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Ni
la distancia cultural o geográfica, ni la crisis económica en Occidente, ni
mucho menos las vacaciones de verano pueden hacernos y dejarnos insensibles a
la inmensa tragedia acaecida semanas atrás en Pakistán con motivo de unas
voraces y devastadores inundaciones. La magnitud y consecuencias de las mismas
son ya consideradas como la mayor desgracia natural de las últimas décadas,
incluso por encima del Tsunami en el sudeste asiático y los terremotos de Haití
del pasado mes de enero, no tanto por el número de víctimas mortales cuanto por
el número de personas afectadas y por sus efectos medioambientales en el más
amplio sentido del término. 
En
efecto, el número de muertos por las inundaciones se sitúa en dos mil personas
y hay, al menos, otros dos mil heridos y la población damnificada se estima en
unos veinte millones en las cinco provincias pakistaníes afectadas. Según el
Instituto Nacional de Gestión de Desastres, 71 distritos en todo el país han
sido afectados con cientos de hectáreas
de tierras de cultivo o destruidas y más de un millón y medio de hogares
dañados.
Desde
primerísima hora y en algunas zonas hasta de modo pionero, la Red Cáritas puso
en marcha un programa de ayuda inmediata por un total de 4.309.950 euros para
cubrir las necesidades básicas de 249.950 personas. Ahora son más diez millones
y medio de euros los destinados a ayudar a 357.000 pakistaníes. A Cáritas le
preocupa que no pueda facilitar asistencia a un gran número de personas por lo
sigue llamando a la comunidad internacional y a los donantes para impulsar las
operaciones de ayuda y recogida de fondos que son imprescindibles para poder
reconstruir el país y las vidas de millones de personas.
Asimismo
y tal y como han reclamado los obispos del país, se hace necesaria la
coordinación entre las distintas instituciones cooperantes y los servicios
públicos pakistaníes. Y ni que decir tiene que la comunidad internacional y el
Gobierno de Pakistán han de estar vigilantes a la hora de que la ayuda
humanitaria llegue con la debida prontitud, diligencia, paz y concordia y se
corte de raíz cualquier brote de incidentes de pillaje o de corrupción.
La
tragedia de Pakistán –tragedia quizá demasiado ignorada en España– ha interpelado también a Benedicto XVI, quien
se ha referido a ella en varias ocasiones y quien ha urgido a la oración y la
solidaridad. Además, como muestra concreta de caridad, hizo llegar al país un
importante donativo económico. Fue, una vez más, el cardenal Paul Joseph
Cordes, presidente del Consejo Pontificio Cor Unum –el «Ministerio de Caridad»
de la Santa Sede– quien lo hizo llegar. Pero más allá del valor objetivo mismo
lo que este gesto del Papa pretendía transmitir es que no basta la ayuda
material, sino que hay que transmitir un mensaje y ofrecer un testimonio. Y en
este sentido, el mismo cardenal Cordes declaró que «para nosotros, los
cristianos, con nuestra ayuda, tenemos que tener también presente la dimensión
trascendental». «Para mí y para nosotros –abundó– es importante subrayar que en
este momento hay que mostrar, tanto a las personas afectadas como a las que
ofrecen dinero, que con el dinero se puede hacer algo pequeño, importante, pero
que no basta: hace falta un mensaje que vaya más allá de la vida terrena». Y,
en suma, mostrar que «la caridad del hombre nace del amor de Dios».
Y
es que, en efecto, la caridad –la señal distintiva de los cristianos– no se
puede tomar vacaciones, como así nos lo demuestra el impagable, una vez más,
servicio de Cáritas y de otras organizaciones eclesiales como Manos Unidas y
Ayuda a la Iglesia Necesitada, que también se han movilizado para poner en
marcha el ejercicio de la virtud de la caridad con Pakistán. Pero aún hay más:
la caridad cristiana no ha de conocer fronteras ni credos, y precisamente se ha
de hacer más presente todavía en lugares lejanos a nuestra religión, en lugares
incluso donde nuestra fe y sus testigos son perseguidos. Porque la caridad
cristiana no es una opción ni una estrategia, no es una estética ni una
competición, no es un «quedar bien» ni un buscar aplausos y reconocimientos. La
caridad cristiana es un imperioso deber del corazón y del alma que nace –sí-
del amor de Dios y que trasmite ese amor por doquier. Por ello que nadie se
olvide, se inhiba o considere lejana o ya superada la emergencia de Pakistán.
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