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Carta del cardenal Lluís Martínez Sistach, arzobispo de
Barcelona, para el domingo 28 de marzo de 2010, Domingo de Ramos e inicio de la
Semana Santa
El domingo de Ramos comienza la Semana
Santa. Los cristianos acompañamos a Jesús que subió a Jerusalén. El camino hacia Jerusalén condujo al Señor
a su pasión, a su muerte y a su resurrección. Es lo que conmemoramos durante
estos días santos. Estos acontecimientos históricos han incidido fuertemente en
la vida de la humanidad, especialmente de nuestro occidente. 
Jesús hizo este camino hacia Jerusalén acompañado de sus discípulos. Y mientras
venían desde muy lejos iba explicándoles en qué consistía ir a aquella ciudad
santa. "Comenzó a enseñarles cómo era preciso que el Hijo del hombre padeciese
mucho, y que fuese rechazado por los ancianos y los príncipes de los sacerdotes
y los escribas, y que fuese muerto y resucitara después de tres días.
Claramente les hablaba de esto."
Ante ese anuncio de Jesús hay la
reacción de Pedro, la cual venía a sintetizar la de los demás apóstoles: "Pedro, tomándole aparte, se puso
a reprenderle." Es el rechazo innato a la cruz, a la muerte, al fracaso
humano. Es entender la vida y obra del Mesías únicamente en clave de éxitos, de
resurrección. Sin embargo, Jesús reiteró su enseñanza anterior sobre lo que
sucedería en Jerusalén, riñó a Pedro y le dijo: "Vete, Satanás, pues tus
pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres." La más
peligrosa amenaza para la Iglesia y para los cristianos es el rechazo de la
cruz de Cristo.
A medida que se acercaban a Jerusalén,
el Señor reiteró la misma catequesis sobre su muerte y resurrección, y, ante las reacciones de
incomprensión por parte de sus discípulos, Jesús les dio esas enseñanzas
capitales para la vida cristiana que significan seguir al Señor en el camino
hacia Jerusalén. Les dijo: "Si alguno quiere ser el primero, que sea el
último de todos y el servidor de todos", y también: "Si alguno de
vosotros quiere ser grande, sea vuestro servidor; y el que de vosotros quiera
ser el primero, sea siervo de todos, pues tampoco el Hijo del hombre ha venido
a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos."
San Pablo entendió muy bien el
misterio de la cruz como fuente de sabiduría y de vida. Se dirige a los
cristianos de Corinto con estas palabras: "Los judíos piden señales, los
griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo
crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, más poder y
sabiduría de Dios para los llamados."
La cruz es el signo de la identidad
cristiana. Es abominada por muchos, pero continúa atrayendo millares y millares
de creyentes que se postran para adorar a quien, sin dejar de ser Dios, quiso
salvar a los hombres. La cruz se convirtió en el signo definitivo del amor fiel
de Dios hacia todos nosotros.
El camino
hacia Jerusalén condujo al Calvario. En la cruz del Calvario el dolor y la
muerte se abrazan con el amor y la vida. Quien no ha sufrido nunca en este
mundo, no sabe qué significa amar. Existe una simbiosis profunda e íntima entre
dolor y amor. La cruz de Cristo nos hace entender el verdadero sentido del
dolor y del sufrimiento que acompaña la vida de todos los hombres y mujeres.
Claudel ha dicho que "Dios no
vino a la tierra para suprimir el sufrimiento, sino para llenarlo con su
presencia; una presencia que, sorprendentemente, es amor infinito". Ante el misterio del mal y del sufrimiento, la
contemplación de Jesucristo clavado en la cruz proporciona luz para entender
con paz y profundidad ese penetrante misterio presente en toda persona humana.
Sin embargo, el camino hacia Jerusalén no terminó en el Calvario. Jesús murió en la
cruz, pero resucitó. Ésta es la victoria definitiva que vence al mal, al
sufrimiento y a la muerte.
†Lluís
Martínez Sistach
Cardenal arzobispo
de Barcelona
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