|
Tres
años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera,
y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a
ocupar terreno en balde? (Lc 13, 1-9)
“Señor,
déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da
fruto. Si no, la cortas”. Es la voz de Jesús la que suena con un ruego profundo
y conmovido. Él es siempre el Viñador que no se cansa de cavar la tierra a mi
alrededor, de regar y abonar, de
descantar y mullir. Y sólo por dejarme más tiempo, para darme una oportunidad
más -¡cuántas, cuántas ya!-, y luego otra… Él suplica, intercede y trabaja para que yo dé fruto. Por pequeño y
mísero que sea mi producto, Él será capaz de presentarlo hermoso, grande,
jugoso, henchido de dulzor y de aroma. (¿Y seré yo capaz alguna vez de creerme
que el fruto es mío?) 
El
Viñador misericordioso hace de mi fruto flaco y encogido, pacato y miserable,
una ofrenda de la que sentirse orgulloso, maravilla de brillo y lozanía.
“Déjala otro año, Señor.” ¿Cuántos años me vas consiguiendo, Señor? De año en
año suplicas por mí, incansable, con la esperanza amorosa de que al fin seré
capaz de dar algo. Y yo tan sólo sé poner mi corazón agradecido a cantar:
Bendice, alma mía, al
Señor, y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía,
a mi Viñador.
Él aquieta todas
mis tempestades,
me llena todos los vacíos,
me tapa los huecos de ausencias,
y colma de paz mi alma.
Él anula mi ansiedad,
y borra mi fatiga;
Él acalla mis preguntas,
y aclara mis oscuridades.
Él riega mi desierto,
hace brotar flores en lo reseco,
convierte en vergel lo helado
y de mis ramas marchitas
hace que cuelguen frutos dorados
de dulce jugo y exquisito olor.
¡Bendice, alma mía, a mi Viñador!
|