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Lo dije
en la Catedral
el pasado Viernes Santo, porque estoy firmemente convencido. “La victoria será
de Jesucristo. No será de esta sociedad, cuarteada en toda su estructura de
valores y herida en sus cimientos morales. Una sociedad que considera progreso
matar a sus hijos más débiles, corromper a los niños desde la escuela, incitar
a los adolescentes y a los jóvenes al placer sexual más desenfrenado, ejercer
la justicia según el color político de los jueces y de los reos, malgastar en
cosas suntuarias y superfluas los bienes que son necesarios para la
subsistencia de los más necesitados, en una palabra: una sociedad que se
tambalea en sus cimientos éticos no puede dar el relevo a Jesucristo”. 
Dios ha
creado al hombre a su imagen y semejanza. De ahí que tenga inteligencia para
buscar y encontrar la verdad, voluntad para amar y libertad para ser
responsable de sus actos. Ahí radica su grandeza y su dignidad. Ahí está
también el fundamento de la igualdad radical entre todos los hombres y mujeres.
Bien se ciña con diadema real o se vista con harapos de pordiosero, posea un
capital multimillonario o no tenga dónde caerse muerto, sea elevado al más alto
pedestal u ocupe el más bajo de todos los niveles, ante Dios todo hombre será
siempre una imagen suya, un icono suyo, el ser más grande de cuantos viven en
la tierra. Por eso, levantará siempre su dedo acusador frente a quienes,
sirviéndose de su poder político, económico o mediático traten de despojar al
hombre –a cualquier hombre- de su dignidad y grandeza.
Jesucristo
todavía ha ido más lejos. Haciéndose él mismo hombre, engendrándole a una vida
nueva por su muerte redentora y el bautismo, ha divinizado al hombre hasta un
grado tal, que, sin dejar de ser hombre, le ha divinizado. Gracias a ello, ha
aparecido una nueva raza de hombre sobre la tierra: la raza de los hijos de
Dios, a la que todos los hombres están llamados a pertenecer. San Pablo, con el
vigor de su poderosa inteligencia y la convicción de su encuentro personal con
el Cristo vivo del camino de Damasco, lo formuló con enorme fuerza: “Ya no hay
judío ni gentil, esclavo o libre, hombre o mujer”, porque todos los bautizados
han sido injertados en Cristo Jesús.
Jesús
no se hizo hombre y murió por los pobres o por los ricos, por las clases altas
o por las proletarias, por los que llamamos buenos y por los que llamamos
malos, sino por los unos y los otros, por todos. Y mientras vivía defendió a
las viudas, curó a los enfermos, resucitó a los muertos, fustigó a los
poderosos que estaban corrompidos, multiplicó los panes para saciar a los
hambrientos, amó y mandó amar a los enemigos, no condenó a la mujer sorprendida
en adulterio, fustigó con inusitada fuerza las apariencias farisaicas que
escondían montones de podredumbre en sus corazones, alabó la minúscula limosna
de una viuda más que los grandes donativos de los ricos, abrazó y bendijo a los
niños y tuvo en tan alta estima a la mujer, que los primeros testigos de su
resurrección fueron unas mujeres
Jesús
levanta hoy su voz acusadora contra todos los explotadores de la mujer, de los
asalariados, de los que asesinan a los inocentes no nacidos y a los ancianos
sin familia. ¿Jubilar a este Jesús de la historia, de la cultura, de la economía,
de la organización social, en una palabra, del mundo de los hombres? Alguien
tan poco sospechoso de creencias católicas, como el filósofo alemán Habermans, ha dicho que la cultura actual ha
“descarrilado”. Algo así como cuando chocan dos trenes de alta velocidad y sus
aparatos sofisticados quedan inservibles, pero reclamando reparación para
volver a circular y ser útiles.
Jesucristo
propone un modelo de hombre capaz de volver a pensar en serio, capaz de amar
sin límites a todos y capaz de compadecerse de los más necesitados. ¿Cómo puede
tener la pretensión de eliminarlo el pensamiento débil de nuestra época, la
actual sociedad egoísta, injusta y moralmente decadente?
(11
de abril de 2010)
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