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Hace pocos días me comentaban unos hermanos sacerdotes que habían hecho una encuesta a más de doscientos adolescentes, preguntándoles si estaban dispuestos a realizar alguna actividad extraescolar, que les ayudase a crecer en su formación humana y cristiana. Salvo raras excepciones, la respuesta fue negativa. Todos estaban conformes con lo que hacían y no tenían otras inquietudes. Ante esta constatación, tendríamos que preguntarnos: ¿Qué hay detrás de estas respuestas?. ¿Indolencia?. ¿Cansancio?. ¿Falta de ilusión?. ¿Desánimo?. Tal vez un poco de todo. Pero, aún tendríamos que hacernos una pregunta más: ¿Qué podemos hacer ante esta realidad?. 
Algunos dirán que no se puede hacer nada con estos jóvenes, que no tienen interés por lo que se les propone y que están de vuelta de todo. Otros afirmarán que es necesario esperar a que pase esta ola de indiferencia y pasotismo, y ya veremos si con el paso del tiempo es posible presentarles a Jesucristo como fundamento de la existencia, como camino de salvación y plenitud de sentido para todo ser humano. Estas reacciones pueden ser muy humanas, pero no son cristianas. El cristiano tiene que contemplar siempre la realidad, la vida y los comportamientos de las personas con la mirada de Dios, que es siempre una mirada de misericordia. Así nos lo recuerda el lema elegido este año para la celebración del día del Seminario: "El sacerdote, testigo de la misericordia de Dios". Cuando el evangelio presenta a Jesús ante las multitudes que le siguen, porque querían escuchar sus enseñanzas, nos dice que sentía lástima y compasión porque andaban desorientadas, como ovejas sin pastor. Esta actitud de Jesús nos invita a contemplar a cada ser humano con las entrañas de Dios, con los sentimientos del corazón de Cristo. De este modo siempre descubriremos en nuestros semejantes algo positivo, tendremos la capacidad de conmovernos interiormente por su situación y podremos acogerlos dentro de nosotros mismos con sus cualidades y con sus defectos. El cristiano debe ser muy consciente de que nunca es tarde para que Dios realice su obra y para que lleve a término su plan de salvación sobre cada ser humano, puesto que todos vivimos y nos movemos en el "hoy" de Dios. Desde la contemplación del rostro de Cristo y desde la comunión de vida y de amor con Él en la oración y en las celebraciones sacramentales, tanto los sacerdotes como los cristianos laicos, además de acoger cordialmente a nuestros semejantes y de expresarles nuestra preocupación por sus problemas y dificultades, siempre tendremos la oportunidad de ayudarles a mirar a Dios. El que ama de verdad a los demás llega a sentir, a sufrir y a compadecerse de ellos porque tiene la capacidad de pasar a cada uno por su corazón. En la Eucaristía, los cristianos celebramos sacramentalmente la presencia real de Jesucristo resucitado, nos alimentamos de su Cuerpo y de su Sangre y aprendemos a amar con los sentimientos de Cristo, con sus entrañas de misericordia. Así, permitiendo que el Señor transforme nuestro corazón en función del otro y de sus problemas, podremos evitar la tentación de considerarle como un número o como un simple objeto. Pidamos al Señor que nos ayude a mirar a nuestros semejantes, especialmente a los jóvenes, con sentimientos de amor, de ternura y desprendimiento. Actuemos en todo momento con la "entrañable misericordia de nuestro Dios" (Lc 1,1). De este modo, podremos acercarnos a ellos, no sólo como amigos, sino como amigos que se rigen por Alguien que les trasciende y que les empuja a entregar su vida por los demás. Este debe ser el primer paso para mostrar el rostro de Cristo a los demás y puede ser un medio valioso para que el Señor suscite nuevas vocaciones en su Iglesia. 14 de marzo de 2010 Atilano Rodríguez Obispo de C. Rodrigo
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