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Benedicto XVI pide respeto a la familia, a los niños y condena a los pederastas Imprimir E-Mail
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Escrito por Ecclesia Digital   
lunes, 08 de febrero de 2010

La familia, sujeto de evangelización y recurso para la sociedad

Discurso de Benedicto XVI a la Plenaria del Pontificio Consejo para la Familia (8-2-2010)

Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas:

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Al inicio de la XIX Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para la Familia, me complace recibiros con mi cordial bienvenida. Dicho acto institucional encuentra este año a vuestro dicasterio particularmente renovado no sólo en su cardenal presidente y en su obispo secretario, sino también en algunos cardenales y obispos de su Comité de Presidencia, en algunos oficiales y cónyuges miembros suyos y también en numerosos consultores. Al tiempo que doy las gracias de corazón a cuantos han concluido su servicio en el Pontificio Consejo y a quienes siguen prodigando en él su valiosa labor, invoco sobre todos abundantes dones del Señor. Mi pensamiento de gratitud va, en especial, al difunto cardenal Alfonso López Trujillo, que durante 18 años dirigió vuestro dicasterio con una entrega apasionada a la causa de la familia y de la vida en el mundo actual. Deseo, por último, manifestar al cardenal Elio Antonelli mi viva gratitud por las cordiales palabras que me ha dirigido en nombre de todos vosotros y por haber querido ilustrar los temas de esta importante Asamblea.

La presente actividad del Dicasterio se sitúa entre el VI Encuentro Mundial de las Familias, celebrado en Ciudad de México en 2009, y el VII, programado en Milán para 2012. Mientras reitero mi agradecimiento al cardenal Norberto Rivera Carrera por la generosa entrega demostrada por su archidiócesis en la preparación y realización del Encuentro de 2009, expreso desde ahora mi afectuosa gratitud a la Iglesia ambrosiana y a su pastor, el cardenal Dionigi Tettamanzi, por su disposición a acoger el VII Encuentro Mundial de las Familias. Amén de la organización de estos actos extraordinarios, el Pontificio Consejo está llevando adelante varias iniciativas encaminadas a acrecentar la toma de conciencia del valor fundamental de la familia para la vida de la Iglesia y de la sociedad. Figuran entre ellas el proyecto «La familia, sujeto de evangelización», con el que se quiere llevar a cabo, a escala mundial, una recopilación de válidas experiencias en los diferentes ámbitos de la pastoral familiar, con el fin de que sirvan de inspiración y aliento para nuevas iniciativas; y el proyecto «La familia, recurso para la sociedad», con el que se pretende poner de relieve ante la opinión pública los beneficios que la familia acarrea a la sociedad, a su cohesión y a su desarrollo.

Otro importante proyecto del Dicasterio consiste en la elaboración de un Vademécum para la preparación al Matrimonio. Mi querido antecesor el Venerable Juan Pablo II afirmaba en su Exhortación apostólica Familiaris consortio que dicha preparación «en nuestros días es más necesaria que nunca» y «comporta tres momentos principales: una preparación remota, una próxima y otra inmediata» (n. 66: ECCLESIA 2.060 [1982/I], pág. 38). Haciendo referencia a tales indicaciones, el Dicasterio se propone delinear oportunamente la fisonomía de las tres etapas del itinerario de formación en la vocación conyugal y de respuesta a ésta.

La preparación remota tiene como destinatarios a los niños, los adolescentes y los jóvenes. Implica a la familia, la parroquia y la escuela, lugares en los que se es educado a concebir la vida como vocación al amor, vocación que se especificará, más tarde, en las modalidades del matrimonio y de la virginidad por el Reino de los Cielos, pero que es siempre vocación al amor. Durante esta etapa, además, deberá descubrirse cada vez más el significado de la sexualidad como capacidad de relación y energía positiva que debe integrarse en el amor auténtico.

La preparación próxima atañe a los novios y habría de configurarse como un itinerario de fe y de vida cristiana que lleve a un conocimiento profundo del misterio de Cristo y de la Iglesia, de los significados de gracia y de responsabilidad del matrimonio (cf. ibíd.). Su duración y las modalidades de realización habrán de ser necesariamente diferentes con arreglo a las situaciones, a las posibilidades y a las necesidades, pero es de esperar que se presente un itinerario de catequesis y de experiencias vividas en la comunidad cristiana que prevea intervenciones del sacerdote y de varios expertos, junto con la presencia de animadores, el acompañamiento de alguna pareja ejemplar de esposos cristianos, el diálogo de pareja y de grupo y un clima de amistad y de oración. Es preciso, además, prestar especial atención a que con esa ocasión los novios reaviven su propia relación personal con el Señor Jesús, particularmente escuchando la Palabra de Dios, acercándose a los sacramentos y, sobre todo, participando en la Eucaristía. Sólo poniendo a Cristo en el centro de la existencia personal y de pareja es posible vivir el amor auténtico y darlo a los demás: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada», nos recuerda Jesús (Jn 15, 5).

La preparación inmediata tiene lugar en proximidad a la celebración del matrimonio. Además del examen de los novios, exigido por el derecho canónico, podría incluir también una catequesis sobre el rito del matrimonio y su significado, el retiro espiritual y la atención necesaria para que la celebración del matrimonio sea percibida por los fieles, y especialmente por quienes se preparan a ella, como un don para toda la Iglesia, un don que contribuye a su crecimiento espiritual. Bueno será, además, que los obispos fomenten un intercambio de las experiencias más significativas, brinden estímulos para un serio compromiso pastoral en tan importante sector y pongan especial atención en que la vocación de los cónyuges se convierta en riqueza para toda la comunidad cristiana y –particularmente en el contexto actual– en testimonio misionero y profético.

Vuestra Asamblea Plenaria tiene como tema «Los derechos de la infancia», escogido en referencia al XX aniversario de la Convención aprobada por la Asamblea General de la ONU en 1989. A lo largo de los siglos, la Iglesia, siguiendo el ejemplo de Cristo, ha promovido la tutela de la dignidad y de los derechos de los menores, y ha cuidado de ellos de muchas maneras. Lamentablemente, en varias ocasiones, algunos de sus miembros, actuando en contra de este compromiso, han violado tales derechos, conducta ésta que la Iglesia no deja ni dejará de deplorar y de condenar. La ternura y la enseñanza de Jesús, que  consideró a los niños como modelo a imitar para entrar en el Reino de Dios (cf. Mt 18, 1-6; 19, 13-14), han constituido siempre un llamamiento apremiante a abrigar hacia ellos profundo respeto y desvelo. Las duras palabras de Jesús contra quien escandalice a uno de estos pequeños (cf. Mc 9, 42) obligan a todos a no bajar nunca el nivel de dicho respeto y amor. Por eso también la Convención sobre los Derechos del Niño fue favorablemente acogida por la Santa Sede, toda vez que contiene enunciados positivos acerca de la adopción, la atención sanitaria, la educación, la tutela de los minusválidos y la protección de los pequeños frente a la violencia, el abandono y la explotación sexual y laboral.

En su Preámbulo, la Convención señala a la familia «como [...] medio natural para el crecimiento y el bienestar de todos sus miembros, y en particular de los niños». Pues bien: es precisamente la familia, basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, la mayor ayuda que se puede prestar a los niños, que quieren ser amados por una madre y un padre que se amen y necesitan vivir, crecer y convivir con ambos padres, ya que las figuras materna y paterna son complementarias en la educación de los hijos y en la construcción de su personalidad e identidad. Importa, pues, que se haga todo lo posible por que crezcan en una familia unida y estable. Con este fin, es menester exhortar a los cónyuges a no perder jamás de vista las razones profundas de la sacramentalidad de su pacto conyugal y a afianzar éste mediante la escucha de la Palabra de Dios, la oración, el diálogo constante, la acogida recíproca y el perdón mutuo. Un ambiente familiar falto de serenidad, la división de la pareja formada por los padres y, en especial, su separación por medio del divorcio, no dejan de tener consecuencias para los niños, mientras que apoyar a la familia y promover su bien verdadero, sus derechos, su unidad y estabilidad, constituye la mejor manera de tutelar los derechos y las exigencias auténticas de los menores.

Venerados y queridos hermanos: ¡Gracias por vuestra visita! Estoy espiritualmente cercano a vosotros y a la labor que desempeñáis a favor de las familias, e imparto de corazón, a cada uno de vosotros y a cuantos comparten tan valioso servicio eclesial, la bendición apostólica.

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)

 

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