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Las escenas de la Pasión de Cristo de Ecclesia Digital - Jesús muere en la cruz |
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Escrito por José Serrano Belinchón
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jueves, 04 de marzo de 2010 |
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¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? Su
cuerpo macerado, entumecido, deforme y colmado de heridas, pende de un madero
sobre la cima del monte. Jesús entrega lo poco que le queda, su vida, en el más
grande de los desamparos. Es preciso que sea así. El culmen del dolor, del que
de tantas maneras y en tantos lugares se nos habla en la Escritura Santa. Es el
mismo Dios que sufre en su cuerpo de carne hasta la extenuación y en su
espíritu envuelto en el velo del abandono. Es una escena estremecedora. La
gente lo mira y se burla de Él: ¡Si eres el Hijo del Dios, bájate de la cruz! 
Todo está
consumado. Jesús grita a grandes voces en el momento de morir. El Padre no le
ha eximido del dolor. La pasión ha sido completa y su muerte real, certificada
por el impacto de una lanzada que le atraviesa el corazón, y del que mana una
fuente de sangre y agua. Era el paso definitivo a la gloria de la Resurrección
que es nuestra propia gloria. Jesús ha querido que compartamos con Él el divino
fruto de tanto sufrimiento, haciéndonos miembros de su Cuerpo Místico.
Es la
imagen salvadora que los cristianos tendríamos por enseña a partir de aquel
momento, la del Cristo que se nos muestra con los brazos abiertos en el mayor
desamparo perdida entre las tinieblas del Gólgota. La adorable imagen del Dios
muerto que, a más de veinte siglos de distancia, sigue espantando a sus
enemigos de turno, que inútilmente pretenden apartarla de los ojos y de las
conciencias de los hombres
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