El sacerdote está llamado a vivir su existencia para Cristo, para la Iglesia y para los demásEn este Año Sacerdotal, convocado por el Papa Benedicto XVI, con motivo de los 150 años de la muerte del Santo Cura de Ars, debemos valorar la belleza del sacerdocio y agradecer el bien que los sacerdotes hacen a la sociedad. El Año Sacerdotal es un motivo para dar gracias a Dios por el don del sacerdocio, que Cristo hace a la Iglesia y al mundo. 
En los escritos del Nuevo Testamento se presenta al sacerdote en su relación con Cristo y con la Iglesia. “Porque todo sacerdote es elegido de entre los hombres para representar a los hombres ante Dios y ofrecer dones y sacrificios por los pecados, siendo capaz de mostrarse comprensivo con los ignorantes y extraviados, ya que también él está rodeado de debilidad; por esta razón debe ofrecer sacrificios por sus pecados, así como lo hace por los del pueblo. Y nadie puede arrogarse este honor si no es llamado por Dios...” (Hb 5, 1-4). Al sacerdote se le pide que sea experto en humanidad, solidario con los gozos y los sufrimientos de todos, atento y respetuoso de la vocación de cada uno y testigo al mismo tiempo del don recibido de lo alto, signo vivo de Cristo Pastor que ofrece la vida por los suyos y los reconcilia con Dios. Hombre de frontera, comprometido en la intercesión continua que en nombre de Cristo desempeña entre los hombres y Dios, el sacerdote está llamado a vivir su existencia para los demás. Ciertamente no como una seguridad fácil sino como riesgo, audacia y descubrimiento que cambien la lógica mundana de la ganancia y le antepongan la maravilla del don. Hay más alegría en el dar que en el recibir. La fuerza del sacerdote está justamente en su debilidad, pues lo que le hace creíble es su servicio a la unidad, su existencia para los demás sin tener que contentar los gustos de nadie. “Un sacerdote debe ser al mismo tiempo pequeño y grande; noble de espíritu, como de sangre real; sencillo y espontáneo, como de raíz campesina; héroe en la conquista de sí mismo; hombre que se ha batido con Dios, fuente de santificación; pecador al que Dios ha perdonado; soberano de sus deseos; servidor de los tímidos y de los débiles, que no se arredra delante de los poderosos y se inclina en cambio delante de los pobres; discípulo de su Señor; jefe de su rebaño; mendigo de manos extremadamente abiertas; portador de innumerables dones; hombre en el campo de batalla; madre para confortar a los enfermos; con la sabiduría de la edad y el abandono de un niño; en tensión hacia la altura y con los pies en el suelo; hecho para la alegría; experto en sufrimientos; distanciado de toda clase de envidia; previsor; que habla con franqueza; amigo de la paz… (De un manuscrito medieval encontrado en Salísbury). En una sociedad que a menudo es una muchedumbre de soledades, en la que domina la incomunicabilidad y el miedo a los demás, el sacerdote debe ser una existencia ofrecida para la unidad, con un compromiso de amor exigente y total, una posibilidad de renacimiento, un ‘signo de contradicción’, una fuente de vida y alegría para todos.
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