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"Todos estaban esperando. Estaban esperando los caminos para sentir en su terrosa espalda la caricia del asno que traía el peso de un capullo a punto de brotar.
Estaban esperando los arroyos, los castillos de corcho, las montañas de musgo, las nubes de algodón, las lavanderas de barro y los molinos, para hacerse suspiro y maravilla de Nacimiento, cada Navidad.
Estaban esperando las campanas para echarse a volar y arrancar a los vientos las inefables lenguas de su música. Estaban esperando las estrellas para poner en todos los murales celestes la flecha indicadora que soñaban los Magos.
Estaban esperando los papiros -polvo de paraísos, diluvios, babilonias, desiertos, faraones, rayes, jueves...- y todas las doncellas del pueblo de Israel y los preciosos versos de Virgilio y las reales águilas de todas las banderas del Imperio Romano.
Estaban esperando las legiones angélicas para poner rumbo a Belén sus alas y llevar a los astros la más extraña nueva de los hombres.
Estaban esperando los pastores en su lenta velada de balidos y sonoros cencerros y lana humedecida por la lluvia de todos los inviernos terrestres. Estaban esperando los profetas y la voz del Bautista tonante en los desiertos.
Y José, el asombrado y asombroso José, almirante mayor de los caminos a las riendas del "no-temas" angélicos y la fe levantada como un faro antiniebla contra todas las dudas naturales.
Y María, la de los sueños grandes, la de las noches blancas, la de los maternales rubores inviolados, alzada sobre el arco de los tiempos en el signo de Isaías a Acab <He aquí una virgen que dará a luz un hijo>.
Estaban esperando todos. Todos y todos estaban esperando.
(Como tú y yo -nosotros- estamos esperando ahora en esta vigilia permanente, que este largo y tembloroso adviento que es la vida". (Francisco Vaquerizo Moreno)
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