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Lo que es la Cruz desde el alba del cristianismo (2) Imprimir E-Mail
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Escrito por Ecclesia Digital   
jueves, 28 de enero de 2010

En medio de la polémica sobre los crucifijos y mientras la cruz de la JMJ recorre Madrid y España, he aquí una selección de pensamientos patrísticos sobre la Santa Cruz

 

II. PADRES LATINOS

 

MINUCIO FELIX (Finales s. II y principios s. III)

 

LA SEÑAL DE LA CRUZ EN EL USO PAGANO

«Cuando declaráis a un malhechor y su cruz como objeto de nuestra veneración, os alejáis de la verdad si creéis que para nosotros sirve como Dios uno que ha mere­cido un castigo y que sólo ha hecho cosas terrenas. En realidad es digno de compasión el que pone toda su esperanza en un hombre mortal; pues toda ayuda termina con la muerte de ese hombre... Tampoco nosotros adoramos la cruz ni la deseamos. Voso­tros, que veneráis dioses de madera, adoráis quizás cruces de madera como parte integrante de vuestros ídolos. ¿Qué otra cosa son si no los emblemas militares, estan­dartes y banderas sino cruces adornadas y doradas? Vuestros signos de victoria no tienen sólo la forma de una cruz sencilla, sino que recuerdan también a un crucifi­cado. El signo de la cruz lo vemos igualmente sin afectación sobre el barco cuando navega a velas desplegadas o cuando se desliza con los remos extendidos. Cuando se levanta un travesaño, se origina el signo de la cruz; también cuando un hombre adora a Dios en espíritu con las manos levantadas. Así, se da la forma de cruz, en parte debido a las relaciones naturales y en parte a nuestros usos.»

                                                                                                         (Octavio, 29, 2-3, 6-8)

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LACTANCIO (250-318)

 

EFICACIA Y PODER DE LA CRUZ

«Ahora quiero hablar del secreto de la cruz. Nadie debe objetar: "Si Cristo debía tomar la muerte sobre sí, ¿por qué una muerte tan deshonrosa e ignominiosa?, ¿por qué no una muerte que hubiese llevado consigo gloria?". Yo al menos sé de muchos que se espantan ante el nombre de la cruz y por tanto vuelven las espaldas a la ver­dad, siendo que la cruz tiene un significado profundo y un gran poder. Puesto que Cristo fue enviado precisamente para abrir a los más pequeños el camino de la salva­ción, él se humilló a sí mismo para salvar a los humildes. Por eso tomó sobre sí aquella clase de muerte que se suele infligir a los humildes, para dar a todos la posibilidad de la imitación. Y puesto que él había de resucitar de nuevo, por eso no se debía mutilarle ninguna parte del cuerpo, ni ser roto ningún hueso, como sucedía en la ejecución mediante la espada. Así la cruz ofrecía la ventaja de salvaguardar el cuerpo para la resurrección sin mutilar los huesos. A esto se añade la circunstancia de que Cristo debía ser levantado después de haber asumido libremente su pasión y muerte. Pero la cruz le ha levantado, en la realidad y en la apariencia, hasta tal punto que, al mismo tiempo que su pasión, su grandeza y su poder se han hecho manifiestos a todo el mundo. Al extender sus brazos en la cruz, ha extendido sus alas sobre el oriente y el occidente, para que bajo estas alas se reúnan para descansar todos los pueblos de ambas partes del mundo. Pero cuán grande sea la eficacia y el poder de esta señal, aparece claramente cuando todo el ejército de demonios es perseguido y arrojado mediante esta señal. Y así como Cristo antes de su pasión ahuyentó a los demonios mediante su palabra poderosa, así también son arrojados ahora los espíri­tus inmundos que se han introducido en los cuerpos de los hombres, mediante el nombre y la señal de la pasión de Cristo, mientras ellos se confiesan demonios bajo los tormentos y ceden a la mano castigadora de Dios.»

                                                                             (Compendio de las instrucciones divinas, 40)

 

S. JERONIMO (347-419)

 

LA CRUZ EN El ALMA

«Cuando hablo de la cruz, pienso no en el madero, sino en la pasión. Por lo demás esta cruz se encuentra en Bretaña, en India y en toda la tierra. ¿Qué se dice en el Evangelio? "Si no lleváis mi cruz y no me seguís diariamente" (Lc 14, 27). ¡Fíjate lo que dice! Si un alma no tiene cariño a la cruz como yo lo tuve por vosotros, enton­ces no podéis ser mis discípulos. Dichoso quien lleva en su alma la cruz, la resurrección, el lugar de nacimiento y de la ascensión de Cristo. Dichoso aquél que tiene en su corazón a Belén, aquél en cuyo corazón Cristo nace cada día. ¿Y qué significa Belén? Casa de pan. Seamos también nosotros una casa de pan, aquel pan que ha bajado del cielo. Cada día muere Cristo en la cruz por nosotros. Estamos crucificados para el mundo y Cristo está crucificado en nosotros. Dichoso aquel en cuyo corazón Cristo resucita cada día cuando hace penitencia por sus pecados, tam­bién los leves. Dichoso quien sube cada día desde el monte de los olivos al reino de los cielos, donde crecen los olivos ubérrimos de] Señor, donde amanece la luz de Cristo, donde están los huertos de olivo del Señor. "Yo, como un olivo frondoso en la casa de Dios" (Sal 51, 10). ¡Encendamos también nuestras lámparas con el aceite de aquel olivo e inmediatamente entraremos con Cristo en el reino de los cielos!»

                                                                                                              (Sobre el Salmo 95)

 

S. AGUSTIN (354-430)

 

UNION CON El CRUCIFICADO A TRAVES DE LA CRUCIFIXION

DE LAS CONCUPISCENCIAS CARNALES

 

«Predicar a Cristo significa no sólo decir lo que se debe creer de Cristo, sino tam­bién lo que debe tener en cuenta el que quiere entrar en comunión con el cuerpo de Cristo. Debe decirse todo lo que hay que creer de Cristo: de quién es Hijo, de quién es engendrado según su divinidad y de quién según la carne, qué ha sufrido y por qué, sobre qué se fundamenta la fuerza de su resurrección, qué clase de don del Espíritu Santo ha prometido y concedido realmente a sus creyentes; pero también qué clase de miembros busca como cabeza, enseña, ama, libera y conduce a la vida eterna de la gloria. Cuando tales cosas se dicen, entonces se predica a Cristo ora más corto y escaso, ora de forma más amplia y rica, pero no se ha de hablar sólo de lo que se refiere a la fe, sino también de lo que pertenece a la vida moral de un creyente.

«Así es como se comprenden también las palabras del apóstol Pablo: "Yo no pre­tendo saber entre vosotros más que a Jesucristo y éste crucificado" (1 Cor 2, 2). Deben saber que el concepto "Cristo, el crucificado" tiene mucho que decir al hombre; ante todo, que nuestro hombre viejo fue crucificado al mismo tiempo con él para que el cuerpo fuese despojado del pecado y nunca más sirvamos al pecado (Rom 6, 6). Por eso también dice el Apóstol de sí mismo: "Lejos de mí el gloriarme de otra cosa que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la que el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo" (Gál 6, 14). Por eso hay que poner mucha atención a cómo es enseñado y aprendido Cristo el crucificado; así reconocerán que pertenece a su cruz el que también nosotros estemos crucificados para el mundo en su cuerpo. Bajo esto se entiende todo dominio de la mala concupiscencia.

«También el apóstol Pedro recuerda respecto al sacramento de esta cruz, esto es, de la pasión de Cristo, que todos los consagrados por ella deberían dejar el pecado. Escribe: "Así, pues, ya que Cristo padeció en la carne, armaos también vosotros de este mismo pensamiento, pues el que murió en la carne ha terminado de pecar, a fin de no vivir ya más el resto de su vida para los deseos humanos, sino para la volun­tad de Dios" (1 Pd 4, 1 s). Con esto enseña correctamente que sólo pertenece a Cristo crucificado, que ha sufrido en la carne, quien en su propio cuerpo ha crucificado sus deseos carnales y vive bien por medio del Evangelio.»

                                                                                         (De la fe y las obras, 9, 14-10, 15)

 

REUNION DEL GENERO HUMANO

«- Respetad me", os dice la Iglesia. "Respetadme, aun cuando no queráis ver". Los creyentes que en aquellos tiempos estaban en Judea aprendieron como presentes el nacimiento maravilloso de una Virgen, la pasión, la resurrección, la ascensión de Cristo y todas las palabras y obras de Dios. Vosotros no las habéis visto, por eso os negáis a creer. Así contemplad esto, poneos en tensión, pensad como propia con­templación lo que no os es contado como pasado ni anunciado como futuro, sino que os es mostrado como algo presente. ¿Acaso os parece nada o fácil y tenéis por nada o por pequeño milagro de Dios el que todo el género humano se transforme al nombre de un Crucificado?»                                              (Sobre la fe en lo invisible, 4, 7)

 

 

LA CRUZ COMO ESPERANZA DE LOS PUEBLOS

«Su rostro resplandece sobre el monte, su fama sobre toda la tierra. No fue roto o destrozado; no cedió en su propia persona ni en la Iglesia a los perseguidores, como si hubiera dejado de existir. Y así no ha sucedido ni sucederá lo que sus enemigos dijeron y dicen: "¿Cuándo morirá y desaparecerá su apellido?" (Sal 40, 6). No suce­derá "hasta que juzgue a la tierra". ¿Quién? El, en quien hemos visto ya cumplida la última palabra del texto: "En su nombre pondrán los pueblos su esperanza". Ojalá que uno se elevase, de la mano de hechos tan innegables, a la fe en cosas que siem­pre se ponen en duda de forma descarada. ¿Quién hubiera esperado el cambio repentino, cuyos testigos oculares están ahora con nosotros, los que no quieren toda­vía creer en Cristo y rechinan los dientes sobre él y arden de ira, porque no pueden ponerlo en duda? ¿Quién, digo yo, hubiera esperado que los pueblos pusieran su esperanza en el nombre de Cristo, quién lo hubiera esperado cuando Cristo fue arres­tado, atado, golpeado, injuriado y crucificado, cuando sus propios discípulos perdieron la esperanza que habían depositado en él? Lo que entonces apenas esperó uno de los criminales en la cruz, eso es lo que esperan ahora todos los pueblos y, para no caer en la muerte eterna, se marcan con la cruz en la que él sufrió la muerte.»

                                                                                                    (La Ciudad de Dios, 20, 30)

 

S. LEON MAGNO (m. 461)

 

El MODELO DEL SEÑOR CRUCIFICADO

«En medio de este mundo petulante, nosotros no debemos hacernos necios petu­lantes, que fallan cuando les toca una desgracia; pues por una parte nos lisonjea un engañoso placer y por otra se levanta cada vez más amenazador el esfuerzo y la preo­cupación. No, “puesto que la tierra está llena de la bondad del Señor" (Sal 32, 5), por eso está a nuestro lado Cristo con su victoria. Así se cumplen sus palabras: "No temáis: yo he vencido al mundo" Un 16, 33). Siempre que luchemos contra la adula­ción del mundo o contra las pasiones de nuestra carne o contra las flechas afiladas de los herejes, ¡sea siempre la cruz del Señor nuestra arma! Cuando permanecemos alejados de---la levadura de la antigua maldad", entonces celebramos la pascua duradera. En medio de todos los sucesos cambiantes de esta vida, tan ricos en sufri­mientos diversos, debemos tener presente el aviso del Apóstol que nos amonesta con estas palabras: "Debéis tener los sentimientos que tuvo Jesús, quien, a pesar de tener la forma de Dios, no se aferró a su derecho a ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo adoptando la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres y presentándose como hombre en lo externo. El se rebajó a sí mismo haciéndose obe­diente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios, a su vez, lo exaltó y le otorgó un nombre que está sobre todo nombre, para que, ante el nombre de Jesús, doblen la rodilla todos los seres del cielo, de la tierra y del abismo, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre" (Flp 2, 5ss).

«Cuando hayáis comprendido correctamente el misterio del gran amor del Señor y tengáis presente lo que el Hijo único de Dios ha realizado para la salvación de los hombres, entonces debéis tener el mismo sentimiento del que fue lleno Cristo Jesús, cuya humillación no debe despreciar el rico, ni tener por menos el noble. Sin embargo, la felicidad de ningún hombre puede levantarse a tal altura, que deba con­siderar como algo vergonzoso el que Dios, que siempre permanece Dios, no haya tenido por indigno el hacerse siervo. Tomad, pues, como ejemplo las obras del Señor. ¡Amad lo que él ha amado y encontraréis en vosotros la gracia de Dios! ¡Contemplad en él, llenos de gozo, vuestra propia naturaleza! Cristo se hizo pobre sin perder su riqueza, se humilló sin disminuir su gloria, sufrió la muerte sin perder su eternidad. Por eso, también vosotros debéis andar el mismo camino y pisar las mismas huellas: también vosotros debéis despreciar lo terreno para participar del reino de los cielos. Quien carga con la cruz debe matar su concupiscencia, extinguir sus vicios, evitar toda vanidad y apartarse de toda enseñanza falsa. Pues ningún libidinoso, ningún siba­rita, ningún soberbio y ningún codicioso puede celebrar la pascua del Señor.»

                                                                                                           (Predicación, 72, 4-5)

 

S. GREGORIO MAGNO (540-604)

 

DE LAS FORMAS DE LLEVAR LA CRUZ

«De dos formas llevamos nosotros la cruz: dominando la carne mediante la conti­nencia y teniendo en cuenta sus necesidades como nuestras mediante una verdadera compasión con el prójimo. El que en una enfermedad del prójimo siente el dolor en sí mismo, ése lleva consigo la cruz. Pero hay que tener en cuenta que hay hom­bres que dominan su carne mediante la continencia, pero no por voluntad de Dios, sino por una ambición vana. Y hay también otros, muchos por cierto, que se compa­decen de sus semejantes no de una forma espiritual, sino carnal, de tal manera que los ayudan no por virtud, sino por su gran sensibilidad, más bien como carga. Todos éstos parecen llevar la cruz del Señor, pero no imitan al Señor. Por eso dice la Verdad con toda razón: "Quien no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”. Pues el cargar con la cruz e ir detrás del Señor significa renunciar totalmente a los deseos carnales o compadecer al prójimo con verdadero deseo de hacerle feliz. Quien realiza lo último sólo con intención temporal, ciertamente lleva la cruz, pero no sigue al Señor.»

                                                                                   (Homilía en la fiesta de un santo Mártir)

 

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Comentarios
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leoncio guillermo puente lópez  - tu voz amiga   |85.57.3.xxx |2010-03-21 12:51:11
No estas sólo si, y sólo sí, te reconoces humildemente falible. Falible, que no
es despojado de intención hacia el bien, la verdad y la belleza. Ayúdate a SER
sin esperar, a servir sin destacar, a dar sin medir.
Si tienes poco, dá poco,
si tienes mucho, dá mucho. El trabajo es interno.
juan lopez  - Lo que es la Cruz desde el alba del cristianismo   |204.14.42.xxx |2011-11-01 14:21:25
Paz y Bien
Nuestra fe y credo como instrumento de fundamento y defensa divina e
histórica de nuestra práctica religiosa.
Atentamente
Juan Lopez
Radio San
Antonio
Atalaya - Ucayali - Perú
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