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“Las razones de mi
sacerdocio son las razones de mi fe y de mi vida”, del libro “Vocaciones
sacerdotales. Dijimos que sí”, coordinado por María José Monfort y editado por
Ediciones Internacionales Universitarias 
(En la tarde del jueves 8 de junio, en la parroquia de la Concepción
de la calle Goya de Madrid fue presentado el libro “Vocaciones sacerdotales.
Dijimos que sí””. En él aparecen treinta y dos testimonios vocacionales de
otros tantos sacerdotes, más otras tres introducciones. La laica madrileña María José Monfort ha sido la
coordinadora del libro. Uno de los textos de la obra es el de nuestro director,
Jesús de las Heras. Ahora, en la víspera del Año Sacerdotal, lo publicamos tal
y como quedó redactado para el libro editado por Ediciones Internacionales
Universitarias)
Como sabes, María
José, soy Jesús de las Heras Muela,
sacerdote diocesano de Sigüenza-Guadalajara desde hace ya más de veintisiete
años y director desde diciembre de 2004 de la revista semanal ECCLESIA y de su página web en internet,
ECCCLESIA DIGITAL. Nací en Sigüenza
el 17 de diciembre de 1958. Como eran vísperas de Navidad y era ya el cuarto de
cinco hermanos -todos ellos varones y a
quienes se les había “adjudicado” ya los principales nombres familiares-, me
pusieron de nombre Jesús… Quizás por eso, quizás porque tenía que ser así…
Me pides, amiga María
José, un testimonio de mi vocación sacerdotal, que, en definitiva, es hablar y
dar razones de mi fe cristiana y de mi vida... Y ya sabes: a veces, lo
sencillo, lo que se vive como algo natural, innato y consubstancial a uno
mismo, puede resultar difícil o, al menos, complejo de expresar, de sintetizar,
de manifestar de manera ordenada y coherente. En cualquier caso, lo intentaré
diciéndote que la gran razón de mi sacerdocio –que es el motor de mi vida-, al
igual que de mi fe cristiana, es la
gracia de Dios.
La familia, la educación,
los santos
Esta de gracia de Dios
ha actuado y actúa en mi vida a través de distintas mediaciones y realidades.
De ahí, que la primera razón de mi fe y
de mi vocación se halle en mi familia: en mis padres Emilio y Milagros, padres,
a su vez, de otros cuatro hijos, todos varones, mis queridos hermanos; en mis abuelos; en mis tíos.
Tuve además un tío
abuelo sacerdote, que fue martirizado en la pasada guerra civil; tres
trías-abuelas, religiosas de vida activa y otra laica consagrada; y dos primas
segundas, que todavía viven, son también religiosas: una clarisa, que es mi
ángel de la guarda, y otra adoratriz.
Asimismo, también en mi
familia recibí innumerables ejemplos de apostolado laical como los de mi tía
Rafa, maestra católica y miembro destacado de Acción Católica, o los de mi
abuelo Victoriano, gran devoto de la Eucaristía –fue presidente local durante
muchos años de la Adoración Nocturna- y de la Virgen María, de cuya cofradía
seguntina de la Virgen de la Mayor fue secretario durante años. Desde el cielo
velan los dos por mí.
Aunque no ingresé al
Seminario hasta los 17 años, desde mi más tierna infancia, desde que conservo
recuerdo alguno, siempre quise ser cura. Mi vocación corrió al compás de mi fe
y mi fe al compás de mi vocación. Y en ambos casos, por pura gracia de Dios,
sin dificultades, sin problemas, sin traumas, sin dudas y sin complejos.
Recuerdo que de joven y también ahora muchas veces he dicho y me he dicho a mi
mismo: "a mi no me cueste creer". Como tampoco me cuesta vivir en la
comunión eclesial. Y de ahí, que me alegre cuando la Iglesia se alegra, y me
entristezcan la desafección eclesial, la sequía vocacional, los ataques a la
Iglesia y los símbolos y signos del cristianismo, la atonía y la secularización
que se instala con tanta facilidad y la llamada “apostasía silenciosa”.
Hasta mi ingreso en el
Seminario, estudié en Colegios de la Iglesia, que, sin duda, y a pesar de
turbulencias puberiles, más o menos al uso, ahondaron y afianzaron las raíces y
el vigor de mi fe y donde encontré –quizás hasta sin saberlo y sin darme
cuenta- ejemplos y sintonías sacerdotales que, como el grano de trigo en la
tierra, va dando fruto sin que sepamos cómo ni cuándo ni cuánto.
Mi vida cristiana se ha
cimentado también y en muy buena medida en las vidas y en los testimonios de
los santos. Sobre todo en María Santísima, tan querida y venerada en Sigüenza
bajo el titulo de la Mayor y cuyo servicio como abad de su Cofradía prestó
desde marzo de 2008 como uno de los mayores regalos de mi vida sacerdotal.
Además, ¿sabes?, ¡cuánto
bien me han hecho y me siguen haciendo santos como Francisco de Asís, Teresa de
Jesús, el Santo Cura de Ars, Teresita
de Lisieux, Pío de Pietrelcina, Juan XXIII...! O ese santo todavía vivo
no oficialmente en los altares pero sí en los corazones como es el Papa Juan Pablo II, de cuyas manos recibí el
sacerdocio en Valencia el 8 de noviembre de 1982, en el transcurso de su
primera visita apostólica a España.
Sacerdote y periodista
Te decía antes, María
José, os decía antes, amigos lectores, que desde niño, muy niño, quería ser
sacerdote. Pues desde niño, muy niño, también quería ser periodista. Y, tanto
una cosa como la otra, las “conseguí” o, dicho de otra manera más precisa, soy
tanto cura como periodista. Y en este sentido, el periodismo ha sido y es para
mi escuela y hontanar también de fe y, sobre todo, de ejercicio vocacional en
el seno de la Iglesia y como la Iglesia me ha pedido y me pide.
Mi fe y mi sacerdocio has sido y son también los de
las gentes sencillas a la que he servido como cura rural, en mis primeros años,
en el Alto Tajo molinés y en la Alta Alcarria cifontina, y a quienes también sirvo ahora en la
serranía de Atienza.
Mi fe y mi sacerdocio
quieren ser las de los pobres, los enfermos, los ancianos y los necesitados.
Quieren ser ofrenda, cercanía y servicio para quienes no tiene fe; luz, amistad
y compañía para los candidatos al
sacerdocio, de los que soy asimismo profesor de Historia de la Iglesia desde
1993, y para las religiosas, singularmente de las comunidades que he servido y
sirvo como capellán, amigo, benefactor o predicador.
Gracia,
pura gracia
Y todo ello, María José
y amigos lectores, es don gratuito de Dios y los dones son para donarlos.
Escribía Tagore: "La vida es un don, que sólo merecemos dándola". Parafraseándole,
diría yo: "Mi fe y mi sacerdocio son un don, que sólo merezco dándola,
ahora en mi servicio a los MCS y, sobre todo, en mi humilde y apasionado
quehacer al frente de la venerable Revista ECCLESIA y de su joven y pujante
página web en internet.
Mi fe y mi sacerdocio,
sí, son un don, puro, inmenso y hermosísimo don, que sólo merezco y que sólo
mereceré dándolos. Ojalá que así sea y que, como el siervo del Evangelio, sepa
siempre que solo hago, solo he hecho y solo haré lo que tengo que hacer.
¡Claro
que merece la pena ser sacerdote!:
Ya
no sabría que ser otra cosa
Y, por ello, por todo
ello, solo me cabe decir: ¡claro que merece la pena ser sacerdote! ¡Siempre,
siempre, siempre! Y es que muchas veces pienso que ya no sabría que ser otra
cosa sino sacerdote. Más sacerdote todavía que periodista.
Porque, sabes, María José, aun siendo como soy
periodista las 24 horas del día los siete de la semana los 365 días del año –y
hasta los 366 días si el año es bisiesto….¡!-, no quiero ni puedo ser, a la vez
y por encima de todo, otra cosa que sacerdote. Estoy seguro –creo que desde antes de ordenarme sacerdote nunca lo he
dudado- que para esto, que para ser cura, vine al mundo.
Y, sí, ello me produce
una inmensa alegría y confianza. Y también un estremecimiento y un temblor
grandes. De modo que a El –a nuestro querido Dios de Jesucristo, el Sumo y
Eterno Sacerdote- me confío por la intercesión de la Santa María la Virgen de
la Mayor de Sigüenza. Amén. Amén, sí, desde el corazón.
Jesús de las Heras Muela
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