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Un carisma como el de este humilde sacerdote alrededor del cual vemos concentrados innumerables peregrinos, primero en busca de su excelente labor ministerial y después para venerar su glorioso sepulcro, creo que es un don extraordinario que no ha vuelto a manifestarse de una forma tan intensa y fructífera hasta el caso similar de san Pío de Pietrelcina. 
En el sesquicentenario de su glorioso tránsito, ocurrido en 1858, quisiera rememorar algunos datos o aspectos peculiares relativos a su biografía y a su espiritualidad. En primer lugar deseo fijarme en el influjo que pudieron ejercer sobre este santo los acontecimientos de la invasión napoleónica en España, aspecto que sus biógrafos no tuvieron muy en cuenta hasta que le prestó alguna atención el obispo de Belley, monseñor René Fourrey, en su excelente obra titulada Juan María Vianney, Cura de Ars. Vida auténtica, en la que logra ofrecer una visión más amplia y sugestiva del santo patrono de todos los párrocos. Este influjo o conexión lo podemos descubrir en los episodios, relacionados con su condición de desertor del ejército, ocurridos entre 1809 y 1811. Cuando Juan María Vianney estaba estudiando latín guiado por el párroco de Ecully, Balley, no figuró en las listas de seminaristas en 1809 y por eso fue llamado a incorporarse a filas en el ejército napoleónico. El 28 de octubre se presentó en el lugar de reclutamiento, pero estando enfermo y con fiebre fue hospitalizado en Lyon, donde permaneció dieciséis días. Habiéndole desaparecido la calentura el 13 de noviembre, el oficial de reclutamiento, capitán Blanchart, dispuso que el recluta convaleciente se incorporara a su batallón, si bien le reservaron un puesto en una de las carretas del convoy. Como pronto el soldado Vianney se vio atacado de nuevo por la fiebre, se le hubo de internar en el hospital de Roanne, en el cual fue atendido hasta el 6 de enero de 1810. Allí fueron a visitarle su hermano mayor Francisco, así como su padre y su madre, la cual después de suplicar a las religiosas del establecimiento que le cuidaran maternalmente, se despidió de su hijo con harta preocupación, pero él era más bien el que consolaba a los suyos inculcándoles la confianza en Dios. Las religiosas agustinas ya desde un primer momento se dieron cuenta de la piedad del joven y le atendieron con mucha caridad y prodigándole los consejos que les parecían mejores. El 5 de enero se dirigió hacia la oficina militar para recibir la orden de incorporación al regimiento, pero al llegar encontró ya cerradas las puertas. Se había detenido durante algún tiempo en una iglesia implorando el auxilio divino. Al día siguiente, fiesta de la Epifanía, se hubo de poner en camino yendo solo y a pie. Habiéndose detenido a fin de recupera fuerzas, se encontró con otro joven, al cual, según parece, había ya encontrado en el hospital. Era un prófugo que le incitó a seguir sus pasos e internarse en la región boscosa de la Madeleine donde no pocos desertores hallaban refugio. Así lo hizo el fatigado caminante, el futuro Cura de Ars, quien, según atestigua Catalina Lassagne, lo recordaba diciendo: «Él cogió mi saco, que era muy pesado y me dijo que le siguiera. Anduvimos durante mucho tiempo a través de bosques y montañas, yo estaba fatigado y me costaba mucho trabajo seguirle». 1 Han corrido dos versiones acerca de estos hechos. En la más común hasta ahora se considera a Vianney como forzado a desertar, o sea, como quien estando en apuros se deja llevar, casi sin darse cuenta de la peligrosa situación en la que se está colocando. Otra explicación es la que considera al desertor como consciente de la postura que adopta y a la que se siente impulsado por razones de conciencia y de fidelidad a motivaciones de un auténtico sentido católico. El concordato de Napoleón con Pío VII en 1801 había significado un notable cambio respecto de las condiciones precarias en las que se había encontrado el catolicismo francés por causa de la revolución y de la implantación de una iglesia nacional con un clero juramentado. Pero después la situación se volvió a complicar por la actitud del emperador, que había invadido los estados pontificios. El 2 de febrero de 1808 fue ocupada la ciudad de Roma. A pesar de que el Papa se hallaba ya casi como prisionero en el palacio del Quirinal, no dudó en excomulgar a Napoleón y a sus colaboradores, apareciendo la bula correspondiente fijada en las puertas de las basílicas romanas ellO de junio de 1809. En la noche del 5 de julio el Papa fue apresado y conducido a Francia. Los católicos franceses más fieles a la Iglesia quedaron consternados. Especialmente en Lyon y en todo el departamento del Ródano, donde se mantenían unos sentimientos tradicionales y de fiel adhesión a la dinastía borbónica, resultaba muy intenso el rechazo hacia las pretensiones napoleónicas. Desagradaba también profundamente a numerosas personas de convicciones cristianas la invasión napoleónica de España, donde muchos sacerdotes y otros ciudadanos franceses habían hallado amparo y protección durante el terror revolucionario. No es extraño, pues, que por razón de tales convicciones se despertaran iniciativas de rechazo y una gran oposición a tomar parte en las campañas bélicas que se estaban llevando a cabo en territorio español. El joven recluta Juan María Vianney, aunque pudiera sentirse vacilante respecto de la actitud que podía tomar en una situación tan comprometida como la suya, participaba sin duda del rechazo hacia los planes del Emperador de los franceses, y nos consta que recibió consejos e insinuaciones que le llevaron a su situación de desertor del ejército. Las religiosas del hospital de Roamme aconsejaban al seminarista llamado a filas que dejara de incorporarse a su regimiento. Ellas comentaban entre sí: «Jamás este joven podrá cumplir con la milicia. Sucumbirá camino de España», y compasivamente le aconsejaban que no se incorporase al regimiento, prometiéndole incluso que le proporcionarían donde esconderse.2 Probablemente también su formador, el párroco de Ecully, que acudió a visitar a Juan María en el hospital, debió mostrarse favorable a que procurara desertar del ejército. Cuando se hubo producido la desaparición del soldado Vianney, el venerado sacerdote no dudaba, en efecto, en decir a la angustiada madre: «No sufráis por vuestro hijo. No está muerto ni enfermo. Será sacerdote».3 Jerónimo Fayot, uno de los hijos de la viuda que le protegió y albergó en su casa cuando era prófugo, presenta en el proceso de beatificación un testimonio convincente acerca de cómo Juan María se convirtió en desertor: «J. M. Vianney cayó enfermo a su llegada a Roanne. Cuando se restableció le dieron una hoja de viaje para que pudiese incorporarse al cuerpo militar que le correspondía; se encontraba en compañía de un individuo llamado Guy, de SaintPriest-la-Prugne, soldado como él. Juntos decidieron no incorporarse. J. M. Vianney expuso sus temores de ser detenido. Guy le dio seguridad diciéndole: "Conozco el país; hay muchos bosques, encontraremos donde escondernos y trabajar; sígueme sin temor". Guy, que se había encargado de llevar el saco, porque J. M. Vianney estaba débil, le condujo directamente al pueblo de Robin, en la comuna de Noes».4 Otro memorialista, el abate Juan Francisco Renard, natural de Ars y que celebró su primera misa en la parroquia el 7 de mayo de 1820 asistido muy cordialmente por el santo, en sus escritos se refiere al episodio de la deserción del joven Vianney, le atribuye también el propósito de no incorporarse, y el abate Monnin habla de las dudas de conciencia que le atormentaban, respecto de que el participar en las campañas napoleónicas pudiera ser algo opuesto a la divina voluntad. De modo semejante se manifiesta en el proceso de beatificación la señora Colombe Bibost de Ecully.5 Pero el testimonio más valioso a ese respecto es sin duda el ya mencionado de Jerónimo Fayot, el cual gozaba de una fiable información acerca de este asunto. El párroco que Juan María encontró en el lugar donde estuvo refugiado durante catorce meses, Jacques Jacquet, era un sacerdote ejemplar, con cuyo trato el espíritu del joven desertor encontró serenidad y equilibrio emocional, a pesar de la inquietud que sentía al pensar en las consecuencias que su deserción significaron para su familia. De la estancia en Noës conservó siempre el Cura de Ars un recuerdo que podríamos calificar de agridulce. Por una parte encontró gran aprecio y ayuda entre la gente del pueblo, muy cristiana y sumamente amable para con él. Cuando se despidió de los vecinos, ellos le colmaron de obsequios y le manifestaron los mejores augurios. Años después seguían recordándole con afecto y admiración. Él por su parte, no podía olvidar los sinsabores de su familia y el disgusto que especialmente afectó a su padre, que hubo de sufrir en su hacienda las represalias de la autoridad militar. Por eso eljoven Vianney se refirió al tiempo de permanencia en Noes como una «época de tristeza y abatimiento».6 Siempre, sin embargo, y sobre todo con el paso del tiempo prevalecían los buenos recuerdos de la amable acogida que se le dispensó en el pueblo y sobre todo en la casa de la viuda Fayot, a la que él siempre designó como una buena madre. A veces en sus catequesis hablaba con naturalidad de cuando había sido prófugo, sin ninguna clase de disgusto por haber tomado tal decisión. En todo ello podemos además descubrir la mano de la Providencia divina, concepto teológico tan estimado del Cura de Ars. Muy distintas podrían haber sido las consecuencias si él se hubiera visto implicado en la invasión a España, en la que abundaron tanto las crueldades, así como los sinsabores del pueblo y de los ejércitos. ¡Cuán tristes habrían sido en tal caso las experiencias del bondadoso Juan María, el futuro Cura de Ars! * * * La caridad pastoral más heroica, y una íntima unión con el Señor, de todo lo cual derivaban su celo y su excelsa virtud, son las preciosas características de su eximia santidad. Recordemos sólo algunos rasgos de su espiritualidad y de su labor sacerdotal, así como ciertas manifestaciones de testigos que ponen de relieve el fulgor que inundaba su alma. Su espíritu de oración derivaba del sentirse continuamente unido al Señor. Muchas horas dedicó exclusivamente a la contemplación mientras pudo disponer de tiempo para ello. Esto le condujo a una constante inmersión en la presencia y en el amor de Dios que experimentaba sin dejar de atender al ejercicio de su ministerio sacerdotal. No cesaba, sin embargo, de recordar y añorar a ese respeto épocas pasadas. «Si ahora que guardo almas -decía ingenuamente- tuviera tiempo de pensar en la mía, de rezar y meditar como cuando labraba las tierras de mi padre, ¡cuán grande sería mi dicha!? 7 Un abogado de Lyon, amigo del famoso orador sagrado Lacordaire, habiendo visto rezar al humilde Cura de Ars, quedó tan impresionado que pudo escribir: «Su boca parecía saborear lo que su espíritu penetraba; sus ojos aparecían iluminados y brillantes. Hubiérase dicho que respiraba un aire más puro que el de la tierra y que, desligado de los ruidos del mundo, no oía otras palabras que las del Espíritu Santo».8 El misterio de la Eucaristía llenaba de santo ardor los labios del Cura de Ars. Predicando un Jueves Santo a sus feligreses les decía: «Vemos que al obrar Jesús el gran milagro, elevó sus ojos al cielo para dar gracias a su Padre celestial, con lo cual quiso mostrarnos cuánto deseaba la llegada de aquel momento tan dichoso para nosotros, y nos dio con ello prueba de la grandeza de su amor. Si, hijos míos, les dijo el divino Salvador a los apóstoles, mi Sangre desea con impaciencia ser derramada por vosotros; mi Cuerpo arde en deseos de ser desgarrado para curar vuestras llagas…».9 Una de sus colaboradoras, Juana María Chanay declaraba: «Los que tuvieron la dicha de oír su misa, notaron la transfiguración que entonces se producía en toda su persona. Él mismo lo sabía, de modo que solía recomendar a las huérfanas de la Providencia que no mirasen al sacerdote cuando estaba en el altar». 10 La fiesta del Corpus era una de las más apreciadas por el Cura de Ars y cuidada de celebrarla con singular esplendor. En un sermón se expresaba a ese respecto diciendo: «La procesión del Corpus Christi tiene por objeto celebrar el triunfo que Jesucristo ha hecho alcanzar a la Iglesia sobre sus enemigos que niegan la presencia real en el adorable Sacramento y, al mismo tiempo, hacer que se rinda el homenaje debido a Jesús en este Sacramento de amor. Es la más augusta de todas las procesiones, ya que va presidida por el mismo Jesucristo en persona. ¡Oh! ¡si fuésemos capaces de comprenderlo! ¡cuál debería ser nuestro respeto y amor en aquel momento feliz, toda vez que en él tenemos la misma suerte de aquellos que seguían al Salvador mientras anduvo por la tierra!». 11 La espiritualidad del Corazón de Jesús en tiempos del Cura de Ars todavía no estaba tan divulgada como lo estaría posteriormente. Solo unos dos años antes de su muerte Pío IX extendió la fiesta del Sagrado Corazón a toda la Iglesia. Parece, sin embargo, que en Ars se celebraba el domingo después del Corpus, como lo había dispuesto en toda la diócesis de Lyon el arzobispo Neuville en 1718 y el que era párroco de Ars en 1727 aseguraba que la feligresía había puesto mucho interés en esa celebración. 12 Es de creer que el santo supo conservar y renovar el fervor y el cultivo de esa espiritualidad. Monseñor Trochu nos informa sobre un significativo diálogo entre un sacerdote y el Cura de Ars. Aquél le preguntaba: -¿ Tuvo usted buen viaje, el sábado último por la tarde al regresar a su parroquia? -Excelente en verdad, y uno de los más agradables de mi vida -respondió el Sr. Vianney. -No obstante, hacía un frío tremendo -replicó el otro. y el Cura de Ars contesto: -Yo me calentaba pensando en la gran hoguera del amor que arde en el corazón de Dios.13
Un admirador del Cura de Ars, el señor Faure de la Bastie, recogió frases y expresiones del las famosas catequesis que el santo impartía ante muchos peregrinos, aunque no se puede asegurar la exactitud de las expresiones empleadas. Entre estos materiales hallamos estas palabras: «El corazón de Jesús es infinitamente bueno. Hay que tener confianza en él; no le gusta el temor. Dios Padre es todo justicia, pero en el corazón de Cristo no hay más que amor».14 Evidentemente, lo que el Cura de Ars quería inculcar es el insondable misterio de los atributos divinos de justicia y misericordia, que no se oponen entre sí. Francisco Trochu, biógrafo y benemérito investigador acerca del Cura de Ars en referencia al lugar que ocupa la Virgen en la espiritualidad del cura de Ars, se expresa de esta manera: «A María la han amado todos los santos; sin embargo, a nuestro parecer, pocos han podido aventajar en esto a san Juan María Vianney».15 Claro indicio de su devoción mariana son las costumbres piadosas que inculcó a sus feligreses; la cofradía del Rosario con la que inició eficazmente el cambio de actitud de muchas personas en cuanto a su vida de piedad y buenas costumbres; la peregrinación masiva de la parroquia al santuario de Nuestra Señora de Fourviere en agosto de 1823; la colocación de una bella y artística imagen de María en la capilla de la parroquia, con un corazón de plata dorada junto al que colocó una lista de todos los habitantes del pueblo, 10 cual se realizó con gran emoción y piedad ellO de mayo de 1836. Acerca de los favores y apariciones de la Virgen al Santo hay muchos y valiosos testimonios de personas dignas de todo crédito. Muy grande fue el gozo de Juan María Vianney el 8 de diciembre de 1854, día en que el papa Pío IX definió solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción. Él celebró el acontecimiento en Ars con mucho esplendor, revestido de una nueva y preciosa casulla de color azul. Predicando en una fiesta de la Asunción decía el santo Cura de Ars: «Jamás comprenderemos totalmente las grandezas de María, ni el poder que Jesús su divino Hijo le concedió; jamás llegaremos a penetrar el gran deseo que Ella siente de hacernos felices. Ella nos ama como a hijos; ella se siente gozosa del poder que Dios le ha dado, porque con él puede sernos más útil. Sí, María es nuestra mediadora; ella es quien presenta a su divino Hijo nuestras oraciones, nuestras lágrimas y nuestros suspiros; Ella la que atrae sobre nosotros las gracias que nos son necesarias para nuestra salvación». 16 Signo de la renovación religiosa obrada en Ars gracias a la devoción mariana inculcada por san Juan María Vianney es lo que narraban los que fueron testigos del progreso de la vida piadosa del pueblo: «Era de ver en Ars, los días laborables, como andaban los hombres, con el rosario entre los dedos, al frente de sus yuntas. Por la noche, la campana tocaba a oración. Todos los que podían entraban en la iglesia y los que tenían que quedarse en casa se arrodillaban delante de las imágenes; todos los hogares eran, en aquella hora de paz, una continuación del altar». y en referencia al rezo del Angelus decían: «Cuando las tres campanadas resonaban por el valle y se dejaban oír por las humildes colinas, cesaba el trabajo, los hombres se descubrían, las mujeres juntaban las manos y todos rezaban las oraciones prescritas». 17
1. RENÉ FOURREY, Jean-Marie Vianney Curé d'Ars. Vie authentique, Desclée de Brouwer, París 2006, p.37. 2. F. TROCHU, Vida del Cura de Ars, Barcelona 1942, p.66. - F. TROCHU, Las amistades del Cura de Ars, Ediciones Paulinas, Madrid 1962, p. 16.
4. RENÉ FOURREY, op. cit., p. 39. 5. Ibid., id. 6. Ibid., p. 44 7. F. TROCHU, El Espíritu del Cura de Ars, Barcelona 1931, p.200. 8. Ibid., p. 210. 9. Sermones escogidos del Cura de Ars, Rialp Madrid 1957, pp. 203-204. 10. F. TROCHU, EI Cura de Ars, cit., p. 622. 11.Sermones del Cura de Ars (traducción de J. M. Llavera) Subirana, Barcelona 1927, t. 2°, pp. 138-139. 12. F. TROCHU, El Cura de Ars, cit., p. 133. nota. 13. F. TROCHU, El espíritu del Cura de Ars, cit., p. 116. 14. RENE FOURREY, El auténtico Cura de Ars (versión y edición española) Madrid 1967, p. 341. La sección que trata de las catequesis no aparece en la última edición francesa, muy modificada, publicada en 2006. 15. A. TROCHU, El espíritu del Cura de Ars, cit., p. 153. 16. Sermones del Cura de Ars (traducción de 1. M. Llovera) t. 3°, pp. 92-93. 17. A. TROCHU, El CURA de Ars, cit., pp. 260-262.
Fuente: Revista Cristiandad. Mayo 2009
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