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Traducción
de la Revista Ecclesia
Invitación al
seguimiento de Cristo para una vida intensa y provechosa
«Maestro bueno,
¿qué haré para heredar la vida eterna?» (Mc 10, 17)
Queridos amigos: 
Se celebra este año
el XXV aniversario de la institución de la Jornada Mundial de la Juventud,
convocada por el Venerable Juan Pablo II como cita anual de los jóvenes
creyentes del mundo entero. Se trata de una iniciativa profética que ha
producido frutos abundantes, al dar a las nuevas generaciones cristianas la
posibilidad de reunirse, ponerse a la escucha de la Palabra de Dios, descubrir
la belleza de la Iglesia y vivir experiencias fuertes de fe que han impulsado a
muchos a decidir entregarse totalmente a Cristo.
La presente XXV
Jornada constituye una etapa hacia el próximo Encuentro Mundial de los Jóvenes,
que tendrá lugar en agosto de 2011 en Madrid, adonde espero que acudáis
numerosos para vivir ese acontecimiento de gracia.
Para prepararnos a
esa celebración, quisiera proponeros algunas reflexiones sobre el tema de este
año: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» (Mc 10, 17),
tomado del episodio evangélico del encuentro de Jesús con el joven rico; un
tema afrontado ya, en 1985, por el papa
Juan Pablo II en una maravillosa Carta, dirigida por vez primera a los jóvenes.
1
Jesús se encuentra con un joven
«Cuando salía Jesús
al camino –narra el Evangelio de San Marcos–, se le acercó uno corriendo, se
arrodilló y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida
eterna?”. Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más
que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no
robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu
madre». Él replicó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Jesús se
le quedó mirando con cariño y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que
tienes, dale el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo–, y
luego, sígueme”. A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso,
porque era muy rico» (Mc 10, 17-22).
Este relato expresa
de manera eficaz la gran atención de Jesús hacia los jóvenes, hacia vosotros,
hacia vuestras expectativas, vuestras esperanzas, y muestra cuán grande es su
deseo de tener un encuentro personal y de entablar un diálogo con cada uno de
vosotros. Cristo, en efecto, detiene su camino para responder a la pregunta de
su interlocutor, manifestando plena disposición hacia aquel joven, al que un ardiente
deseo impulsa a hablar con el «Maestro bueno» para aprender de él a recorrer el
camino de la vida. Con este pasaje evangélico, mi antecesor quería exhortar a
cada uno de vosotros a «desarrollar el propio coloquio con Cristo, un coloquio
que es de importancia fundamental y esencial para un joven» (Carta a los
jóvenes, n. 2: ECCLESIA 2.216 [1985/I], pág. 427).
2
Jesús se le quedó mirando con cariño
En el relato
evangélico, San Marcos subraya que «Jesús se le quedó mirando con cariño» (cf.
Mc 10, 21). En la mirada del Señor está el corazón mismo de tan especialísimo
encuentro y de toda la experiencia cristiana. Y es que el cristianismo no es
ante todo una moral, sino experiencia de Jesucristo, que nos ama personalmente,
ya seamos jóvenes o viejos, pobres o ricos; nos ama también cuando le damos la
espalda.
Comentando esta
escena, el papa Juan Pablo II añadía, dirigiéndose a vosotros, los jóvenes:
«¡Deseo que experimentéis una mirada así! ¡Deseo que experimentéis la verdad de
que Cristo os mira con amor!» (Carta a los jóvenes, n. 7: ECCLESIA cit., pág.
431). Un amor que se manifestó en la cruz de manera tan plena y total que le
hizo escribir a San Pablo con estupor: «Me amó hasta entregarse por mí» (Ga 2,
20). «La conciencia de que el Padre nos ha amado siempre en su Hijo, de que
Cristo ama a cada uno y siempre –escribe también el papa Juan Pablo II–, se
convierte en un sólido punto de apoyo para toda nuestra existencia humana»
(Carta a los jóvenes, n. 7: ECCLESIA cit., pág. 432) y nos permite superar todas
las pruebas: el descubrimiento de nuestros pecados, el sufrimiento, el
desánimo.
En este amor se
encuentra la fuente de toda la vida cristiana y la razón fundamental de la
evangelización: si nos hemos encontrado realmente con Jesús, no podemos dejar
de testimoniarlo a aquéllos cuyas miradas aún no se han cruzado con la suya.
3
El descubrimiento del proyecto de vida
En el joven del
Evangelio podemos vislumbrar una condición muy similar a la de cada uno de
vosotros. Vosotros también sois ricos en cualidades, energías, sueños,
esperanzas: recursos todos que poseéis con abundancia. Vuestra propia edad
constituye una gran riqueza no sólo para vosotros, sino también para los demás,
para la Iglesia y para el mundo.
El joven rico le
pregunta a Jesús: «¿Qué tengo que hacer?». La época de la vida en la que estáis
inmersos es tiempo de descubrimiento: de los dones que Dios os ha otorgado y de
vuestras responsabilidades. Es, también, tiempo de elecciones fundamentales
para la construcción de vuestro proyecto de vida. Es el momento, por lo tanto,
de interrogaros sobre el sentido auténtico de la existencia y de preguntaros:
«¿Estoy satisfecho con mi vida? ¿Me falta algo?».
Como el joven del
Evangelio, acaso vosotros también viváis
situaciones de inestabilidad, de turbación o de sufrimiento que os impulsan a
aspirar a una vida no mediocre y a preguntaros: ¿En qué consiste una vida
lograda? ¿Qué tengo que hacer? ¿Cuál podría ser mi proyecto de vida? «¿Qué he
de hacer para que mi vida tenga pleno valor y pleno sentido?» (ibíd., n. 3:
ECCLESIA cit., pág. 427).
No temáis afrontar
estos interrogantes que, lejos de venceros, expresan las grandes aspiraciones
que están presentes en vuestro corazón, por lo que han de ser atendidos, pues
aguardan respuestas no superficiales, sino capaces de satisfacer vuestras
auténticas expectativas de vida y de felicidad.
Para descubrir el
proyecto de vida que puede haceros plenamente felices, poneos a la escucha de
Dios, que tiene un designio suyo de amor para cada uno de vosotros. Preguntadle
con confianza: «Señor, ¿cuál es tu designio de Creador y Padre sobre mi vida?
¿Cuál es tu voluntad? Yo deseo cumplirla». Tened la seguridad de que os
responderá. ¡No tengáis miedo de su respuesta! «Dios es mayor que nuestra
conciencia y conoce todo» (1 Jn 3, 20).
4
Ven y sígueme
Jesús invita al
joven rico a ir bastante más allá de la satisfacción de sus aspiraciones y de
sus proyectos personales; le dice: «Ven y sígueme». La vocación cristiana nace
de una propuesta de amor del Señor, y sólo puede hacerse realidad gracias a una
respuesta de amor: «Jesús invita a sus discípulos a la entrega total de sus
vidas, sin cálculo ni interés humano, con una confianza sin reservas en Dios.
Los santos acogen tan exigente invitación y se ponen con docilidad humilde a
seguir a Cristo crucificado y resucitado. Su perfección, según la lógica de la
fe a veces incomprensible desde el punto de vista humano, consiste en no
ponerse ya a sí mismos en el centro y en optar por ir a contracorriente,
viviendo conforme al Evangelio» (Benedicto XVI, Homilía en la canonización de
los beatos Zygmunt Szczesny Felinski, Francisco Coll, Jozef Damiaan De Veuster,
Rafael Arnaiz y Jeanne Jugan, 11-10-09: ECCLESIA 3.489 [2009/II], pág. 1583).
Siguiendo el
ejemplo de tantos discípulos de Cristo, acoged vosotros también con alegría,
queridos amigos, la invitación al seguimiento, para vivir intensa y
provechosamente en este mundo. En efecto, mediante el Bautismo él llama a cada
uno a seguirlo con acciones concretas, a amarlo por encima de todo y a servirlo
en los hermanos. Por desgracia, el joven rico no aceptó la invitación de Jesús
y se marchó pesaroso. No había tenido el valor de desprenderse de los bienes
materiales para encontrar el bien mayor propuesto por Jesús.
La tristeza del
joven rico del Evangelio es la misma que nace en el corazón de cada uno de
nosotros cuando no tenemos el valor de seguir a Cristo, de hacer la elección
adecuada. ¡Pero nunca es demasiado tarde para responderle!
Jesús no se cansa
jamás de mirar con amor y de llamar a ser discípulos suyos, pero a algunos les
propone una elección más radical. En este Año Sacerdotal, quisiera exhortar a
los jóvenes y a los muchachos a prestar atención por si el Señor los invita a
un don más grande en el camino del sacerdocio ministerial, y a estar dispuestos
a acoger con generosidad y entusiasmo semejante señal de predilección especial,
emprendiendo con un sacerdote, con su director espiritual, el necesario camino
de discernimiento. Tampoco temáis, queridos y queridas jóvenes, si el Señor os
llama a la vida religiosa, monástica, misionera o de consagración especial: ¡él
sabe dar alegría profunda a quienes responden con valentía!
Invito, además, a
cuantos sienten la vocación del sacerdocio, a acogerla con fe, comprometiéndose a poner unas bases
sólidas para vivir un amor grande, fiel y abierto al don de la vida, que es
riqueza y gracia para la sociedad y para la Iglesia.
5
Orientados hacia la vida eterna
«¿Qué haré para
heredar la vida eterna?». Esta pregunta del joven del Evangelio se antoja
alejada de las preocupaciones de muchos jóvenes contemporáneos, ya que, como
observaba mi antecesor, «¿no somos nosotros la generación a la que el mundo y
el progreso temporal llenan completamente el horizonte de la existencia?»
(Carta a los jóvenes, n. 5: ECCLESIA 2.216 [1985/I], pág. 428). Pero la
pregunta sobre la «vida eterna» aflora en momentos particularmente dolorosos de
la existencia, cuando sufrimos la pérdida de un allegado o cuando vivimos la
experiencia del fracaso.
Pero, ¿qué es esa
«vida eterna» a la que se refiere el joven rico? Nos lo ilustra Jesús cuando,
dirigiéndose a sus discípulos, afirma: «Volveré a veros y se alegrará vuestro
corazón y nadie os quitará vuestra alegría» (Jn 16, 22). Son palabras que
indican una propuesta entusiasmante de felicidad sin fin, de la alegría de
verse colmados de amor divino para siempre.
Interrogarnos
acerca del futuro definitivo que nos aguarda a cada uno da plenitud de sentido
a nuestra existencia, ya que orienta el proyecto de vida hacia horizontes no
limitados y pasajeros, sino amplios y profundos, que impulsan a amar el mundo
–tan amado por el mismo Dios–, a dedicarnos a su desarrollo, pero siempre con
la libertad y la alegría que nacen de la fe y de la esperanza. Se trata de
horizontes que nos ayudan a no extremar las realidades terrenales, sabedores de
que Dios nos prepara una perspectiva más grande, y a repetir con San Agustín:
«Deseemos juntos la patria celestial, suspiremos por la patria celestial,
sintámonos peregrinos aquí abajo» (Comentario al Evangelio de San Juan, Homilía
35, 9). Manteniendo puesta la mirada en la vida eterna, el Beato Pier Giorgio
Frassati, muerto en 1925 con 24 años de edad, decía: «¡Quiero vivir, y no
dejarme vivir!», y en la foto de una escalada, enviada a un amigo, escribía:
«Hacia arriba», aludiendo a la perfección cristiana, pero también a la vida
eterna.
Os exhorto,
queridos jóvenes, a no olvidar esta perspectiva en vuestro proyecto de vida:
estamos llamados a la eternidad. Dios nos ha creado para que estemos con él,
para siempre. Dicha perspectiva os ayudará a dar plenitud de sentido a vuestras
elecciones y calidad a vuestra existencia.
6
Los mandamientos, senda del amor auténtico
Jesús le recuerda
al joven rico los diez mandamientos como condiciones necesarias para «heredar
la vida eterna». Son puntos de referencia esenciales para vivir en el amor,
para distinguir claramente el bien del mal y construir un proyecto de vida
sólido y duradero. También a vosotros os pregunta Jesús si conocéis los
mandamientos, si os preocupáis por formar vuestra conciencia conforme a la ley
divina y si los lleváis a la práctica.
Ciertamente se
trata de preguntas que van a contracorriente respecto a la mentalidad actual,
que propone una libertad desvinculada de valores, de reglas, de normas
objetivas, y que invita a negar toda limitación a los deseos del momento. Pero
este tipo de propuesta, en vez de llevar a la libertad verdadera, hace del
hombre un esclavo de sí mismo, de sus deseos inmediatos, de ídolos como el
poder, el dinero, el placer desenfrenado y las seducciones del mundo,
incapacitándolo para seguir su vocación nativa al amor.
Dios nos da los
mandamientos porque quiere educarnos en la libertad verdadera, porque quiere
construir con nosotros un Reino de amor, de justicia y de paz. Escucharlos y
llevarlos a la práctica no significa alienarse, sino encontrar la senda de la
libertad y del amor auténticos, ya que los mandamientos no limitan la
felicidad, sino que indican cómo encontrarla. Al inicio de su diálogo con el
joven rico, Jesús recuerda que la ley dada por Dios es buena, porque «Dios es
bueno».
7
Os necesitamos
Quienes viven hoy
la condición juvenil se ven enfrentados a muchos problemas derivados del
desempleo, de la falta de referencias ideales seguras y de perspectivas
concretas para el futuro. A veces pueden tener la sensación de la propia
impotencia ante las crisis y las tendencias actuales. Pese a la dificultad, ¡no
caigáis en el desánimo y no renunciéis a vuestros sueños! Cultivad, por el
contrario, en vuestros corazones deseos profundos de fraternidad, de justicia y
de paz. El futuro está en las manos de quienes saben buscar y encontrar razones
fuertes de vida y de esperanza. Si queréis, el futuro está en vuestras manos,
pues los dones que el Señor ha puesto en el corazón de cada uno de vosotros,
forjados por el encuentro con Cristo, pueden traer esperanza auténtica al
mundo. La fe en su amor, al haceros fuertes y generosos, os dará el valor de
afrontar con serenidad el camino de la vida y de asumir responsabilidades
familiares y profesionales. Comprometeos a construir vuestro futuro por medio
de itinerarios serios de formación personal y de estudio, para servir de manera
competente y generosa al bien común.
En mi reciente
Carta encíclica sobre el desarrollo humano integral, Caritas in veritate, he
indicado algunos grandes retos actuales que se revelan urgentes y necesarios
para la vida de este mundo: el uso de los recursos de la tierra y el respeto a
la ecología; la justa compartición de los bienes y el control de los mecanismos
financieros; la solidaridad con los países pobres en el seno de la familia
humana; la lucha contra el hambre en el mundo; la promoción de la dignidad del
trabajo humano; el servicio a la cultura de la vida; la construcción de la paz
entre los pueblos; el diálogo interreligioso; el buen uso de los medios de
comunicación social.
Son desafíos a los
que estáis llamados a responder para construir un mundo más justo y fraternal.
Son desafíos que exigen un proyecto de vida riguroso y apasionante en el que
poner toda vuestra riqueza, según el designio de Dios sobre cada uno de
vosotros. No se trata de realizar gestas heroicas o extraordinarias, sino de
actuar aprovechando los propios talentos y las propias posibilidades,
comprometiéndose a progresar constantemente en la fe y en el amor.
En este Año
Sacerdotal, os invito a conocer la vida de los santos, especialmente la de los
santos sacerdotes. Veréis que Dios los ha guiado y ellos han encontrado su
camino día tras día, precisamente en la fe, en la esperanza y en el amor.
Cristo llama a cada uno de vosotros a comprometerse con él y a asumir sus
propias responsabilidades para construir la civilización del amor. Si seguís su
palabra, también vuestro camino se iluminará y os llevará a metas elevadas, que
dan alegría y plenitud de sentido a la vida.
Que la Virgen
María, Madre de la Iglesia, os acompañe con su protección. Os aseguro mi
recuerdo en la oración y con gran afecto os bendigo.
Vaticano,
22 de febrero de 2010
BENEDICTUS
PP XVI
(Original
italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de
ECCLESIA.)
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