|
Al
hilo de las intervenciones del Papa en la clausura del Año Sacerdotal
La
audacia de Dios. La audacia escandalosa de la encarnación que se prolonga por
los siglos. Escándalo para los judíos, necedad para los gentiles. Y así seguirá
por los siglos de los siglos, hasta el gran día. "Dios se vale de un
hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los
hombres y actuar en su favor". Lo ha dicho Benedicto XVI ante más
de quince mil sacerdotes llegados de los cinco continentes para celebrar en
torno a Pedro la clausura del Año Sacerdotal. "Esa audacia de Dios
que se abandona en las manos de seres humanos" es la mayor grandeza que
porta consigo la Iglesia, y al tiempo el mayor escándalo que suscita su
presencia en el mundo. 
Con
qué profundidad, con qué transparencia lo ve y lo dice este Papa, colocado por
la Providencia en el epicentro de esta crisis mundial (crisis económica y social,
pero sobre todo crisis de civilización) para explicar de nuevo un cristianismo
que, como anunció Charles Peguy hace cien años, ya no es conocido ni
amado en amplias franjas de la humanidad. Si este Año Sacerdotal hubiera sido
una glorificación de nuestros logros personales, habría sido destruido por las
traiciones horrendas de algunos hijos de la Iglesia. Pero no, se trataba de lo
contrario, de reconocer y festejar la audacia de Dios que a través de la
debilidad de los hombres hace brillar su amor en el mundo. Por eso el Papa no
tiembla al pedir perdón a Dios y a las víctimas de los abusos cometidos por
algunos sacerdotes contra los más pequeños. Abusos que han hecho llorar de pena
y de rabia al Sucesor de Pedro, y que le han motivado para una extraordinaria
labor de testimonio, enseñanza y gobierno en este último año. Un año que ha
sido un aldabonazo en la conciencia de los sencillos, de los que también en
esta hora están dispuestos a escuchar y seguir.
El
Papa que ha denunciado el clericalismo y la burocracia habla como el buen
pastor que conoce las angustias y los lamentos de su pueblo. No habla de
estructuras y organizaciones, sino del corazón que busca y sangra, de la
confusión de nuestros contemporáneos. ¡Cuánta oscuridad acerca de las preguntas
fundamentales de la vida! Sobre los motivos para amar y para sufrir, sobre el
origen y el destino de nuestro deseo de infinito, sobre si la propia vida es un
camino que tiene una meta o sólo una pasión inútil y violenta. Y Benedicto, el
Papa teólogo, habla como Jesús, que se asoma a Jerusalén y siente compasión por
todos los que vagan por los caminos del mundo como ovejas sin pastor, y su
homilía se vuelve plegaria, plegaria de los sencillos: "Señor, ten piedad
también de nosotros, muéstranos el camino". Porque vivir con Cristo,
seguirlo, significa encontrar el sendero justo, de modo que al final podamos
decir: "sí, vivir ha sido algo bueno".
Estamos
en un pequeño punto de la historia, en una concreción hecha de factores
contingentes, pero es aquí, en este centímetro cuadrado de la historia, donde
Dios quiere que hagamos experimentar a los hombres su amor. De nuevo la audacia
que nos descompone. La audacia incomprensible para los sabios de todo tiempo y
lugar. ¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno? Ya conocemos a esta Iglesia
que se bambolea con el peso y las adherencias de los siglos, ¿qué podemos
esperar de ella? Cada nueva generación la Iglesia debe afrontar este desafío,
no con la prepotencia ni con el esplendor de sus logros, sino con la sencillez que
se abre a la fuente misteriosa del Espíritu que la regenera. Por eso el Papa ha
cabalgado la bestia de esta crisis con las armas de la penitencia, de la
purificación y la conversión. Para una multinacional en problemas éstas serían
palabras incomprensibles, que mueven a la risa, pero para la Iglesia
constituyen todo su tesoro.
Hay
un momento de la homilía en que el Papa subraya que la misión de hacer presente
el amor de Dios a los hombres es dramática, y reclama del pastor empuñar la
vara contra las bestias salvajes y los salteadores que buscan su botín.
Entonces su discurso se torna duro, y vemos que la mansedumbre de Benedicto no
está reñida con la férrea decisión de defender a su pueblo, de defender, en
suma, el corazón del hombre hecho a imagen y semejanza de Dios: "el uso de
la vara puede ser un servicio de amor... para proteger la fe de los farsantes,
para evitar la tergiversación y la destrucción de la fe, para que no nos
arranquen la perla preciosa".
Pero
un momento después el Papa vuelve la mirada a una de las imágenes más queridas
en su teología, la del costado traspasado de Jesús, la de su corazón abierto
"del que brota la fuente viva que mana a través de los siglos y edifica la
Iglesia". Ahí está el secreto de su invencible esperanza, ahí está su
brújula para gobernar la Iglesia en la calma y en la tormenta. Y enseguida
vuelve a pensar en este mundo que se aleja de Dios y en consecuencia se
extravía de tantas formas. "Deberíamos dar el agua de la vida a un mundo
sediento... Señor, bendícenos y bendice a todos los hombres de este tiempo que
están sedientos y buscando".
|