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La defensa de la vida nos interpela ahora todavía más – Editorial Ecclesia Imprimir E-Mail
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Escrito por Ecclesia Digital   
martes, 02 de marzo de 2010
El grupo socialista en el Senado logró los acuerdos suficientes para que la ley del aborto aprobada por el Congreso el pasado 17 de diciembre fuera también aprobada sin enmienda alguna en la Cámara Alta. De este modo, la reforma y ampliación sobre el aborto auspiciada por el Gobierno de Rodríguez Zapatero pasa ya al Boletín Oficial del Estado y en cuatro meses se convertirá en ley.
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La noticia, aun por esperada, no deja de ser fatal y desoladora porque si injusta y letal era ya la ley de 1985, la de 2010 es todavía más inicua y depravada al legalizar, en la práctica, el aborto libre y al consagrar la interrupción voluntaria del embarazo como un derecho. Hasta ahora se trataba de una ley despenalizadora en tres supuestos. Y ahora –repetimos consternados– el aborto es un derecho...¡!

Y ahora, sí, ¿qué hacer ante este dislate, ante esta injusticia e indignidad? Cualquier iniciativa legítima, sensata y justa menos cruzarnos de brazos. Apuntemos algunas de ellas. Por ejemplo, la participación y el apoyo a la Marcha por la Vida que recorre este domingo 7 de marzo las cien principales ciudades de España. Por ejemplo secundar activamente las iniciativas eclesiales de la próxima Jornada por la Vida del 25 de marzo. Por ejemplo, la oración constante, ferviente, perseverante a favor de la vida. También, aun desde el escepticismo que suscita comprobar el lamentable funcionamiento del alto organismo, hemos de instar a quien corresponda a presentar recursos de inconstitucionalidad ante el Tribunal Constitucional y ante los organismos europeos competentes. El apoyo a las mujeres gestantes –en particular a las que viven el embarazo con cualquier dificultad– ha de ser asimismo un firme y activo compromiso de parte de todos cuantos creemos en la vida y clamamos contra la injusticia y la indignidad radicales del aborto y de la cultura de la muerte.

La denuncia oportuna e incisiva de la falsedad de las argumentaciones proabortistas ha de ser otro de los retos a asumir. En este sentido, resulta demoledor y desolador el ejercicio de irresponsabilidad y de hipocresía que tuvo lugar el mismo día de la aprobación definitiva de la nueva ley del aborto. Aquel mismo día, el miércoles 24 de febrero de 2010, mientras el Senado se aprestaba a la citada y deleznable aprobación por tanto solo seis votos de diferencia, el presidente del Gobierno español intervino en la sala de los derechos humanos de la sede de la ONU en Ginebra. Fue en una convención contra la pena de muerte. Aquel día fatídico el señor Rodríguez Zapatero decía una cosa en Ginebra y mandaba hacer su contraria en Madrid. Estas fueron algunas de sus palabras: «Hoy en día nadie puede subestimar el alcance universal de los Derechos Humanos, en particular el derecho a la vida, a partir del que se sustentan todos los demás». «Por encima de todo, nadie puede disponer de la vida humana, ni siquiera los Estados». «Nadie tiene derecho a arrebatar la vida a otro ciudadano. Absolutamente nadie. Trabajemos por esta causa, me tienen a su disposición».

Tal alegato, tal asimetría, tal descaro, tal incongruencia, tal irresponsabilidad es un insulto a la inteligencia, al derecho, al sentido común, a la ética. Es cinismo intolerable. Es la hipocresía insoportable y abominable de una doble y letal vara de medir la vida, que habría de avergonzar y abochornar a propios y a extraños. Y que de ningún modo nos puede dejar indiferentes e inactivos.

Y precisamente ante palabras, acciones y actitudes como estas nadie nos debe arrebatar la palabra y el ejercicio responsable y coherente de nuestra condición de ciudadanos. Con respeto y también con contundencia hemos de desenmascarar falacias y sofismas como estos. Para ello será preciso seguir apostando por la vida sin complejos, sin ambigüedades y con verdad. Tendremos que seguir formándonos en la cultura de la vida, de toda la vida y de la vida de todos, que es la cultura de la justicia, de la dignidad y de la verdad.

No lo dudemos, el aborto –en concreto, este nuevo aborto– es un mal inmenso. Es y «supone –recuerdan los obispos– un serio retroceso en la protección del derecho a la vida de los que van a nacer, un mayor abandono de las madres gestantes y, en definitiva, un daño muy serio para el bien común». 

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