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Carta semanal del Arzobispo de Oviedo, monseñor Jesús Sanz Montes para el domingo 14 de noviembre
de 2010
Queridos hermanos y amigos: paz y
bien. Estas podrían ser dos palabras que sintetizan de algún modo el viaje del
Santo Padre en las dos jornadas de Santiago de Compostela y Barcelona. Llegó
como peregrino, y compartió con nosotros las preguntas y las certezas,
ayudándonos a reconocer en Cristo el inmerecido regalo de una verdad que se
hace belleza en la caridad. En la encrucijada de caminos en los que los hombres
y mujeres nos encontramos, Dios tiene que ver con cada uno de nosotros.
En este camino, y en el de la vida
se da lo que el Papa decía al llegar al Aeropuerto de Santiago: que «en lo más íntimo de su ser, el hombre está siempre en
camino, está en busca de la verdad». En este sentido era muy hermosa la
descripción que Benedicto XVI hacía de este viejo camino de Santiago, porque
«esto es lo que en el secreto del corazón, sabiéndolo explícitamente o
sintiéndolo sin saber expresarlo con palabras, viven tantos peregrinos que
caminan a Santiago de Compostela para abrazar al Apóstol. El cansancio del
andar, la variedad de paisajes, el encuentro con personas de otra nacionalidad,
los abren a lo más profundo y común que nos une a los humanos: seres en búsqueda,
seres necesitados de verdad y de belleza, de una experiencia de gracia, de caridad
y de paz, de perdón y de redención. Y en lo más recóndito de todos esos hombres
resuena la presencia de Dios y la acción del Espíritu Santo. Sí, a todo hombre
que hace silencio en su interior y pone distancia a las apetencias, deseos y
quehaceres inmediatos, al hombre que ora, Dios le alumbra para que le encuentre
y para que reconozca a Cristo».
Una presencia que no siempre ha sido diáfana o
sencilla de mostrar, especialmente cuando nos hemos encontrado con un intento
de expulsión y desalojo de Dios, al que como ha indicado el Santo Padre en su
homilía en el Obradoiro se le ha podido percibir extrañamente como un intruso y
enemigo del hombre, de su felicidad y su libertad. No tomar el nombre de Dios
en vano, pero no censurar su presencia entre nosotros. Lo decía el gran teólogo
francés Henri de Lubac: que cuando se hace un mundo sin Dios, se construye
contra el hombre.
Y del camino, fuimos llevados al hogar, a la Familia
santa que es la vida de Dios a cuya imagen y semejanza hemos sido creados
nosotros. El impresionante templo fruto del talento y de la fe del arquitecto
Antonio Gaudí que el Papa ha consagrado como Basílica, es un canto a la belleza de Dios
que se ha hecho historia salvadora. Ahí estamos nosotros, sus hijos, con María
y los santos, siendo cada uno una piedra única, original de ese templo que es
la vida. Que la familia formada desde el amor entre hombre y mujer, abiertos a
la vida y con una fidelidad que no se trunca ni caduca, sea algo también
tutelado por quienes tienen el deber y la posibilidad de proteger a los pueblos.
Como
afirmó el Santo Padre en su homilía en Barcelona, Gaudí logró «superar la
escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este
mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios
como Belleza. Esto lo realizó Antoni Gaudí no con palabras sino con piedras,
trazos, planos y cumbres. Y es que la belleza es la gran necesidad del hombre; es
la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza.
La belleza es también reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura
gratuidad, invita a la libertad y arranca del egoísmo». Camino y hogar, intemperie
y cobijo, algo así de concreto y cotidiano, algo tan bello y tan gratuito.
Recibid
mi afecto y mi bendición.
X Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo
de Oviedo
A.A. de Huesca y de Jaca
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