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Azpeitia, 31 de julio de 2010
Queridos sacerdotes
concelebrantes, queridos fieles de
Azpeitia y devotos de San Ignacio; estimadas autoridades:
Con respeto y al mismo tiempo, con
confianza; con profunda alegría y a la vez, con sentido de responsabilidad,
presido por primera vez esta Eucaristía para honrar a nuestro querido Patrono,
San Ignacio. Coincide además que este año se celebran los 700 años de la
fundación de la Villa,
además de los cuatrocientos años de la proclamación de San Ignacio como Patrono.
Fue un 31 de julio de 1610, tal día como hoy, hace cuatro siglos. Éste es para mí
un gran honor, que se ve acompañado de sentimientos de indignidad y debilidad:
somos “poca cosa”, pero confiamos en que es el Espíritu del Señor quien asiste
y dirige a su Iglesia. 
Mi primera reflexión quiere
centrarse en el hecho que aquí nos congrega: la memoria de un santo, Ignacio de
Loyola; fiel seguidor de Jesucristo. No hemos sido convocados por las vidas de
los poderosos o de los notables de su tiempo, que si bien su historia pudo
tener resonancia en un momento determinado, luego se ha perdido en el olvido.
Exactamente lo mismo ocurrirá con cada uno de nosotros: Al final de nuestra
vida, todo lo que no sea santidad y respuesta fiel a la llamada de Dios, habrá
sido inútil y baldío, y no dejará ninguna huella beneficiosa para la
posteridad.
Podemos señalar, por lo tanto, una
primera lección: lo verdaderamente importante es la santidad, la búsqueda de
Dios, el deseo de cumplir su voluntad… Hoy en día, bajo el influjo de una
mentalidad practicista, tendemos a pensar que la santidad no es rentable y que
no tiene futuro. Sin embargo, la realidad es bien distinta. Como nos dice el
Señor en el Evangelio de San Mateo: “Cielo
y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24, 35).
¡Cuántas cosas podemos aprender de
San Ignacio! Nuestra Madre la Iglesia nos sigue proponiendo su vida como modelo;
mientras que el influjo de su carisma se ha extendido más allá de la orden
religiosa por él fundada. En efecto, San Ignacio tiene muchos “hijos” dentro y
fuera de la Compañía de Jesús: el Señor lo ha elegido como un instrumento suyo,
para ayudarnos a descubrir y a discernir la voluntad de Dios en nuestra vida;
para que “acertemos” a dar con ese camino concreto que Dios tiene pensado para
cada uno de nosotros, y que será el que nos lleve a la santidad.
Como segunda
reflexión quisiera presentaros una singular oración que San Ignacio nos dejó en
herencia a sus hijos. Dice así: "Tomad,
Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi
voluntad; todo mi haber y mi poseer. Vos me lo disteis; a vos Señor, lo torno.
Todo es vuestro: disponed de ello a toda vuestra voluntad y dadme amor y
gracia, que esto me basta".
En efecto, queridos hermanos, la
clave del Evangelio, la clave del cristianismo, la clave de la espiritualidad
católica, es ésta: la entrega al Señor de nuestra voluntad. Así lo ha remarcado
San Ignacio en esta oración tan hermosa: “Tomad, Señor y recibid mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad”.
Iñigo de Loyola comenzó este
aprendizaje cuando vio truncado el sueño de su carrera militar, al caer herido
en la defensa del castillo de Pamplona… ¡Soñó con ganar batallas, y de repente
se vio humillado y cojo para el resto de su vida! ¡Soñó con la conquista de
damas hermosas, pero la
Virgen María sanó su impureza, en aquella visita que recibió
durante su convalecencia, y le preparó para acoger el don del celibato por el
Reino de los Cielos! ¡Soñó con los aplausos de este mundo y con los honores
caballerescos, pero el Señor le mostró otro camino: el de la pobreza y la
humillación; de forma que en Manresa decidió cambiar sus vestimentas de
caballero, por las ropas andrajosas de un mendigo!
Años más tarde, después de haberse
entregado a Dios, seguiría soñando… y llegó a soñar en consagrar su vida en
Tierra Santa, viviendo en los mismos lugares en los que Jesús había vivido,
apartado de los problemas de la
vieja Europa… Sin embargo, como dice Ignacio Tellechea en su
maravillosa biografía Solo y a pie: “¡Soñó
en Jerusalén, pero despertó en Roma!”. Fue la obediencia al Papa la que le
llevó a descubrir los caminos que Dios tenía reservados para él. El itinerario
de su seguimiento a Jesús pasaría por Roma, más allá de aquellos sueños de su
primera época, que –a pesar de las apariencias- no eran auténticamente
espirituales. No en vano, en sus Ejercicios
Espirituales, San Ignacio de Loyola llegaría a formular que el “sentir con
la Iglesia”, en plena comunión con el Papa, es un criterio indispensable y seguro
para el conocimiento de la voluntad divina.
En resumen, la vida de San Ignacio
y su espiritualidad, nos introducen en una verdadera escuela de discernimiento:
no es lo mismo desear que querer, no es lo mismo soñar que discernir, no es lo
mismo ilusionarse que perseverar, no es lo mismo hablar que hacer, no es lo
mismo querer que poner los medios; en definitiva, no podemos dar por buenas
nuestras sensibilidades e ideologías, sin cuestionarnos antes si se adecuan al
querer de Dios.
Finalmente, San Ignacio, como
todos los santos, llega a descubrir vitalmente que la santidad es un don de la
gracia de Dios, que requiere nuestra personal cooperación: el pleno
desasimiento de nuestra voluntad, para poder dar cumplimiento a SU voluntad. El
camino y el carisma de San Ignacio nos enseñan que solamente podemos ser
santos; solamente podemos ser felices, cuando estamos en disposición de afirmar
con sencillez y con plena confianza: “quiero únicamente lo que Dios quiera”.
Fue precisamente San Ignacio quien nos recordó que la renuncia a la propia
voluntad, por amor a Dios, tiene más valor espiritual que la resurrección de un
muerto.
El modelo de San Ignacio es
verdaderamente necesario para la vida de la Iglesia Católica de
nuestros días. Más aún, me atrevería a decir que es indispensable, para que no sucumbamos
a la tentación del relativismo reinante y de nuestra propia subjetividad. El
carisma ignaciano nos preserva de la tentación de crear un dios a nuestra
medida, así como una religión a la carta.
Muy queridos
hermanos, ciertamente, tenemos que estar muy orgullosos de nuestro santo
Patrono, San Ignacio. Nadie como él ha llevado el nombre de esta tierra a todos
los rincones del mundo. Los nombres de Loyola y de Azpeitia reciben de Ignacio
la mayor de las resonancias… Pero, al mismo tiempo, cada uno de nosotros hemos
de acogernos a su patrocinio, con una sincera necesidad de realizar un profundo
examen de conciencia en nuestra propia vida. A buen seguro que, también hoy,
San Ignacio podría decirnos que el examen de conciencia -y la conversión que
produce en nuestro interior- es el medio más eficaz para cuidar nuestra alma,
nuestra familia, y nuestro pueblo. La autocrítica, realizada en la esperanza
cristiana, es el punto de partida para la liberación de todo hombre.
Nos acogemos
a la protección de nuestra Madre Santa María, a quien San Ignacio conoció bajo
la advocación de Olatz. La santidad serena que vemos en el Ignacio de la
madurez, contrasta con la impulsividad del joven Íñigo, con el cual la Madre
del Cielo hubo de tener mucha paciencia (y seguramente también su madre de la
tierra, Doña María). ¡Que Santa María nos acompañe en el camino a cada uno de
nosotros, y a todo nuestro pueblo, para que lleguemos a esa meta que Dios nos
tiene reservada!
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