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Ser santos es combatir la pacífica batalla del amor Imprimir E-Mail
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Escrito por Jesús de las Heras Muela - Director de ECCLESIA   
jueves, 01 de noviembre de 2007

A modo de homilía para el día de Todos los Santos

        La festividad de este año 2007 de la solemnidad litúrgica de Todos los Santos fija inevitable y gozosamente nuestra atención en la beatificación de los 498 mártires del siglo XX en España. Image

Ellos ya están en el cielo, es decir, su santidad y heroicidad cristiana, no sólo ha sido reconocida ya oficialmente por la Iglesia en el grado de beatos, fijándose incluso la fecha de su memoria litúrgica para concretamente el próximo martes día 6 de noviembre, sino que también se insertan y se incluyen entre el incontable número de los santos anónimos y conocidos a quien hoy celebramos, en cuyo espejo nos miramos y bajo cuya protección e intercesión nos acogemos.

         Nuestros 498 beatos mártires del pasado domingo 28 de octubre eran hombres y mujeres como nosotros, hijos de nuestro y de nuestra Iglesia. La gran mayoría de ellos eran religiosos, algunos incluso habían servido en misiones o se preparaban para marchar a ellas. A su consagración y vocación bautismal, sumaron, por la gracia de Dios, la consagración y la vocación sacerdotal o religiosa, que se unció de manera más comprometida y definitiva con Jesucristo y con su Iglesia. Quisieron y pudieron ser fieles a su compromiso de amor por Jesucristo, combatiendo la pacífica batalla del amor durante años, décadas o meses. La gracia de Dios, a través del misterio de la cruz, le otorgó, mediante ese otro tremendo misterio que es el pecado del hombre, les situó en la encrucijada de la persecución y del martirio, ante la que supieron y pudieron ratificar y rubricar con su propia sangre la fe y el amor que profesaban al Señor. Murieron perdonando a sus enemigos y exclamando el nombre de Jesucristo.

         Recobran, pues, vigencia las palabras de Benedicto XVI el pasado domingo, "la inscripción que acaba de realizarse en el Libro de los Beatos de un tan gran grande número de mártires demuestra que el supremo testimonio de la sangre no es una excepción  solamente a algunas personas, sino una eventualidad real para el entero Pueblo de Dios. Se trata, en fin, de hombres y de mujeres de diversa edad, vocación y condición social  que han pagado con la vida su fidelidad a Cristo y a la  Iglesia".

         No obstante, y como también señalaba el Santo Padre, "ciertamente no todos están llamados al martirio cruento. Pero es también un martirio incruento no menos significativo el de Celina Chludziñska Borzycka, esposa, madre de familia, viuda y religiosa, beatificada ayer en  Roma: es el testimonio silencio y heroico de tantos cristianos que viven el Evangelio si  concesiones, cumpliendo su deber y dedicándose generosamente al servicio de los pobres. Este martirio de la vida ordinaria es un testimonio tanto más importante  en la sociedad  secularizada de nuestro. Es la pacífica batalla del amor que todo cristiano, como Pablo, debe incansablemente  combatir; la carrera por difundir el Evangelio, que nos compromete hasta la muerte".

         Esto es, todos, llamados, desde el bautismo y máxime desde la ordenación o la emisión de los votos religiosos, a la santidad, a librar la pacífica batalla del amor, debemos, pues, servir a ese amor, debemos trabajar incansablemente por la misericordia, la reconciliación y la convivencia pacífica.

         ¿Cómo librar, pues, esta pacífica batalla del amor? También el Santo Padre nos apunta alguno de estos caminos:

 

         1.- Reavivando la toma de conciencia de lo que es y significa la  consagración y la vocación bautismal. "Mediante su ejemplo testimonian que el bautismo compromete a los cristianos a participar con ánimo en la difusión del Reino de Dios, cooperando, si es necesario, con el sacrificio de su propia vida".

 

         2.- Renovando y reactualizando diaria, consciente y gozosa y alegremente la gracia de la imposición de manos o de la profesión de los votos.

 

         3.- Fortaleciendo cada día más la comunión eclesial. Esto es,  sintiendo la dicha de ser miembros vivos de la Iglesia, verdadera esposa de Cristo. Esto es, sintiendo con la Iglesia, sintiéndonos Iglesia desde el modo concreto de nuestra inserción en ella y desde lo que la Iglesia, y comprometiéndonos con su misión.

 

         4.- Abriéndonos a la totalidad y a la radicalidad de la verdad del Evangelio, que exige y conlleva la cruz y que pide de nosotros cargar con ella y, con palabras de Pablo, "crucificado  con Cristo. No soy ya yo; es Cristo quien vive en mí", combatir bien el combate, correr bien la carrera, mantener y difundir con toda generosidad y entrega la fe y el Evangelio.

 

         Esta es la pacífica batalla del amor. La batalla blanca que tanto necesitamos todos, que necesitan nuestro mundo y nuestra Iglesia, máxima en tiempos de apostasía silenciosa, de religiosidad a la carta, de laicismo militante y excluyente y de secularización interna y externa -a la que, por cierto, hemos de estar muy atentos para no sucumbir y para, sin darnos cuenta, ir poco a poco imbuyéndonos y sumergiéndonos en su clima y atmósfera-.

 

         Esta es la pacífica batalla del amor que nos hace santos: servir a la misericordia y al perdón. Pero, como nadie da lo que no tiene, no podremos servir ni ofrecer misericordia ni perdón si no vivimos en ellas o si, en el fondo o en la forma, la ignoramos o minusvaloramos.

 

         Que Santa María de Todos los Santos, que los 498 mártires del siglo XX en España y todos nuestros anónimos santos de nuestra familia, de nuestra Congregación y de nuestra tierra intercedan por nosotros y nos ayuden a ser instrumentos de misericordia, de perdón y de paz desde el Evangelio de Jesucristo, el Santo entre los santos, cuyo Amor nos hace capaces de librar la pacífica -a veces sinuosa, a veces compleja, nunca fácil y sencilla- batalla del amor. Que la fecundidad de nuestros mártires y de Todos los Santos "produzca -como invocaba el Papa- abundantes frutos de vida cristiana en los fieles y en las familias; que su sangre derramada sea semilla de santas y numerosas vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras". Amén.

            Jesús de las Heras Muela

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