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Carta Pastoral del
Arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo Pelegrina.
Queridos
hermanos y hermanas:
Inicio mi carta
pastoral de comienzo de curso saludando cordial y fraternalmente a los
sacerdotes, consagrados, seminaristas y laicos de la Archidiócesis. A
todos os deseo que hayáis podido descansar unos días para tomar fuerzas para el
nuevo camino que se abre ante nuestros pies y reemprender así con ilusión
renovada nuestras tareas apostólicas y evangelizadoras. Comenzamos un nuevo año
pastoral que el Señor nos ofrece como don para continuar escribiendo con
nosotros una historia de amor y de salvación. Nos ponemos en camino con gozo y
esperanza, con nuestra confianza puesta en el Señor, que es quien, por medio de
su Espíritu, “obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito” (Flp
2,13). 
Comenzaremos este
nuevo año de gracia con la solemne Beatificación de la Sierva de Dios, Madre María
de la Purísima,
que tendrá lugar el próximo 18 de septiembre, y que va constituir para todos un
elocuente recordatorio de que nuestro principalísimo quehacer en el nuevo curso
es aspirar con todas nuestras fuerzas a la santidad. Después, también en el mes
de septiembre, tendrán lugar las elecciones al Consejo del Presbiterio, órgano
que ayuda al Arzobispo en el gobierno pastoral de nuestra Iglesia diocesana, y
que se constituirá en los primeros días de octubre. En este curso iremos dando
los pasos oportunos para la apertura del Seminario Menor en septiembre de 2011,
en el que tantas esperazas tengo depositadas y para el que solicito
humildemente la colaboración de todos, muy especialmente de los sacerdotes,
padres, educadores, profesores de Religión y catequistas. Todos habremos de
emplearnos a fondo también en la preparación de la participación de nuestros
jóvenes en la Jornada
Mundial de la
Juventud, que tendrá lugar en Madrid en el mes de agosto, de
la que tantos bienes sobrenaturales y apostólicos cabe esperar.
Pero, sobre todo, en
la pastoral ordinaria, deberemos seguir esforzándonos en la aplicación del Plan
Pastoral Diocesano, sobre el que ya hemos venido trabajando en el curso pasado,
todo él centrado en “la
Parroquia, casa de la familia cristiana”, la concreción más
pequeña de la Iglesia,
es decir la Iglesia
de Dios junto a las casas de sus hijos para brindarles los dones de la
salvación. En los últimos meses las Delegaciones Diocesanas y algunos
arciprestazgos han ido proponiendo lo que podrían ser las prioridades
pastorales para el nuevo curso. Son tres y las hago mías con entusiasmo.
1. La primera
prioridad tiene como título “La parroquia, casa de los jóvenes”, y su meta
es la potenciación de la pastoral juvenil en cada una de nuestras
parroquias, coincidiendo con la Jornada Mundial de la Juventud ya mencionada.
El objetivo último debería ser que en todas y cada una de las parroquias de
nuestra Archidiócesis, eficazmente coordinadas por la Delegación Diocesana,
se articule una pastoral juvenil seria, consistente, que busque la formación de
nuestros jóvenes y su encuentro con Jesucristo y con la Iglesia. Sobre todo
ello escribiré con algún detenimiento en la hoja diocesana en una próxima carta
semanal.
2. La segunda
prioridad lleva como titulo “La parroquia, ámbito privilegiado para la
formación de adultos”. Todos hemos de ser conscientes de que hoy más que nunca
necesitamos laicos bien formados, que puedan dar razón de su fe y de su
esperanza. En ese sentido, hay que seguir apoyando a las Delegaciones de
Apostolado Seglar y de Hermandades y Cofradías, que están haciendo un esfuerzo
notable por implantar el Itinerario de formación cristiana para adultos de la Conferencia Episcopal
Española, un instrumento muy válido para potenciar la formación doctrinal de
nuestros laicos.
3. La tercera
prioridad se titula “La parroquia hogar de caridad y fraternidad”. El curso
pastoral que ahora iniciamos va a seguir estando marcado, por desgracia, por la
crisis económica. Por ello, me detengo con alguna extensión en este punto. Los
técnicos y voluntarios de Caritas Diocesana y de las Caritas parroquiales, los
sacerdotes, los religiosos que mantienen infinidad de obras sociales y
caritativas, y los responsables de las Hermandades y Cofradías habéis conocido
el dolor, la desesperanza y los sufrimientos de los pobres, los parados, los
inmigrantes, los sin techo, y de cientos de familias que sufren las
consecuencias de lo algunos han dado en llamar una verdadera emergencia social.
Más de uno me habéis confesado vuestros sentimientos de frustración e
impotencia al no poder dar respuesta a tantas situaciones de dolor por la
limitación de los recursos. La crisis está provocando el deterioro del tejido
industrial, de la agricultura y del comercio en toda España y, también en
nuestra provincia. Son muchos los que han visto empeorar sus condiciones
laborales, los que han perdido el empleo e, incluso su casa, al no poder
satisfacer los plazos de la hipoteca. Son muchos los trabajadores autónomos y
empresarios que encuentran serias dificultades para sacar adelante sus negocios
familiares o sus pequeñas o medianas empresas.
La crisis económica
está provocando una gran crisis social. Cada vez es más sombrío el futuro de
los inmigrantes, de los jóvenes y de miles de matrimonios y familias. La
crisis, de alcance mundial, ha sacudido los pilares de un sistema económico y
financiero que parecía inconmovible y que ofrecía aparentemente todo lo que el
hombre del primer mundo necesitaba para alcanzar su felicidad. Se han hecho
muchas valoraciones de lo sucedido, algunas más superficiales, otras más
profundas. Mientras que algunos consideran que todo se solucionará con medidas
técnicas capaces de alumbrar un nuevo orden financiero internacional, la Iglesia ha llamado la
atención sobre las raíces éticas de la crisis, que están reclamando la
floración de una nueva cultura de la solidaridad y de la participación
responsable en la construcción del futuro de nuestro planeta.
Se ha dicho que existe
una responsabilidad moral de los políticos, gobernantes y profesionales de las
finanzas. En realidad, la crisis nos interpela a todos. Todos hemos de
preguntarnos en qué medida somos responsables de lo sucedido por haber
convertido el consumismo frenético y el bienestar individualista en el valor
supremo, en un ídolo en definitiva, viviendo muchas veces por encima de
nuestras posibilidades. Urge, pues, recuperar un estilo de vida personal más
austero y solidario. Urge además impulsar un nuevo orden económico mundial al
servicio de cada hombre o mujer y de todos los hombres y mujeres, respetuoso al
mismo tiempo con la creación, don de Dios. Urge que las comunidades cristianas
conozcan en profundidad la
Doctrina Social de la Iglesia y que en las sesiones de formación de
nuestros grupos y movimientos apostólicos se estudie con seriedad la encíclica
Caritas in veritate del Santo Padre Benedicto XVI. Este precioso documento
pontificio nos servirá de aliento para trabajar conjuntamente y salir al paso
de las necesidades de tantos hermanos nuestros que están sufriendo en primera
persona las consecuencias de la crisis. En este sentido, invito a todas las
comunidades cristianas de la
Archidiócesis, a Caritas Diocesana y a las Caritas
parroquiales, a hacer todos los esfuerzos que estén a nuestro alcance para que
ningún necesitado que acude a nosotros se sienta defraudado y para que nuestras
parroquias sean verdaderos hogares de caridad.
4. A estas tres
prioridades, me parece necesario añadir una cuarta, que podría llevar como
titulo: La parroquia, mesa en la que compartimos el pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía. En el
texto del Plan Pastoral Diocesano se cita expresamente un fragmento del
discurso de Benedicto XVI a la
Asamblea del Consilium de laicis de octubre de 2006, en el
que el Papa afirma que “la parroquia… crece en el entendimiento y en la
cohesión fraterna si ora incesantemente, si permanece a la escucha de la
palabra de Dios y, sobre todo, si participa con fe en la celebración de la Eucaristía, presidida
por el sacerdote. En este sentido, escribía el amado Juan Pablo II en su última
encíclica Ecclesia de Eucaristía: La parroquia es una comunidad de bautizados
que expresan y confirman su identidad principalmente por la celebración del
sacrificio eucarístico”. Así es realidad. Sin la fuerza vivificadora que nos
brinda la Eucaristía,
ni la pastoral juvenil, ni los proyectos de formación de adultos, ni nuestra
cercanía eficaz a los más pobres podrán subsistir por mucho tiempo. Por ello,
propongo trabajar también este aspecto decisivo en la vida de nuestras
comunidades.
La vida de la Iglesia y de sus miembros
va creciendo gracias al alimento que, como sarmientos, recibimos de la vid que
es Cristo (Jn 15,1-10). La experiencia y el hecho cristiano parten de la
experiencia del conocimiento del amor de Dios que se ha manifestado en Cristo
Jesús: «como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en
mi amor» (Jn 15,9). Pero para tener un encuentro personal que llene nuestro
corazón plenamente y lo transforme según el modelo de Cristo, es necesario
encontrarnos con Él y con su amor allí donde Él ha querido quedarse. No es
posible ser cristiano sin Cristo; no se puede ser auténticamente discípulo de
Cristo, y dar los frutos que cabe esperar de un discípulo, sin vincularnos
personalmente con el Señor resucitado, a través del sacramento que Él mismo ha
instituido para estar con nosotros hasta el final de los tiempos. A la
celebración eucarística llevamos nuestras vidas y de ella salimos para cumplir
cristianamente nuestras tareas, anhelos y proyectos, para compartir y testimoniar
nuestra fe y para dar a conocer a todos el amor del Señor, especialmente a
través de nuestro amor y caridad con los más pobres y necesitados. Todos
estamos convocados a vivir de la manera más consciente y plena el encuentro con
Cristo en la Eucaristía,
cumpliendo su más ardiente deseo: “permaneced en mi amor” (Jn 15, 9).
En la carta apostólica
Mane nobiscum Domine, nos invitaba el Papa Juan Pablo II a fortalecer nuestra
fe y nuestro amor al sacramento que es el centro de la vida eclesial, y a
vivir, en suma, una espiritualidad profundamente eucarística, tomando
“conciencia renovada del tesoro incomparable que Cristo ha encomendado a su
Iglesia" (n. 29). El Papa nos pedía conocer, amar y contemplar el
rostro eucarístico del Señor, impregnándonos de sus actitudes eucarísticas, del
modo de ser de Cristo en la
Eucaristía y que pasa de Él a nosotros cuando celebramos y
adoramos el misterio de nuestra fe (Ib. 25). El propio Juan Pablo II, en su
encíclica Ecclesia de Eucaristía nos decía que "todo compromiso de santidad,
toda acción orientada a realizar la misión de la Iglesia, toda puesta en
práctica de planes pastorales, ha de sacar del misterio eucarístico la fuerza
necesaria y se ha de ordenar a él como a su culmen" (EdeE 60).
En la celebración de la Santa Misa se perpetúa
y actualiza de modo incruento el único sacrificio de la cruz. En ella se
renueva la ofrenda sacrificial de Cristo al Padre en favor de toda la
humanidad (EdeE 12), que nos impulsa a ofrecernos a Él como victima viva
de alabanza y propiciación por los pecados del mundo. En ella recibimos el
sustento que hoy necesitamos más que nunca, en estos tiempos recios que nos ha
tocado vivir. En ella Jesús sigue siendo el Pan vivo bajado del cielo que
alimenta nuestros corazones mientras peregrinamos hacia la casa del Padre.
Vivamos cada día con emoción renovada la Santa Misa. Intensifiquemos la preparación cálida
para recibir al Señor en nuestros corazones y hagamos cuanto esté a nuestro
alcance para recuperar la acción de gracias, esos momentos de diálogo íntimo y
también de crecimiento interior, en los que el Señor graba en nuestro corazón
sus propios sentimientos y nos alienta en el camino de la santidad.
Como os pedía en una
de mis cartas semanales del pasado mes de julio, es necesario seguir insistiendo
en la recuperación del sentido cristiano del domingo, el día primordial de los
cristianos, el día del Señor resucitado y del don de su Espíritu, y el señor de
los días. El domingo es la pascua de la semana, el día en que todos estamos
invitados a vivir la alegría de la salvación, a incrementar nuestra formación
cristiana, a vivir con gozo la vida familiar, más difícil hoy en el curso de la
semana, a hacer obras de caridad con los pobres y los enfermos y a gozar de la
naturaleza, don de Dios.
Es urgente seguir
insistiendo, sobre todo, en la importancia de la Eucaristía dominical,
subrayando su dimensión evangelizadora, como es también necesario que los
sacerdotes cuidemos la dignidad de la celebración, de acuerdo con las normas de
la Iglesia,
pues no somos los dueños ni de la
Eucaristía ni de nuestras comunidades. Es urgente también
potenciar en nuestras parroquias la adoración y el culto eucarístico fuera de la Misa, verdadero manantial de
santidad. Dios quiera que nuestras comunidades cristianas rivalicen en
iniciativas que propicien la adoración eucarística, brindando a los fieles la
posibilidad de contemplar al Señor, acompañarlo, expiar y reparar, pues de ello
se derivarán muchos bienes sobrenaturales para nuestra Archidiócesis y para
nuestras parroquias. Hagamos también todo lo posible por recuperar las
actitudes físicas convenientes en la celebración, entre ellas la genuflexión,
gesto lleno de amor, de sumisión y adoración al Señor presente en los sagrarios
de nuestras iglesias.
La Eucaristía es la fuente de la
comunión eclesial. Participar en ella exige vivir la comunión y la fraternidad.
Participar en el banquete del Señor ha de convertirnos en artífices y
promotores de comunión fraterna en un mundo herido por tantas formas de
división y de discordia. La participación en la Eucaristía entraña
efectivamente una exigencia firmísima de unidad para nuestras comunidades. En
ella aprendemos a ser pan partido y sangre derramada en el servicio a nuestros
hermanos y comprendemos cuál debe ser la medida y la intensidad de nuestra
entrega. Ella es escuela de diálogo y colaboración, de fraternidad sincera, de
perdón, de amor gratuito y de servicio a los últimos, los hermanos más pobres,
los transeúntes, los ancianos, enfermos e inmigrantes. Con el Papa Juan Pablo
II os recuerdo que este es el criterio básico de la autenticidad de nuestras
celebraciones eucarísticas (EdeE 28), que de lo contrario pueden convertirse en
un puro teatro.
Hasta aquí las cuatro
prioridades que deberán reclamar la atención de los sacerdotes y religiosos que
trabajan en nuestra Archidiócesis y de los laicos, cualesquiera que sean los
grupos o movimientos a los que pertenecen. La comunión en el plano doctrinal y
disciplinar, y que se manifiesta también en el mutuo aprecio y afecto fraterno,
necesita ser completada por la comunión en el plano pastoral, que es siempre
manantial de eficacia en la evangelización y en el apostolado. La comunión
nunca es un valor tangencial en la vida de la Iglesia. Pertenece
a su misma entraña, puesto que la
Iglesia, como nos dijeran San Cipriano y San Agustín y recoge
el Concilio Vaticano II, “es una muchedumbre de pueblos reunidos por la unidad
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4). Esto quiere decir que la Iglesia sólo se realiza
como Iglesia imitando la unidad de la que procede, mientras que se niega a sí
misma y se trunca su edificación y crecimiento cuando surgen las
fragmentaciones y las quiebras de la unidad.
Las citadas
prioridades han de ser completadas con las correspondientes acciones por las
Delegaciones Diocesanas más concernidas, en concreto Pastoral juvenil,
Apostolado Seglar, Hermandades y Cofradías, Pastoral Obrera, Orientación
Social, Caritas Diocesana y Liturgia, de modo que puedan ser aprobadas en uno
de los primeros Consejos Episcopales del mes de septiembre, para ser trabajadas
ulteriormente en los Encuentros de Vicaría de comienzo de curso y en las
reuniones arciprestales.
Bajo la protección
maternal de la
Santísima Virgen, tan querida y venerada en innumerables
santuarios y ermitas de toda la geografía diocesana, ponemos el curso
pastoral que estamos iniciando. A Ella nos acogemos para que nos ayude a seguir
con gozo y esperanza las huellas del Maestro. Él, que a través de su Espíritu,
fecunda con la lluvia de su gracia nuestros mejores propósitos y proyectos, nos
invita una vez más a echar las redes confiando en su Palabra y a remar con Él
mar a dentro.
Deseándoos un curso
pastoral lleno de frutos sobrenaturales y apostólicos, contad todos con mi
saludo fraterno y mi bendición.
+ Juan José Asenjo
Pelegrina
Arzobispo de Sevilla
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