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El domingo 10 de octubre comienza en el
Vaticano bajo la presidencia del Papa un nuevo Sínodo de los Obispos
Del 10
al 24 de octubre el Papa Benedicto XVI
preside en el Vaticano un nuevo Sínodo de los Obispos. Es ya el cuarto de su
pontificado. Tras las Asambleas Generales Ordinarias del Sínodo de los Obispos
sobre la Eucaristía (octubre 2005) y sobre la Palabra de Dios (octubre 2008) y
la Asamblea Especial para Africa (octubre 2009), ahora llega otra Asamblea
Especial, dedicada a Oriente Próximo, zona geográfica también llamada Oriente
Medio. Es todo Oriente Próximo u Oriente Medio el destinatario del Sínodo ya
que en 1995 hubo ya un Sínodo de los Obispos especial para Líbano y otro de
local de las Iglesias en Tierra Santa. 
La
frase del libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 4, 32) “la multitud de los
creyentes tenían un solo corazón y una sola alma. La comunión y el testimonio”
es el lema del Sínodo, como lo fue de la visita apostólica del Papa Benedicto
XVI a Chipre, en cuya capital, Nicosia, entregó el domingo 6 de junio el
documento de trabajo del Sínodo.
Lo
que entendemos por Oriente Próximo
“El
Sínodo de la Iglesia Católica para Oriente Medio –escribe del nuevo obispo auxiliar
de Jerusalén monseñor William Somalí en una reciente conferencia en la
ciudad santa- se dirige a los países árabes y no árabes que se extienden en la
vasta área geográfica que comprende de Egipto a Turquía, de Irán a Israel, y a
la derecha hasta el Golfo, Iraq, Líbano, Siria, Jordania, Palestina y Chipre”.
“Incluye
directa o indirectamente a 14 millones de cristianos sobre una población de 330
millones de habitantes, entre los cuales encontramos árabes, turcos, iraníes,
griegos y judíos. Este sínodo se centrará en esta situación tan compleja y
diversa”.
Un cinco por ciento de cristianos
Dicho
queda, pues, que en toda esta zona hay tan solo 14 millones de cristianos sobre
un total de 330 millones de habitantes, esto es, un cinco por ciento de la población.
El porcentaje ya de por su exiguo lo es más habida cuenta de que los cristianos
no son un único grupo, sino que están divididos. Además, en numerosos países -como Irán,
Arabia Saudí, Egipto, Iraq y, en alguna medida menor, Turquía- se suceden los episodios
de persecución contra los cristianos, mientras que en Líbano, Israel y
Palestina la tan delicada situación política complica las cosas todavía mucho
más.
Los objetivos del
Sínodo
El
Sínodo presenta dos objetivos principales. En primer lugar, confirmar y
reforzar los cristianos en su identidad, a través de la Palabra de Dios y los
Sacramentos.
Y, en
segundo lugar, dar nueva vida a la comunión eclesial entre las Iglesias sui
iuris, de manera que puedan ofrecer un auténtico testimonio de vida cristiana
alegre y atractivo es su segundo gran objetivo, habida cuenta el gran número
de Iglesias Orientales sui iuris que han
echado raíces en Oriente Próximo: melquitas el, sirios, maronitas, coptos,
armenios y caldeos. “Estas Iglesias -subraya el obispo auxiliar del patriarcado latino de Jerusalén-
necesitan vivir su particularidad litúrgica y lingüística, por un lado, y una
mayor comunión entre sí por el otro. En la actualidad, esta comunión deja algo
que desear. También necesitan una renovación pastoral y litúrgica. La Iglesia
latina afrontó este cambio en el Concilio Vaticano II, que revolucionó la
liturgia y la eclesiología y le dio una nueva apertura al mundo. Las Iglesias
orientales necesitan una revolución similar para que puedan ser capaces de adaptarse
y modernizarse, y así responder mejor a las necesidades de sus congregaciones
en la actualidad”.
Los
retos del testimonio y la formación
El
citado obispo auxiliar del patriarcado latino de Jerusalén, monseñor
William Somalí, concluye sus reflexiones y expectativas ante el Sínodo para
Oriente Próximo con algunos testimonios relativos al clero y a los religiosos,
y que salió en las respuestas a los Lineamenta,
el primer documento previo al Sínodo.
"Las
respuestas –comenta- ponen de relieve la importancia del testimonio cristiano a
todos los niveles: en primer lugar, en la vida consagrada, que está presente en
nuestro país en diferentes grados. La primera misión de los religiosos y
religiosas es la oración y la intercesión por la sociedad, por una mayor
justicia en la política y la economía, más solidaridad y respeto en las
relaciones familiares, más fortaleza para denunciar la injusticia, más honradez
para no verse involucrados en disputas locales o en la búsqueda de intereses
personales. Tal es la ética que los pastores, religiosos y religiosas y
educadores religiosos necesitan proponer, con una coherencia notable en nuestra
vida personal y comunitaria, así como en nuestras instituciones sociales,
caritativas y educativas. Y todo esto para que nuestros fieles puedan ser
testigos cada vez más verdaderos de la resurrección en la sociedad”.
"La
formación de nuestro clero y fieles, en las homilías y en la catequesis, tiene
que dar al creyente el auténtico sentido de su fe y también la conciencia de su
papel en la sociedad en nombre de esa fe. El creyente debe ser enseñado a
buscar y reconocer a Dios en todo y en todos, aportando su esfuerzo para
hacerle presente en nuestra sociedad y nuestro mundo, a través de la práctica
de las virtudes personales y sociales: la justicia social, la honestidad, la
rectitud, la hospitalidad, la solidaridad, la apertura de corazón, pureza
moral, la fidelidad, etc. "
“Los
ministros de Cristo, los consagrados y consagradas, y todos aquellos que buscan
a seguirle más de cerca, tienen una gran responsabilidad espiritual y moral en
nuestra comunidad: deben ser un modelo y un ejemplo para los demás. La
comunidad espera que vivan concretamente los valores del Evangelio de una
manera ejemplar. No es sorprendente ver que muchos de los fieles por su parte
desean una mayor simplicidad de vida, un desprendimiento real del dinero y de
las comodidades mundanas, una práctica brillante y transparente de la castidad
y la pureza moral. El Sínodo quisiera ser un servicio en este sincero examen de
conciencia para que podamos conocer nuestro potencial que promover y
desarrollar, y descubrir nuestras debilidades a fin de recibir el valor de
corregirlas”.
Retos y propuestas
Así las cosas, la Iglesia en Oriente
Próximo se enfrenta a cinco grandes desafíos: su insignificancia, su división,
la emigración, las conversiones al Islam –en muchos casos obligadas- y el
ascenso beligerante del Islam político. Todo ello fomenta entre los cristianos
la sensación de “gueto”.
De ahí que las propuestas que desea
dirigir el Sínodo de octubre pasan, en primer lugar, por la recuperación de la
propia dignidad, vocación y autoconciencia de los cristianos. Para ello es
necesaria la formación en la lectura y en la vivencia de la Palabra de Dios. La
Iglesia en Oriente Próximo ha de recorrer y testimoniar asimismo actitudes,
gestos y caminos de perdón, reconciliación y apertura a los demás. Y todo ello
conduce a las dos palabras claves que sirven de lema para el Sínodo: comunión y
testimonio. Sin ellas, difícilmente
crecerá la Iglesia en esta región y difícilmente será creíble y fecunda.
Servir
la paz desde la unidad
Los
cristianos en Tierra Santa y en todo Oriente Próximo están llamados a
contribuir a la paz, a la reconciliación, a la concordia y al progreso de la
región, una franja de la tierra demasiadas veces lacerada, martirizada y hasta
“maldita”. Para esto, los cristianos de Tierra Santa y de Medio Oriente, han de
vivir y presentar los valores esenciales que de nuestra fe se derivan para la
configuración social y política de la sociedad. Esto es, los cristianos en
Oriente Medio están llamados a servir la búsqueda de la verdad moral, la sana y
positiva laicidad del Estado y la promoción del respeto a los derechos
fundamentales a la libertad religiosa, de conciencia y de culto.
Los
cristianos de Oriente Medio han de denunciar los atropellos a los derechos
humanos, procedan de donde procedan. Han, sí, de trabajar en pro de la equidad
y de las justas resoluciones de los competentes organismos internacionales en
cuestiones tan vitales como la seguridad israelí, las aspiraciones nacionales
de los palestinos –ahora estrelladas frente a un vergonzante muro de
separación- o la resolución del
conflicto entre Chipre y Turquía, país este último que ocupa ilegalmente un
tercio de la isla desde 1974.
Para que esta presencia y contribución
de los cristianos de Oriente Medio sea más factible y creíble es imprescindible
que los cristianos, se esfuercen más en la unidad y en la comunión entre sí y
entre sus distintas Iglesias. La voz cristiana en esta región crucial de la
tierra queda distorsionada y atomizada -y, por ende, esterilizada- al no ser no
solo una voz única, sino tantas veces hasta un inaudible y esperpéntico
griterío a sordos… La actual separación de los cristianos, ya de por sí un
escándalo que contradice radicalmente la voluntad de Jesucristo, es asimismo un
grave obstáculo para la presencia, contribución, acción, credibilidad y
fecundidad de estos.
Si en el mes de junio, la visita
apostólica del Papa Benedicto XVI a Chipre –su objetivo central era “lanzar”
este Sínodo que ahora comienza- fue un valiente e impagable servicio a la paz,
al diálogo y a la necesidad de redescubrir en la ley natural el mejor de los
marcos posibles para construir una sociedad en Medio Oriente y en toda la
tierra más justa, más reconciliada y más de Dios, la Asamblea Sinodal de los
próximos días 10 al 24 de octubre ha de recorrer también estos mismos camino de
modo que, a través de la comunión y del testimonio de los cristianos en esta
región de Oriente Próximo, el Sínodo sea, en efecto, un Sínodo para la paz, una
siembra generosa y esperanzada de paz.
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