Los padres tienen derecho a pedir la clase de religión católica para sus hijos. Esta clase tiene mucha importancia para la educación, porque la educación que ofrece la escuela ha de ser integral y, por tanto, ha de tener presente la dimensión religiosa y trascendente de la persona humana.

Hay unas preguntas sobre el sentido profundo de la vida que ningún educador puede olvidar. El Concilio Vaticano II dice que “el enigma de la condición humana llega a su límite ante la muerte. El hombre no sólo se atormenta por el aumento del dolor y por la progresiva disolución del cuerpo, sino también, y todavía más, por el temor de la desaparición perpetua”. Estamos creados a “imagen y semejanza de Dios”. Él, que es eterno, ha sembrado en cada persona humana la semilla de la eternidad y, por tanto, de la trascendencia. La Iglesia afirma que el hombre ha sido creado por Dios y para un final feliz más allá de la vida terrenal.
Al formalizar el acto de matricular a un hijo en la escuela, los padres católicos han de pedir la clase de religión. Esto es coherente con su fe. La escuela ha de ser como la continuación de la familia y es lógico que los padres católicos deseen que en la escuela sus hijos tengan clase de religión.
Hoy los niños y adolescentes sufren un analfabetismo de cultura religiosa, y eso incide en su nivel de cultura general más bien bajo. La clase de religión contribuye a que los alumnos puedan comprender muchísimos contenidos de nuestra historia y de nuestra cultura, que están tejidos de contenidos cristianos. Difícilmente se puede comprender nuestra historia, nuestro arte y nuestra cultura si no se posee un conocimiento notable de la religión católica.
¿Qué ofrece nuestra sociedad a los adolescentes y a los jóvenes? ¿Qué valores serios y auténticos presiden su formación y educación? La clase de religión y de moral católicas son unos buenos medios para ofrecer conocimientos y valores espirituales que son indispensables para conseguir una auténtica y rica educación integral de la persona humana. Esta clase contribuye a una formación humanista que la escuela ha de ofrecer y promover. Un humanismo cerrado, impenetrable a los valores del espíritu y a Dios, podría aparentar triunfar. El hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero, al final, sin Dios, tan sólo se organizará contra sí mismo. El humanismo exclusivo es un humanismo inhumano.
Los padres que no deseen ninguna formación religiosa para sus hijos o la escuela que no la facilita pueden preguntarse si la atracción de la juventud hacia las sectas y los fundamentalismos no es una consecuencia de haber ocultado algo tan normal y humano como la experiencia religiosa seria. Porque no podemos olvidar que todos tenemos una dimensión religiosa y trascendente.
Los jóvenes aspiran a encontrar valores sólidos y permanentes que puedan dar significado y finalidad a su vida. Buscan un terreno sólido, un punto elevado donde injertarse. La clase de religión ayuda a encontrar estos valores que dan sentido a nuestra vida, satisfacen nuestro deseo innato de trascendencia y enriquecen nuestra cultura personal.
+ Lluís Martínez Sistach - Cardenal arzobispo de Barcelona