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Artículo de Roberto Esteban Duque, sacerdote conquense y doctor en Teología Moral En su editorial del lunes 5 de julio, Dios y el césar, el diario El País vuelve a la carga, a tiempo y a destiempo, sobre el presunto “encubrimiento sistemático de los delitos por parte de la jerarquía eclesiástica”, una supuesta “conjura de silencio” que evidenciaría la “resistencia de la jerarquía a aceptar la ley civil”.
Quiere protegernos a todos el Estado de derecho, con el fin de ponernos a salvo de la Iglesia católica, seguros al fin de trascender una secular y maldita hierocracia, cuya extinción nos haría felices, si bien este deseo natural sólo puede ser, como bien sentenció K. R. Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, el más peligroso de todos los ideales políticos. Ahora bien, para que nos sintamos libres y felices, utiliza la coacción y el miedo, la creencia de que mediante la legislación se puede hacer lo que se quiera, sin importar la modalidad de la actuación, como hiciera la policía belga recientemente, incautándose de ordenadores, profanando tumbas, reteniendo a prelados, considerando subversiva cualquier moralidad que no sea la estatal, la establecida por la ley, despreciando cualquier “Estado dentro del Estado”, es decir, regresando al Estado Moral de Rousseau, el Estado Totalitario. Rousseau entrevé que la auténtica separación de poderes no es la de Montesquieu, una distinción dentro del propio Estado, sino la de la auctoritas eclesiástica y la potestas política. Para Rousseau, la unidad comunitaria del Estado Moral exige la unidad del poder y la autoridad. Pero esto, como se lamenta el autor del Contrato Social, es imposible en el caso de la fe cristiana, que permanece independiente del soberano y sin conexión necesaria con el cuerpo del Estado: “… vino Jesucristo a establecer sobre la tierra un reino espiritual, que, separando lo teológico de lo político, hizo que el Estado dejara de ser uno, causando las divisiones internas que no han cesado jamás de agitar a los pueblos cristianos… Mas, como siempre ha habido un gobierno y unas leyes civiles, de ese doble poder ha resultado un conflicto perpetuo de jurisdicción que ha hecho imposible toda buena política en los Estados cristianos, sin que se haya podido saber jamás a quién hay que obedecer, si al jefe o al sacerdote”. Como Rousseau, el diario El País no contempla otros valores morales que los que emerjan de la Ley. Ha bastado que saliesen a la luz pública los abusos sexuales cometidos en Irlanda por miembros de la Iglesia católica - abusos siempre dolorosos y tan graves que hizo pronunciar palabras terribles a Cristo: «El que escandalizare a uno de estos pequeños que creen en Mí, más le valdría que le atasen una piedra de molino al cuello y lo echasen al fondo del abismo” (Mt 18, 6) -, para que apareciese como la Gran Ramera ante el progresismo mediático – que es inmensamente mayoritario en la sociedad española –, atacando a Benedicto XVI y el celibato sacerdotal, basándose en un uso torticero de la propia imaginación. En una Carta de apoyo al Papa, Mons. Ramón del Hoyo expresó su “dolor y repulsa por la campaña difamatoria e injusta desencadenada” contra Benedicto XVI. Los medios hostiles, expertos en el arte de la puñalada y el descrédito de Roma, de la degradación y la ruina de la Iglesia, se obstinan en una infundada persecución, supuesto que el Vaticano ha pedido, de modo reiterado, que los casos de sacerdotes pederastas sean denunciados “siempre” a la autoridad civil. El Papa escribió – dicen que desde la más estricta soledad –, con humildad y coraje, con indignación y tristeza, una “Carta pastoral a los católicos de Irlanda”, firmada en la solemnidad de san José del año 2010, interpelando al discernimiento y la conversión a la Iglesia de Irlanda con motivo de los abusos de niños y jóvenes indefensos por parte de miembros de la Iglesia. Según el Papa, la Iglesia debe “reconocer” ante Dios y los demás la gravedad del pecado para “recuperarse de esta dolorosa herida”. No hay otro camino: sólo desde la conversión se llega a ser cristianos. El cristianismo, recuerda Spaemann, siempre enseñó que generalmente la forma en la que el hombre se comporta tiende más bien a ser errónea. Después de recordar la excelencia del trabajo realizado a lo largo de la historia de la Iglesia en Irlanda y enumerar las causas de la crisis, Benedicto XVI dirá que Cristo mismo fue una víctima de la injusticia y el pecado, expresando, asimismo, su confianza “en el poder curativo de su amor sacrificial”. A las víctimas de abusos y a sus familias, les invitó a descubrir de nuevo el amor infinito de Cristo por cada uno de ellos. A los sacerdotes y religiosos que han abusado de niños, además de recordarles la traición y la necesidad de responder ante Dios y los tribunales, que no desesperen de la misericordia de Dios; y al resto de sacerdotes y religiosos de Irlanda, que continúen con valentía el camino de la purificación y la reconciliación. A los padres, les manifestó la dificultad de construir un hogar y educar a los hijos. A los niños y jóvenes de Irlanda, que es en la Iglesia donde encontrarán a Cristo, porque es ella quien nos lo da. A los abusos sexuales ocurridos en la Iglesia católica de Irlanda en el siglo XX, abusos que constituyen, como afirmara Juan Manuel de Prada, una desviación de la sexualidad, debemos buscar un contexto de debilitamiento de la fe, acompañado de una absoluta pérdida de respeto por la Iglesia y sus enseñanzas, así como una vastísima secularización en los comportamientos, que se acentuará en los años 60, el tiempo de una profunda revolución de las costumbres con efectos decisivos sobre la religión. Lejos de la desesperación, la invitación constante de Benedicto XVI consistirá en recordar la perenne vigencia de la conversión, así como la confianza en la misericordia de Cristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre (Hb 13,8). La Iglesia en la que debemos permanecer, en medio de tantas debilidades humanas existentes, es la Iglesia de Jesucristo, no la nuestra, no la de cada uno. Y el mejor modo de permanecer en Su Iglesia, es amarla. Si nuestra mirada a la Iglesia no es una mirada de amor sólo veremos negación, odio y desesperación, permaneceremos instalados en una insondable ceguera y en el peor de los autismos. Junto a la historia de los escándalos y de las traiciones, existe la historia silenciosa y llena de probidad de gentes con fe cuyas vidas están repletas de frutos. La Iglesia proyecta en la historia a Jesucristo, un “haz de luz tal que no puede ser apagado”. ¿No veis a vuestro alrededor testimonios de fe y de amor? Para conocer a la Iglesia es necesario amarla. Sólo es posible cambiar a alguien desde el amor; lo mismo tendrá que suceder con la Iglesia. Para Ratzinger, “permanecer en la Iglesia porque ella es en sí misma digna de permanecer en el mundo, digna de ser amada y transformada por el amor en lo que debe ser, es el camino que también hoy nos enseña la responsabilidad de la fe”. Cualquier otra actitud sólo revela odio inveterado hacia la Iglesia, siendo la pederastia un pretexto más donde, como afirmara Chesterton, todas las cosas de las que los enemigos encuentran culpable de algo a la Iglesia se encuentran multiplicadas de una forma degradada en ellos. Roberto Esteban Duque, sacerdote y doctor en Teología Moral
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