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Primera lectura: Sir 3, 2-6.12-14. (El que teme al Señor honra a sus padres). Salmo responsorial: 127. (¡Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos!). Segunda lectura: Col 3, 12-21. (La vida de familia vivida en el Señor). Evangelio: Mt 2, 13-15.19-23. (Coge al niño y a su madre y huye a Egipto).
«Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: - Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: “Llamé a mi hijo para que saliera de Egipto”». La humildad de Dios «Nuestro Dios apareció en el mundo y vivió entre los hombres» (Bar 3, 38). De nuevo se sirve la Iglesia del profeta Brauc (ya lo hizo en el segundo domingo de Adviento) para elaborar la antífona de comunión en la misa de la fiesta de la Sagrada Familia. La profecía de Brauc se cumplió en Cristo. Basta leer los Evangelios para ver cómo el Hijo de Dios se mezcló con los hombres, fue al encuentro de todos. Más aún, parece que Jesús se sentía fuertemente atraído por los últimos, que veían en él una puerta abierta a la esperanza. El Evangelio nos da cuenta del encuentro de Jesús con ciegos, paralíticos, leprosos, lunáticos, sordomudos, epilépticos… Pero Jesús es un personaje real y vivo del presente, de este tiempo y de todo tiempo, de este lugar y de todo lugar. Y también hoy sale al encuentro de los últimos en la mediación de las instituciones eclesiales y de los santos que practican singularmente la actividad caritativa. Sirvan de ejemplo estas palabras de San Juan de Dios (1495-1550): «Como esta casa es general, reciben en ella generalmente de todas enfermedades y suerte de gentes, así que aquí hay tullidos, mancos, leprosos, mudos, locos, paralíticos, tiñosos, y otros muy viejos y muy niños, y, sin estos otros muchos peregrinos y viandantes, que aquí se allegan, y les dan fuego y agua, sal y vasijas para guisar de comer. Para todo esto no hay renta, más Jesucristo lo provee todo» (Cartas y escritos, 48-50). Jesús, el Hijo de Dios, vivió entre los hombres, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre» (GS 22). Por ser verdaderamente hombre, su saber fue un saber progresivo, creciente guiado. Tengamos hoy un recuerdo especial para todos aquellos (maestros, profesores, catedráticos, formadores, catequistas…) que guían el desarrollo creciente y progresivo de niños y jóvenes. Cedamos la palabra a un gran instructor de niños, San José de Calasanz (1557-1648): «Nadie ignora la gran dignidad y mérito que tiene el ministerio de instruir a los niños, principalmente en la piedad y en la doctrina cristiana, redundada en bien de sus cuerpos y de sus almas, y, por esto, los que a ello se dedican ejercen una función muy parecida a la de sus ángeles custodios» (Ephemerides Calasantiae 36, 9-10). Alejo Navarro
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