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La Compañía de Jesús acaba de abrir su 35 Congregación General, que elegirá en los próximos días -quizás entre el 18 y el 20 de enero- a su nuevo prepósito general. He aquí la primera entrega de algunos apuntes de la historia y del presente sobre ella.
No una Orden, sino una Compañía
En 1540 Ignacio de Loyola definitivamente fundaba la Compañía de Jesús. En escasos años, el grupo que se gestaba en el verano de 1534 en Montmartre de París y que juraba los tres votos tradicionales más el de ir a Tierra Santa, veía en Roma la Jerusalén universal, y pasadas dos o tres décadas se convertía en el abanderado de la evangelización y de la Restauración católica, mientras la cristiandad se desangraba tras la reforma protestante. Nace no una Orden religiosa al uso sino una "Compañía", centralizada, jerarquizada monárquicamente, bien formada, dispuesta y disciplinada para la acción apostólica desde la contemplación, centrada en el amor ardiente y apasionado a Jesucristo, a cuyo servicio y en cuya compañía militan sus integrantes. La dimensión evangelizadora -"abrir caminos al evangelio", "más lejos, más allá"...-, la audaz tendencia renovadora y su inquebrantable inserción en el corazón de la Iglesia y en la obediencia a su Pastor supremo marcaron desde primera hora la identidad jesuítica, siempre sobria, recia, austera.
"Ad maiorem Dei gloriam"
Desde entonces, los jesuitas no han necesitado tarjetas de presentación. En la búsqueda de la "mayor gloria de Dios", se han "inventado" los Ejercicios Espirituales y han sido pioneros en pastoral obrera, campesina y del pensamiento y la cultura, han evangelizado y convivido con los más ricos y poderosos y con los más necesitados y desfavorecidos, han fundado universidades y las reducciones de Paraguay, han sido confesores de la Corte y han optado comprometidamente por los pobres, han sido y son especialistas en toda clase de Ciencias y Letras, han rozado el cielo y han besado la tierra, han demostrado, en fin, que igual sirvan para un roto que para un descosido... De tronco genuinamente español, sus ramas son tan universales como el orbe. La gloria y la cruz han sido y son claves de su identidad más cierta. Siempre signos contradicción, la Ilustración abatió sobre ellos sus peores armas, siendo expulsados de distintos países -en España, por ejemplo, en tiempos de Carlos III y en la IIª República - y hasta fueron suspendidos temporalmente por un Papa, a quien -como sus antecesores y sucesores- profesan un cuarto voto de especial obediencia. Hubo tiempo en que todas las "telas de araña" parecían ser urdidas por los jesuitas. La historia pasada y reciente, con todo, reserva para ellos puestos de honor. Son los jesuitas, siempre presentes, siempre contemplativos en la acción, siempre con un halo de misterio y de fascinación.
Jesús de las Heras Muela
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