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Carta semanal para el domingo 29 de agosto de 2010 del arzobispo de Tarragona, Jaume Pujol Balcells El segundo mandamiento de la ley de Dios nos manda no tomar el nombre de Dios en vano. Ese nombre santo de Dios se respeta invocándolo, bendiciéndolo, alabándolo y glorificándolo. Eso me ha evocado un recuerdo que tengo muy grabado en la memoria: un día de excursión por las montañas del Montnegre, cuando ya volvíamos hacia Sant Celoni, vimos una gran masía que —en tiempos antiguos— habría tenido bastante actividad. En una de sus paredes y en un lugar muy visible, unos grandes azulejos animaban a quien las leyera a hablar bien, no blasfemar y alabar a Dios con buenas palabras. Por contraste, en nuestras tierras vemos como está muy difundida la práctica de la blasfemia, tanto referida al nombre de Dios como a la sagrada Hostia, si bien es cierto que mucha gente lo hace sin pensar y sin una especial mala intención. 
Pienso que —una vez más— queda claro cómo las cosas que son malas son, al mismo tiempo, feas. Esa percepción tan corriente en la vida ordinaria tiene un fundamento filosófico, ya que entre las propiedades del ser está la bondad y la belleza, y entre ellas hay relación y una cierta reciprocidad: la mayoría de cosas que tienen como calificativo moral la maldad son también feas, no disfrutan de la belleza. Así, la blasfemia no es sólo un pecado grave por su naturaleza, ya que implica renegar de Dios, sino que desde un punto de vista humano supone también una gran falta de educación y hiere a las personas que escuchan esas palabras y que han de soportar como algo que se ama —Dios y su nombre y su honor— se vea denostado. Muchos tendréis la experiencia de haber viajado a otros países del mundo o de haber hablado con extranjeros que nos visitan y habréis comprobado como esa práctica de la blasfemia, por suerte, no es algo frecuente en otros lugares del mundo. Lo que quiere decir, por desgracia, que sí lo es en nuestro país. Procuremos honrar a Dios con nuestra palabra y, si oímos alguna blasfemia, pidamos a la persona que así se expresa que, por favor, lo evite: todos saldremos ganando, ya que en la gran mayoría de ocasiones se repiten sin el deseo expreso de ofender a Dios. Y, al menos, aprovechemos esas tristes ocasiones para hacer un acto de amor a Dios, pronunciando en nuestro interior una jaculatoria. Es lo que haríamos si una persona amada —nuestra madre, por ejemplo— fuera ofendida injustamente. También contempla ese mandamiento, aunque es algo más infrecuente, el jurar en falso y el perjurio. En el primer caso se invoca a Dios, que es la suma verdad, como testigo de una mentira; en el segundo, se hace una promesa bajo juramento, con intención de no cumplirla. Todos son pecados graves contra Dios, que siempre es fiel a sus promesas. Seamos también nosotros fieles a nuestros compromisos y alabemos siempre a Dios con lo que nuestros mayores llamaban "el bien hablar", un lenguaje digno. † Jaume Pujol Balcells Arzobispo metropolitano de Tarragona y Primado
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