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¿Qué es la Navidad? He aquí sus cinco verdades básicas, sus cinco dimensiones inexcusables, los cinco ejes sobre lo que ha girado, gira y girará la verdadera Navidad. Si los vivimos, si, al menos, los intentamos vivir será, tendremos Feliz Navidad. No la Navidad del consumo desenfrenado, del corazón cerrado a los demás, del materialismo excluyente y egoísta, de la tradición sin alma y sin raíces. No la Navidad como si Dios –el Dios de Belén- no existiese. Y sí la Navidad de la paz, de la vida, de la caridad, de la sencillez y de la familia.

Navidad es paz
El pasado domingo 20 de diciembre, en los umbrales de la Navidad, Benedicto XVI recordó -en su alocución previa al rezo mariano del Ángelus- la importancia de este periodo en el que prevalece la búsqueda de la verdadera paz: “Hoy, como en tiempos de Jesús, la Navidad no es un cuento para niños, sino que es la respuesta de Dios al drama de la humanidad en búsqueda de la verdadera paz”. El Santo Padre dirigió su mirada hacia la ciudad de Belén, donde nació Jesús, donde nació la Navidad, y explicó que esta ciudad es símbolo de paz, tanto en Tierra Santa como en el mundo entero: “Por desgracia en nuestros días, ésta no representa una paz lograda y estable, sino una paz difícilmente buscada y esperada”. Pero, “Dios no se resigna a este estado de cosas, por lo que también este año, en Belén y en el mundo entero, se renovará en la Iglesia el misterio de la Navidad”. Un misterio que es una “profecía de paz para cada hombre, que implica a los cristianos a intervenir en los dramas, a menudo desconocidos y escondidos, y en los conflictos en el contexto en el que se vive, con los sentimientos de Jesús, para actuar en todas partes como instrumentos y mensajeros de paz”. “Para llevar amor donde hay odio, perdón donde hay ofensa, felicidad donde hay tristeza y verdad donde hay error, según la hermosa expresión de una conocida oración franciscana”.
Navidad es respeto a lo creado
En este sentido de compromiso por la paz, desde 1968, en el corazón de la Navidad, en su octava, el día 1 de enero, el primer día del año nuevo, es, por decisión del Papa Pablo VI, la Jornada Mundial por la Paz. Este año, ya en su edición 43, viene con el lema “Si quieres promover la paz, protege la creación”. “Si quieres promover la paz, protege la creación. La búsqueda de la paz por parte de todos los hombres de buena voluntad se verá facilitada sin duda por el reconocimiento común de la relación inseparable que existe entre Dios, los seres humanos y toda la creación”. En esta frase se sintetiza el mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz 2010. Asimismo Benedicto XVI, que muestra la belleza de la creación como expresión del amor creador de Dios y de su belleza, reclama tecnologías más limpias, la reducción del consumo de energías y la promoción de nuevas energías sostenibles, superar la lógica del mero consumo y de egoístas intereses nacionalistas. El Papa urge asimismo al desarme, sobre todo, nuclear; alerta sobre los riesgos y errores de la divinización de la naturaleza y de la técnica; y pide el respeto al derecho sagrado a la vida humana en todas sus fases.
Navidad es vida
Desde la dolorida conmoción de la aprobación en el Congreso el jueves 17 de diciembre del proyecto del ley del aborto –aborto libre y casi hasta “a presión”- y aun cuando el proyecto legal ha de ir al Senado en febrero para retornar al Congreso en marzo, los católicos españoles estamos llamados en las fiestas navideñas de este año a ratificar y a proclamar con nuestro testimonio coherente a favor de la vida, de toda la vida y de la vida de todos. Y estamos llamados ello porque Navidad es vida -Vida con mayúsculas-, eclosión, explosión y esplendor de la vida humana, que en la Natividad de Jesucristo adquiere todavía una dignidad y un rango aun más sagrados e inviolables. De ahí que nuestro testimonio a favor de la vida deba hacerse especialmente visible y comprometido en estos días y siempre mediante nuestro apoyo a la maternidad y a la mujer, en particular ahora a la mujer embarazada y con problemas. Este testimonio ha de visibilizarse mediante nuestra concienciación, sensibilización y movilización acerca de lo abominable que es siempre el crimen del aborto y en nuestro esfuerzo por ser fieles a la ley natural y a la ley de Dios al respecto y a las que la Iglesia y todos sus miembros –sean de la ideología o afiliación política que sean- debemos seguir prestando nuestra inquebrantable adhesión y comunión. No miramos a nadie, ni señalamos a nadie con el dedo, pero hacer prevalecer la disciplina de partido o peor aún manipular la verdad y la doctrina católica sobre la vida para así apoyar con el voto al aborto no es un comportamiento digno ni adecuado a un católico. Y, como ya hemos escrito en otras y recientes ocasiones, allá quien quiera “blanquear su conciencia”. Pero la verdad no se puede comprar ni vender por un puñado de miles de euros ni por ninguna estrategia política o partidista.
Navidad es caridad
Que la Navidad es vida y vida para todos nos interpela asimismo a la caridad, a la fraternidad, a la solidaridad, muy singularmente durante estos días con gestos concretos hacia las víctimas de la crisis económica. Esta misma página ha estado dedicada a la iluminadora Declaración de la Conferencia Episcopal Española (CEE) a la crisis moral y económica que padecemos. La CEE llamaba en ella a gestos activos y comprometidos para salir de la crisis, para paliar sus efectos. Uno de estos gestos es el protagonizado el lunes 21 de diciembre por los obispos y diócesis de España en su entrega a Cáritas de tres millones de euros, el 1,5% del Fondo Común Interdiocesano. Gesto que, en la escala correspondiente, encuentra también refrendo en numerosos presbiterios diocesanos.
Navidad es sencillez
La “escuela de la vida” de la Navidad -lo apuntaban la pasada semana unas hermosísimas palabras del Papa Benedicto XVI antes de la bendición de los belenes romanos en el tercer domingo de Adviento- es descubrir la verdad y la belleza de la sencillez, de la austeridad, de la sobriedad de la Navidad, que es la llave de la sabiduría y de la felicidad. Porque “en esto, consiste la verdadera felicidad: en sentir que nuestra existencia personal y comunitaria viene visitada y llena de un misterio grande, el misterio del amor de Dios. Para ser felices necesitamos, no sólo cosas, sino amor y verdad: necesitamos un Dios cercano, que caliente nuestro corazón, y responda a nuestras expectativas profundas. Este Dios se ha manifestado en Jesús, nacido de la Virgen María”. Esto significa que nada más opuesto a la Navidad que la sofisticación, que la complicación, que los excesos. La verdad de la Navidad se aprende en el silencio de la adoración al Niño que ha venido a salvarnos, en la participación de las Eucaristías de estos días, en nuestra actitud gozosamente religiosa. Dice una canción de Navidad: “Lo esperaban poderoso y un pesebre fue su cuna; lo esperaban Rey de Reyes y servir fue su reinar. A Belén se va y se viene por caminos de alegría y Dios nace en cada hombre que se acerca a los demás”. Esta es la verdad de la Navidad, la verdad que descubrieron, adoraron y anunciaron los pastores de Belén.
Navidad es familia
Y Navidad –la auténtica Navidad- es igualmente familia. Dios, en Navidad, en Jesucristo a través de María y con la inestimable cooperación de José, se hizo familia. Y la familia es la célula básica, el fundamento y el quicio de la humanidad, cuyo futuro siempre pasa por la familia. Y precisamente en esta hora de obnubilación del derecho sagrado de la vida, la familia –santuario y sagrario de la vida-, en esta hora de crisis y de nuevas y viejas penurias materiales y espirituales, la familia está llamada a ser la raíz del rearme moral que tanto necesita nuestra humanidad. Por ello, bienvenidas sean celebraciones como las del 27 de diciembre –fiesta de la Sagrada Familia- en Madrid y otras similares en las diócesis. Y es que queremos y necesitamos a la familia, uno de los rostros, de los frutos y de las exigencias de la Navidad, de la auténtica Navidad. Por ello, bienvenidas sean las celebraciones familiares en los hogares repletos donde caben todos, donde todos son escuchados, donde todos tiene algo fundamental que aportar siquiera con su presencia, donde hay posibilidad para el perdón y para compartir con competencias ni exhibiciones. Donde la familia, nuestra familia, quiere ser reflejo y prolongación de la familia santa de Jesús. 
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