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Plaza
de Colón y calles adyacentes. Millón y medio o dos millones de personas;
da igual. Una muchedumbre inmensa, venida de toda la geografía española,
incluso algunos desde Portugal y Alemania. Y aire de fiesta. Alegría de niños.
Gente corriente.
“Invito a los gobernantes y legisladores a
reflexionar sobre el bien evidente que los hogares en paz y armonía aseguran al
hombre y a la familia, centro neurálgico de la sociedad” (Benedicto XVI en
el V Encuentro Mundial de las Familias). Pues sí, Zapatero y amigos: pasen y
vean. Sólo las anteojeras de unos prejuicios ideológicos insalvables impiden
asentir una afirmación que se ha hecho visible en la calle esta mañana de
diciembre. Pese a los problemas que cada uno sin duda tendrá, esos cientos de
miles de personas reunidas eran la viva estampa de la alegría de vivir.
Desde las revueltas del 68 hemos venido
escuchando mensajes contra el valor de la familia, contra su vigencia como
célula social, contra la validez de su aportación al sostenimiento social,
contra su futura perdurabilidad. Y desde hace poco menos de una década estamos
asistiendo en toda Europa a legislaciones explícitamente antifamilia, so
pretexto de salvaguarda de derechos de otros grupos. Sin embargo, muy fuerte y
muy real debe de ser la “experiencia humana elemental” de que hablaba Juan
Pablo II, en relación a la familia, a lo que cada una de las generaciones ha
vivido en su familia, pues, pese a todo, la familia sigue gozando de buena
salud. Sin ir más lejos, en el informe del Congreso “Familias: construyendo
ciudadanía”, organizado por la Fundación de Ayuda a la Drogadicción y el
Ministerio de Asuntos Sociales el pasado mes de Noviembre, quedó patente que la
institución más valorada por los jóvenes es la familia. Y a la inversa: algunos
estudios realizados recientemente en Estados Unidos han puesto de manifiesto
que el deterioro de la institución familiar se concreta incluso en cifras
económicas, y que este deterioro ha incrementado espectacularmente las tasas de
pobreza en la población negra.
Para el Estado, las personas no son más que
números de NIF, consumidores, votantes... Para la familia, esos ciudadanos son
personas únicas, seres con anhelos e ideales que alentar, con inseguridades que
cubrir, con talentos que potenciar; faltas que perdonar y luchas que animar. La
familia es el lugar privilegiado donde cada persona es apreciada por sí mismo,
donde aprende a dar y a recibir amor. Un espacio para la pedagogía de la
gratuidad.
Por eso es una constante en todos los totalitarismos
ese empeño por destruír a la familia, precisamente porque es el ámbito que se
interpone entre el individuo y el Estado, el valladar en el que nos sentimos
seguros y más fuertes frente a un Poder que, si le dejáramos, nos lo
arrebataría todo.
Este ámbito de crecimiento y maduración en
el mutuo respeto, el aprecio y el amor no puede generar números, caras
anónimas, sino personas maduras, conscientes de su dignidad y de su
responsabilidad ante la sociedad; conscientes de su valor y sus inalienables
derechos; conscientes de su intrínseca libertad. Por eso, del seno de familias
fuertes no pueden sino salir seres humanos libres y seguros, a los que el Poder
no puede manipular con facilidad. Por eso, defender la familia es –en
definitiva- defender la libertad.
Y defender la libertad implica –como nos
han recordado esta mañana- defender que las familias puedan transmitir a sus
hijos los valores de la tradición moral o religiosa que consideren les van a
hacer más felices y buenas personas, a lo que tienen perfecto derecho según la
Constitución (art.27.3), sin intromisiones ilegítimas del Estado en forma de
Educación para la Ciudadanía, evitando que esos valores libremente escogidos
colisionen con otros supuestos valores que el Estado se atreva a decidir como
universalmente imponibles, puesto que la educación ha de ser integral (artículo
27.2 de la Constitución).
Y
defender la libertad implica defender que las familias puedan traer al mundo
los hijos que deseen, sin que las diversas cortapisas de la Administración
coarten o dificulten su generosidad. La crisis demográfica europea trasluce en
definitiva una desgana de futuro, una mentalidad de decadencia de civilidad.
Las familias con las que me he cruzado esta mañana traslucen todo lo contrario.
Pero necesitan ayuda material.
“La
familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a
la protección de la sociedad y del Estado”. (artículo 16.3 de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos). Cúmplase.
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