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Señor Jesús: Estrenaste sepulcro. Una piedra ha caído sobre tu sepulcro y te ha separado del resto de la humanidad. Has muerto, y tu muerte queda probada y sellada con la sepultura. Todo se hizo en silencio, en un terrible silencio: El silencio de Dios. 
Y por entre las grietas de la piedra rodada sobre el sepulcro sale el aroma de tu cuerpo ungido, el aroma de la inminente resurrección, que solo la noche será testigo. Los hombres respiran tranquilos. Ya no tienen que soportar más acusaciones ni más invitaciones al renunciamiento y al sacrificio. Tu boca ha quedado cerrada. Quietos tus pies y tus manos. Parado tu corazón. Por fin, te han encerrado en un sepulcro. Ya te has quedado sin nada. Tú, que has vivido desposeído de todo desde el día en que naciste en el abandono de una cueva en la noche oscura de Belén. El hombre ha desafiado a Dios y se ha sentido victorioso cuando ha comprobado tu muerte cierta, tu sepulcro sellado. Pero los hombres quedamos ciegos cuando nos domina el orgullo y no somos capaces de comprender que, en tu caso, la muerte es la demostración más clara de tu victoria. Con tu muerte, se ha cumplido toda tu tarea. Todo está consumado. Tú mismo dijiste que el gano de trigo, cuando cae y se sepulta en la tierra, es cuando da vida y se hace fecundo. Por eso, de tu sepulcro nace para todos nosotros una vida nueva. Tu muerte, no es el final sino una vida que se multiplica y, de esa vida que nace de Ti, participamos todos. Ayúdanos a ser tus testigos ante los hombres aprendiendo del modelo que eres Tú para todos. Señor Jesús: Danos cuando miremos tu sepulcro, todo lo que nos has logrado con tu vida y con tu muerte. Has que, nunca más, los hombres intentemos desafiarte ni juzgarte con nuestros pobres y egoístas argumentos humanos. Concédenos que, incorporados a tu muerte y a tu resurrección, nuestra vida, como la tuya, sea siempre fecunda. Amén.
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