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Las palabras del escritor alemán nos recuerdan que estamos ante lo que Mons. Juan María Uriarte viene denominando «el desvalimiento general» del presbítero. ¿Algunos síntomas preocupantes?:
Socialmente, los sacerdotes se sienten irrelevantes, con una baja autoestima que genera tristeza, cierta culpabilidad y experimentan con más fuerza la soledad afectiva.
Doctrinalmente sufren un desfase entre su formación teológica y las nuevas realidades y problemas sociales, que producen perplejidad y desencanto.
En lo pastoral, muchas veces padecen un desajuste entre la oferta pastoral y la demanda religiosa, con la sensación de ser como un viajante que no logra encajar su producto. Y se une, además, la dificultad para un trabajo pastoral conjuntado y programado.
Su espiritualidad les parece poco encarnada en el nuevo contexto, azotada por el stress y debilitada, muchas veces, por el paro pastoral encubierto, sin lenguaje apropiado y poco profunda.
En resumen, el presbítero de hoy aparece como poco reconocido, poco amado, poco compensado, «profundamente interpelado y socialmente como desvalido, en el lugar donde rompe el viento, y a la intemperie».
Las preguntas se multiplican:
1. Ante el reto del cambio cultural: ¿Queremos ser Pentecostés o Sinagoga? 2. Ante el reto de la comunidad misma: ¿Qué rol, qué servicio auténtico? 3. Ante el reto de ser, sentirnos y hacer presbiterio: ¿Qué fraternidad, qué equipos? 4. Ante el reto de la realización personal: ¿Qué proyecto vital? 5. Ante el reto de una nueva espiritualidad presbiteral: ¿En qué clave se asienta dicha espiritualidad? 6. Ante los nuevos retos pastorales: ¿Seremos residuo o resto?
Nos amó y nos eligió. Cristo, referente primero Precisamente, el Año Sacerdotal que iniciamos y al que con tanto interés nos invita el Papa Benedicto XVI, quiere ser respuesta a dichos interrogantes. Se trata «de favorecer la tensión hacia la perfección espiritual de la cual depende, sobre todo, la eficacia del ministerio». Es un año para «redescubrir la belleza y la importancia del sacerdocio y de cada sacerdote». Y todo ello en fidelidad. El lema elegido por el Santo Padre es: «Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote». Cristo nos amó primero y nos eligió. Debemos responder con una total adhesión personal, libre y fiel.
Como contribución a lo que se nos pide me atrevo a señalar cuatro referentes cardinales, a modo de orientación, para caminar con seguridad y fecundidad en el año de gracia que se nos regala.
1. En primer lugar, como presbíteros, tenemos que vivir la configuración existencial (no sólo el seguimiento) con Jesucristo, en tres dimensiones: con Cristo Cabeza, con Cristo Siervo de los siervos y con Cristo Esposo.
2. Las claves para desarrollar nuestra verdadera espiritualidad presbiteral son, a su vez, cuatro: las que se derivan del sacramento recibido; las de vivir insertado en un presbiterio con un obispo determinado; las de servir a una Iglesia local concreta y contextuada; y las de practicar la caridad pastoral en comunidades muy específicas.
3. Tenemos que desarrollar una espiritualidad y una pastoral de la confianza, que no quiere decir del fácil optimismo; de la fidelidad, que no equivale a éxito inmediato; del siervo y no del reconocimiento y del aplauso; del hacer más sosegado y no del activismo; de la experiencia profunda de Dios y no del funcionariado; de la comunión presbiteral y vertebración pastoral, y no del actuar como francotiradores.
4. No olvidemos, finalmente, que somos y formamos parte del pueblo de la memoria en medio del pueblo del olvido: estamos llamados a ser lúcidos y lucidos, y para ello, ser maestros de oración, profetas de esperanza, vínculos de comunión, agentes de la nueva evangelización.
Se ha escrito con acierto, que «La ordenación es una novedad de vida y una novedad para toda la vida» (Cf. J .GONZALEZ PADROS, La ordenación, Barcelona 2003); Y que, «toda la vida del presbítero es un camino incesante hacia la madurez» (Juan Pablo II, Pastores Dabo Vobis, nº 70).
En este año santo que iniciamos, os invito, hermanos presbíteros, a que nos hagamos las mismas seis preguntas comprometidas que se nos hicieron el día de nuestra ordenación y que concretan nuestro ser y nuestra misión:
· «¿Desempeñarás el ministerio presbiteral como buen colaborador del orden episcopal, apacentando el rebaño del Señor, y dejándote guiar por el Espíritu Santo?». · «¿Prepararás la predicación del Evangelio y la exposición de la fe católica con dedicación y sabiduría?». · «¿Presidirás con piedad y fielmente la celebración de los misterios de Cristo, especialmente la Eucaristía y la Reconciliación, para alabanza de Dios y santificación del Pueblo cristiano, según la Tradición de la Iglesia?». · «¿Estarás dispuesto a invocar la misericordia divina , con nosotros, en favor del Pueblo encomendado, perseverando en el mandato de orar, sin desfallecer?». · «¿Prometes obediencia a tu obispo y a sus sucesores?».
Finalmente, la más decisiva y que resume todas las anteriores:
· «¿Quieres unirte cada día más a Cristo sumo sacerdote, que por nosotros se ofreció al Padre como víctima santa y con El consagrarte a Dios para la salvación de los hombres?».
En 1996 apareció el libro «Don y Misterio» del Papa Juan Pablo II, como recopilación de recuerdos y a modo de cuasi memoria histórico-personal en el quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal. En el capítulo VIII, al hacerse el Papa la pregunta ¿quién es un sacerdote?, responde: « Según S. Pablo, es un administrador de los misterios de Dios (1 Cor 4,1-2)... El administrador no es el propietario, sino aquel a quien el propietario confía sus bienes para que los gestione con justicia y responsabilidad... El sacerdote recibe de Cristo los bienes de salvación para distribuirlos».
La vocación sacerdotal es un misterio. Un maravilloso intercambio entre Dios y el hombre (¡Admirabile comercium!). Éste ofrece a Cristo su humanidad para que Él pueda servirse de ella como instrumento de salvación, casi haciendo de este hombre otro sí mismo. El sacerdocio, pues, hunde sus raíces en el sacerdocio de Cristo y en la Eucaristía, y en ella tiene su sentido más profundo: «No hay Eucaristía sin sacerdocio, como no hay sacerdocio sin Eucaristía». Ahí hunde sus raíces también el sacerdocio común de los fieles. El sacerdote, como administrador de los misterios de Dios, está al servicio del sacerdocio común de los fieles. El sacerdote actúa in persona Christi. Lo que Cristo ha realizado sobre el altar de la cruz, el sacerdote lo renueva como sacramento en el Cenáculo, con la fuerza del Espíritu.
Hoy, el sacerdote está llamado a indicar a los hombres dónde pueden apagar su sed y cómo responder a sus aspiraciones más profundas. Es el ministro de la misericordia y de la reconciliación. Es el hombre en especial contacto con la santidad de Dios y, por ello, con una especial llamada a la santidad. Lo propio del sacerdote es la cura animarum con dedicación y entrega total. Es el evangelizador incansable, el hombre de la Palabra. Una palabra no sólo anunciada, sino también vivida. Y, para ser fiel a su misión, debe profundizar científicamente en su fe, en diálogo con el pensamiento contemporáneo, para iluminar ese mismo pensamiento. El sacerdote no debe tener miedo a estar fuera de su tiempo, porque el hoy humano de cada sacerdote está insertado en el hoy de Cristo redentor. La tarea más grande para cada sacerdote es descubrir ese hoy suyo en el hoy de Cristo.
Hermanos sacerdotes, unámonos al deseo del Papa Benedicto XVI para este año sacerdotal: activar la renovación interior de nuestras personas y hacer posible el redescubrimiento alegre de nuestra propia identidad y de la vivencia de la fraternidad en nuestro presbiterio.
Queridos fieles todos, que participáis en esta Eucaristía: rezad por vuestros sacerdotes, por su fidelidad y su santidad. Y pedid con fuerza al Señor que nos envíe nuevas vocaciones.
Hoy se cumplen veintiún de la canonización de nuestro santo asturiano San Melchor de Quirós. Pidamos al Espíritu Santo y a la Santina de Covadonga que vivamos su misma entrega hasta confesar la vida con nuestra sangre si fuere necesario, porque hoy se cree más a los testigos que a los maestros. Y alguien es maestro en la medida en la que es un coherente testigo. Que así sea.
+ Raúl Berzosa, Obispo Administrador Diocesano de Oviedo
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