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Siguiendo una estrella, unos magos de Oriente, unos sabios de tierras lejanas, vienen a postrarse ante el Niño (Mt 2,1-12).
Ellos representan a todos los pueblos de la Tierra, “las gentes” de que habla el profeta Isaías (42,6; 49,6) y siglos después el anciano Simeón (Lc 2,32). El Niño es la luz que ilumina a todas las naciones, es “luz de las gentes”. La salvación es para todos, no sólo para Israel. Llega hasta los confines de la Tierra. La salvación se ofrece también hoy a quien busca con sincero corazón, sea de la cultura o religión que sea. El Señor los ama a todos, judíos, cristianos y musulmanes, budistas e hindúes etc. así como a los que se consideran agnósticos. Quiere iluminar y salvar a todos. Somos todos hijos del mismo Padre. Lo que hace falta, hoy como hace dos mil años, es seguir la estrella, ser fiel al propio corazón, en el marco de la propia tradición. Seguir la “luz y guía que en el corazón ardía”, como dice San Juan de la Cruz. Haciendo esto, es posible llegar a ver y a reconocer al Señor de la Tierra en un niño pequeño, indefenso. Para los magos entonces y para el ser humano de hoy que sigue la estrella de la luz del alma, el encuentro de esta manera se convierte en una gran fiesta, la fiesta de la manifestación de Dios, la Epifanía. Lo mismo que en el caso de aquellos hombres venidos del lejano Oriente, así hoy y siempre, la respuesta está imbuida de humildad y amor: postrándose ante el Niño aquellos sabios presentan sus dones, oro, incienso y mirra, que expresan el reconocimiento del verdadero Rey, de Dios, en un niño vulnerable que va a ser fiel hasta la muerte en cruz. Pero aun pasando por la muerte en cruz, seguirá siendo para siempre el Señor del Universo. Aquellos hombres lo ven al contemplarle, y así lo ve el ojo del alma de quien se arrodilla con ellos hoy ante el Niño. Ana María Schlüter Rodés
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