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El rito de la Corona de Adviento se ha ido introduciendo acertadamente en los distintos ámbitos de la vida cristiana, contribuyendo a resaltar la peculiaridad de este tiempo. Adviento, del latín «adventus», significa venida, que en griego se traduce como parusía.
Al comienzo del Año Litúrgico, por una parte, se recuerda la última y definitiva venida del Señor Jesús y, por otra, se prepara la evocación de la primera en la Navidad de Belén. En muchas casas vemos cómo, un mes antes de Navidad, ponen como centro de una mesa una Corona con velas. Se trata, como se sabe, de una corona de ramas verdes, en la que se fijan cuatro velas vistosas, generalmente violáceas. La Corona circular nos hace presente la figura perfecta que no tiene principio ni fin, evocando la unidad y eternidad del Señor Jesucristo que es el mismo ayer, hoy y siempre (cfr. Heb 13, 8). El follaje verde perenne, con ramas de pino, abeto, hiedra…, representa a Cristo eternamente vivo y presente entre nosotros. Las cuatro velas representan los cuatro domingos que jalonan este tiempo de vigilante espera. Como expresión de alegre expectación, cada semana, se realiza el rito de encender las velas correspondientes: el primer domingo de Adviento, una, el segundo, dos, el tercero, tres, el cuarto y último, las cuatro. El progresivo encendido de estos cirios nos hace tomar conciencia del paso del tiempo en el que esperamos la última y definitiva venida del Señor. Este itinerario, acompañado de alguna oración o canto, nos marcará los pasos que nos acercan hasta la fiesta de Navidad, y nos ayudará a tener más presente el tiempo en que nos encontramos. Esta costumbre, originaria de los países germánicos y extendida a América del Norte, se ha convertido en un símbolo del Adviento en los hogares cristianos. Este sencillo lucernario es a la vez memoria y profecía. Memoria de las diversas etapas de la historia de la salvación antes de Cristo y símbolo de la luz profética que iba iluminando la noche de la espera, hasta el amanecer del Sol de justicia. Así, la Corona es profecía de Cristo, luz del mundo que volverá para iluminar definitivamente al mundo y a quien esperamos con las lámparas encendidas. En la iglesia, la corona se puede poner sobre una mesita, o sobre un tronco de árbol, o colgada del techo con una cinta elegante, no se pone encima del altar, sino junto al ambón o en otro lugar adecuado (por ejemplo, junto a una imagen de la Virgen Madre, o al icono de la Virgen del Signo). El rito encendido de la corona se puede realizar en todas las misas dominicales de la parroquia, incluyendo la vespertina del sábado. En las comunidades religiosas, en cambio, será mejor hacerlo en la celebración que inaugure cada semana: las primeas Vísperas. La Corona que se ha instalado en la iglesia parroquial, se puede bendecir al comienzo de la Misa. La bendición se hará después del saludo inicial, en lugar del acto penitencial.
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