vida irradie ese destello del Amor. Amén.
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