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En estas
fechas de mayo se celebran las primeras comuniones en casi todas las parroquias.
Son miles y miles de niños y niñas, que se acercan por vez primera a recibir a
Jesús sacramentado en la
Eucaristía. Es toda una fiesta de familia, es también una
ocasión de encuentro, es un motivo de alegría que deja huellas imborrables en
cada uno de estos niños y niñas para toda su vida. 
Recuerdo
una vez que me llamaron para atender a una persona en los últimos días de su
vida, aquejado por grave enfermedad. Era todo un personaje. Después de
muchísimos años vividos en el alejamiento de Dios, sin ninguna práctica
sacramental y haciendo pública profesión de agnosticismo, viendo que se
acercaba su final, había pedido un sacerdote. Y la familia me llamó a mí. Acudí
sin demora y nada más comparecer en su
salita de estar me espetó: -Padre, quiero confesar. La vida se me acaba.
Yo le
escuché atentamente, hizo una buena y detallada confesión, rezamos a la Virgen
–para lo cual se puso de rodillas- y recibió con todo fervor la comunión
eucarística. Yo estaba asombrado de la acción de la gracia en el alma de este
hombre plenamente lúcido, que por los sacramentos de la Iglesia quedó en paz
con Dios y con los hombres, y se preparó estupendamente para la muerte, que
llegó a los pocos días. Al terminar mi visita, le comenté mi asombro por su
buena actitud ante los sacramentos, y él me respondió: -Todo lo recibí cuando
me preparaba a la primera comunión.
Aquel
hecho me ha servido de reflexión posteriormente en muchas ocasiones. Cuántas
veces nos parece que la tarea de catequesis en nuestras parroquias sirve para
muy poco, a la vista de los resultados que constatamos en muchos adolescentes y
jóvenes. Cuántas veces cunde el desánimo en los padres católicos y en los
catequistas, al ver que lo que han sembrado en el alma de ese niño, apenas
produce fruto o incluso queda como borrado del todo. Y no es así.
La
experiencia de la primera comunión, que va precedida de la confesión de los
propios pecados (aunque sean pecados de niño), si está bien preparada,
producirá frutos inesperados en la vida de cada una de estas personas. La
infancia es tiempo para sembrar. A veces se percibe el fruto de manera
temprana. Otras veces no se percibe nada. Otras incluso, como que ha sido
contraproducente todo lo que se ha sembrado. Pero la anécdota que he referido
me lleva a concluir que el fruto de nuestra acción pastoral, de la buena
educación de unos padres buenos, nunca quedará baldío.
Hemos de
continuar en esa tarea preciosa de presentar el misterio cristiano de manera
accesible a los niños de primera comunión. La primera comunión tiene que ser el
primer encuentro fuerte con Jesús, que nos ama hasta dar la vida por nosotros.
Quizá hemos de dejar otros aspectos secundarios, que incluso estorban para esa
experiencia. Creo que tenemos que limitar las parafernalias que se montan en
torno a estos acontecimientos. Y en la catequesis hemos de ir a lo esencial, al
encuentro con Jesús, a facilitar la oración, la comunicación tú a tú del niño con
Jesús, a que aprenda a llamar madre a la Virgen santísima. Ese encuentro
permanecerá ahí para toda la
vida. Habrá ocasión de ampliarlo y profundizarlo más tarde.
Pero la primera comunión es una ocasión muy propicia para la iniciación
cristiana de los niños que se acercan. Y no olvidemos que también los padres y
todos los miembros de la familia quedarán tocados si este momento es celebrado
como Dios manda.
Es tiempo
de primeras comuniones. Es tiempo de siembra de las mejores experiencias que
marcarán toda una vida.
Con mi
afecto y bendición:
+ Demetrio
Fernández, obispo de Córdoba
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