|
Aun cuando ya la pasada semana, la Campaña contra el Hambre de Manos Unidas era ya el argumento principal de ECCLESIA, hoy, en los días centrales de la misma, volvemos nuestra mirada hacia ella. Lo hacemos además en el cincuenta aniversario exacto de esta impagable e imprescindible iniciativa. Y lo hacemos desde el agradecido reconocimiento a la labor que Manos Unidas viene desarrollando desde entonces hasta convertirse en uno de los mayores timbres de gloria y de credibilidad de nuestra Iglesia, en una de sus mejores tarjetas de visita. 
Y es que durante este medio siglo de actividades y de campaña, Manos Unidas ha acometido más de 3.500 proyectos sanitarios, otros 3.000 de promoción de la mujer, 4.000 iniciativas de promoción y desarrollo agrícola, más de 6.000 obras sociales y unas 8.000 realizaciones educativas. Le declararon la guerra al hambre y nos hicieron a tantos partícipes de su proyecto. Porque si importante y proverbial es el trabajo en los países del hambre, también lo es en la tarea de concienciación y de sensibilización que Manos Unidas lleva a cabo entre nosotros. Lamentablemente, Manos Unidas –y con ella la Iglesia entera– todavía no ha concluido su batalla contra el hambre. Hay todavía en nuestro mundo algo más de mil millones de personas –casi la mitad niños– que sufren y mueren de hambre. Es más, según los datos y previsiones actuales, los llamados objetivos del milenio que buscaban la reducción del hambre al 50% para el año 2015, de seguir la situación como hasta ahora, no se podrán verificar, al menos, ¡hasta el año 2150...! Pero nuestro mundo es menos injusto gracias a Manos Unidas. Y la guerra al hambre –la única guerra justa– hay que ganarla. Cuando en 1960 las mujeres de la Acción Católica de España –unas 160.000 beneméritas mujeres– declararon la guerra al hambre, pretendían contribuir a erradicar una triple hambre, tantas veces intrínsecamente unida entre sí: el hambre de pan, el hambre de cultura y el hambre de Dios. Medio siglo después estas tres vitales y esenciales exigencias siguen siendo un reclamo apremiante, un imperativo, humano y cristiano, ante el que no nos podemos mostrar indiferentes. Precisamente, la indiferencia ante la gran injusticia del hambre, de la pobreza y del subdesarrollo es la principal y más letal de las armas para perder esta guerra. Si, el opulento y orondo Occidente está en crisis, España también está en crisis. Pero precisamente esta crisis económica que nos golpea y que eleva a millones las cifras del paro tiene como base la crisis moral de la avidez insolidaria, la avaricia insaciable, la especulación miserable, la injusta distribución de la riqueza, la suicida idolatrización del dinero. Tiene como base el hambre de Dios, un hambre de Dios que no solo no es reconocida y paliada sino que tantas veces proscribe y rechaza su solo Nombre y sus símbolos. En este contexto del cincuentenario de Manos Unidas, en noviembre pasado los obispos españoles publicaron una Declaración de reconocimiento y estímulo a Manos Unidas (Cf. ECCLESIA, número 3.493, páginas 12 a 15). Subrayamos su punto doce: «Debemos esforzarnos por preservar como un preciado tesoro esta identidad cristiana y misionera, superando toda tentación secularista y el reduccionismo que comporta, y manteniéndonos firmes en la enseñanza de Jesucristo que nos ha dicho: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). Solo Él es capaz de saciar los deseos profundos del hombre, de calmar sus inquietas aspiraciones, de satisfacer sus necesidades más hondas; solo en Él podemos encontrar plenitud y perfección. El reconocimiento de Dios proporciona el más firme apoyo para la salvaguarda de los derechos del hombre». Manos Unidas somos todos, debemos ser todos quienes queramos combatir el hambre de pan, de cultura y de Dios, una triple hambre que no puede esperar. «El hambre –habla Benedicto XVI– es el signo más cruel y concreto de la pobreza. No es posible continuar aceptando la opulencia y el derroche, cuando el drama del hambre adquiere cada vez mayores dimensiones». Y la Iglesia, gracias muy singularmente a Manos Unidas, jamás cejará en su empeño por erradicar la mayor injusticia y desgracia: el hambre de pan, el hambre de cultura y el hambre de Dios.
|