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A modo de homilía para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María a la luz
de la encíclica “Spe salvi”
La solemnidad litúrgica de la Inmaculada Concepción
de María es también la fiesta de la esperanza. En el privilegio y misterio
inmaculista, María, orgullo de nuestra raza, se nos muestra no sólo su esplendor y el don de Dios a Ella, sino el anuncio y la prenda de que
también todos nosotros, hijos de Dios e hijos de María, estamos también
llamados a la santidad, siempre reflejo del esplendor de Dios. Y esta es la
gran esperanza que nos salva: Dios está de nuestra parte, como lo estuvo de
parte de María.
“Ave, stela maris”
El último capítulo de la encíclica de Benedicto XVI
“Spe salvi” está dedicada la María Santísima, la estrella de la esperanza, al
hilo de una hermosa expresión acuñada por la Iglesia hace ya más de millar de
años: “Ave, stela maris”.
“La vida humana –indica el Papa- es un camino.
¿Hacia qué meta?¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es un como viaje por el mar
de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en que el escudriñamos
los astros que nos señalan el camino. Ellos son luces de esperanza. Jesucristo
es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las
tinieblas de la historia. Pero para llegar a Él necesitamos también luces
cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así
orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para
nosotros estrella de esperanza, Ella que son su <sí> abrió la puerta de
nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la
Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su
tienda entre nosotros” y se hizo, fue, es y será por los siglos la Esperanza
que salva y no defrauda para toda la humanidad.
Una vida redimida en la gracia y en la esperanza
Repasar la vida de María, hacer memoria agradecida e
interpelada de su existencia humana es un canto a la esperanza, es una demostración
de la verdad de la esperanza cristiana. Ella es la estrella de la esperanza, la
Madre de la Esperanza porque fue humilde esclava del Señor, porque vivió en el
contacto íntimo y permanente con la Palabra de Dios, porque se fió de Dios,
porque dijo <sí> en la Anunciación y en sus entrañas purísimas se encarnó
el Dios de la Vida y de la Esperanza.
María es la estrella de la esperanza en la Natividad
del Hijo de Dios e Hijo suyo, en la presentación en el Templo cuando el anciano
Simeón le dijo que una espada de dolor que atravesaría el alma. María es la
estrella de la esperanza porque cuando comenzó la vida pública de Jesús ella supo quedarse a un lado, en penumbra, en
silencio, en espera de que se cumplieran las Escrituras y la promesa de Dios.
María es la estrella de la esperanza porque supo indicar en Caná de Galilea que
es preciso hacer lo que El nos diga. María es la estrella de la esperanza, es
la Madre de la Esperanza, porque el Viernes Santo en el Calvario esperó contra
toda esperanza ante el cuerpo destrozado, muerto e inerte de su Hijo y creyó y
esperó la alegría inenarrable del Domingo de Resurrección y su eco y definitivo
impulso misionero en Pentecostés cuando el Espíritu Santo renovó
definitivamente, en realidad y en
prenda, la faz de la tierra.
Plegaria a la Virgen de la Esperanza
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra,
enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia el Reino.
Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino.
Virgen Inmaculada, muéstranos la belleza de la
gracia, el esplendor de la santidad. Ayúdanos a combatir el pecado y a buscar
el perdón. Tu Hijo es la Gracia, el Esplendor de la santidad, Quien quita el
pecado del mundo y Quien, con su sangre
derramada en la cruz, nos abraza en el perdón, en la reconciliación y en la
paz.
Santa María de la Esperanza, mantén el ritmo de
nuestra espera y de nuestra esperanza, que solo se muestran, se demuestran y se
avalan en el amor, en las obras de caridad y en la coherencia cristiana de vida.
Amén.
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