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En el tiempo de que
dispongo, por
desgracia, sólo podré presentar en sus grandes líneas y, no de modo
exhaustivo, los informes y reflexiones sobre la situación ecuménica actual.
Con todo, espero que mi relación ponga de relieve la obra de la
divina Providencia, que guía hacia la unidad a los cristianos separados, para
que su testimonio sea un
signo cada vez más claro ante el mundo.
1. Comenzaré con una primera observación, que considero esencial. Lo
que llamamos ecumenismo -y que es necesario distinguir del diálogo
interreligioso- encuentra su fundamento en el testamento que nos dejó Jesús
mismo la víspera de su muerte: "Ut unum sint" (Jn 17,
21). El concilio Vaticano II definió la promoción de la unidad de los
cristianos como uno de sus principales objetivos (cf. Unitatis redintegratio, 1) y como un
impulso del Espíritu Santo (cf. ib., 1 y 4). El Papa Juan Pablo II
declaró que la búsqueda ecuménica es un camino irreversible (cf. Ut unum sint, 3); y el Papa Benedicto XVI, desde el
primer día de su pontificado, asumió como compromiso primario el trabajar sin
escatimar energías en el restablecimiento de la unidad plena y visible de
todos los seguidores de Cristo. Es consciente de que para esto no bastan las
manifestaciones de buenos sentimientos. Hacen falta gestos concretos que
entren en los corazones y sacudan las conciencias, impulsando a cada uno a la
conversión interior, que es el presupuesto de todo progreso en el camino del
ecumenismo (cf. Homilía en la misa
en la capilla Sixtina ante el Colegio cardenalicio, 20 de abril de 2005).
Por tanto, el ecumenismo no es una elección opcional, sino un deber sagrado.
Naturalmente, ecumenismo no es sinónimo ni de humanismo ingenuo ni de
relativismo eclesiológico. Se apoya en la firme conciencia que la Iglesia
católica tiene de sí misma y en los principios católicos, de los que habla el
decreto sobre el ecumenismo (cf. Unitatis redintegratio, 2-4). Es un
ecumenismo de la verdad y de la caridad; ambas están íntimamente unidas y no
pueden sustituirse mutuamente. Ante todo, es preciso respetar el diálogo de
la verdad. Las normas concretas están expuestas de modo vinculante en el
"Directorio ecuménico" de 1993.
El resultado más significativo del ecumenismo en los últimos decenios -y
también el más gratificante- no son los diversos documentos, sino la
fraternidad recuperada, haber redescubierto que somos hermanos y hermanas en
Cristo, haber aprendido a apreciarnos los unos a los otros, y haber
emprendido juntos el camino hacia la unidad plena (cf. Ut unum sint, 42).
Por este camino, la cátedra de Pedro se ha convertido durante los últimos
cuarenta años en un punto de referencia cada vez más importante para todas
las Iglesias y para todas las comunidades eclesiales. El hecho de que, tras
el entusiasmo inicial, se haya asumido una actitud de mayor sobriedad
demuestra que el ecumenismo se ha vuelto más maduro, más adulto. Ya es una
realidad diaria, percibida como algo normal en la vida de la Iglesia. Con
gran gratitud debemos reconocer en ese desarrollo la obra del Espíritu Santo
que guía a la Iglesia.
De modo más específico, podemos distinguir tres campos en el ecumenismo.
Ante todo, el de las relaciones con las antiguas Iglesias orientales y con
las Iglesias ortodoxas del primer milenio, que reconocemos como Iglesias
puesto que, a nivel eclesiológico, han mantenido como nosotros la fe y la
sucesión apostólicas. En segundo lugar, el de las relaciones con las
comunidades eclesiales surgidas directa o indirectamente -como las Iglesias
libres- de la Reforma del siglo XVI; estas comunidades han desarrollado su
propia eclesiología, tomando como fundamento la sagrada Escritura. Y, por
último, la historia reciente del cristianismo ha registrado una "tercera
oleada", la del movimiento carismático y el movimiento pentecostal,
surgidos al inicio del siglo XX y extendidos luego por todo
el mundo con un crecimiento exponencial.
Así pues, el ecumenismo debe afrontar una realidad muy variada y
diferenciada, que se caracteriza por fenómenos muy diversos según los
contextos culturales y las Iglesias locales.
2. Comencemos por las Iglesias del primer milenio. Ya en los
primeros diez años de diálogo con las Iglesias orientales pre-calcedonianas,
o sea, en el período comprendido entre los años 1980 y 1990, logramos
resultados importantes. Gracias al consenso conseguido entre el Papa Pablo VI
y el Papa Juan Pablo II con los Patriarcas respectivos fue posible superar
las antiguas controversias cristológicas surgidas en torno al concilio de
Calcedonia (año 451) y, por lo que atañe a la Iglesia asiria de Oriente, en
torno al concilio de Éfeso (año 381).
En la segunda fase, el diálogo se concentró en la eclesiología, es decir,
en el concepto de comunión eclesial y en sus criterios. El próximo encuentro
se tendrá en Damasco del 27 de enero al 2 de febrero de 2008. En él se
discutirá por primera vez el borrador de un documento sobre "Naturaleza,
constitución y misión de la Iglesia". Gracias a este diálogo, las
Iglesias de antigua tradición, e incluso de tradición apostólica, toman de
nuevo contacto con la Iglesia universal después de haber vivido al margen de
ella durante mil quinientos años. Es muy normal que eso suceda sólo
lentamente, paso a paso, dadas las circunstancias, es decir, los muchos
siglos de separación y las grandes diferencias de cultura y mentalidad.
El diálogo con las Iglesias ortodoxas de tradición bizantina, siríaca y
eslava, se inició oficialmente en 1980. Con esas Iglesias tenemos en común
los dogmas del primer milenio, la Eucaristía y los demás sacramentos, la
veneración de María, Madre de Dios, y de los santos, y la estructura
episcopal de la Iglesia. A estas Iglesias, como a las antiguas Iglesias
orientales, las consideramos Iglesias hermanas de las Iglesias locales
católicas. Ya existían diferencias en el primer milenio, pero en esa época no
se percibían como un factor de división en el seno de la Iglesia. La
separación verdadera se produjo a través de un largo proceso de alejamiento y
alienación, a causa de una falta de comprensión y de amor recíprocos, como
puso de manifiesto el concilio ecuménico Vaticano II (cf. Unitatis redintegratio, 14).
Por tanto, lo que sucede hoy es necesariamente un proceso inverso de
reconciliación mutua.
Los primeros pasos importantes se dieron ya durante el Concilio. Conviene
recordar, por ejemplo, el encuentro y el intercambio de correspondencia entre
el Papa Pablo VI y el Patriarca ecuménico Atenágoras, el famoso "Tomos
agapis" y la cancelación de la memoria de la Iglesia de las
excomuniones recíprocas del año 1054, en el penúltimo día del Concilio. Sobre
esas bases fue posible reanudar algunas formas de comunión eclesial del
primer milenio: el intercambio de visitas, de mensajes y de misivas
entre el Papa y los Patriarcas, sobre todo con el Patriarca ecuménico; la
cordial convivencia y colaboración en muchas Iglesias locales; la concesión,
para uso litúrgico, de edificios de culto por parte de la Iglesia católica a
cristianos ortodoxos que viven entre nosotros en la diáspora, como signo de
hospitalidad y de comunión.
Durante el Ángelus pronunciado con ocasión de la fiesta de San Pedro y
San Pablo de este año, el Papa Benedicto XVI subrayó que con estas
Iglesias estamos ya en una comunión eclesial casi plena.
En los primeros diez años del diálogo, desde 1980 hasta 1990, se
puntualizó y se puso de relieve lo que tenemos en común con respecto a los
sacramentos (sobre todo, a la Eucaristía) y al ministerio episcopal y
sacerdotal. Sin embargo, el cambio político de 1989-1990, en vez de
simplificar nuestras relaciones, las complicó. La vuelta de las Iglesias
católicas orientales a la vida pública, después de años de brutales
persecuciones y de heroica resistencia pagada incluso al precio de la sangre,
ha sido vista por las Iglesias ortodoxas como amenaza de un nuevo
"uniatismo". Así, en la década de 1990, a pesar de las importantes
aclaraciones que se hicieron en los encuentros de Balamand (1993) y Baltimore
(2000), el diálogo se estancó. La situación de crisis se agudizó sobre todo
en las relaciones con la Iglesia ortodoxa rusa después de la erección canónica
de cuatro diócesis en Rusia el año 2002.
Gracias a Dios, después de muchos esfuerzos realizados con paciencia, el
año pasado fue posible reanudar el diálogo; en 2006 se tuvo un encuentro en
Belgrado y hace cerca de un mes nos reunimos de nuevo en Rávena. En esa
ocasión, se produjo una decisiva mejora por lo que respecta al ambiente y a
las relaciones, a pesar de que se ausentó la delegación rusa por motivos
inter-ortodoxos. Así se inició una prometedora tercera fase de diálogo.
El documento de Rávena, titulado: "Consecuencias
eclesiológicas y canónicas de la naturaleza sacramental de la Iglesia",
ha constituido un vuelco importante. Por primera vez, los interlocutores
ortodoxos han reconocido un nivel universal de la Iglesia y han admitido que
también en este nivel existe un Protos, un Primado, que sólo puede ser
el Obispo de Roma según la taxis de la Iglesia antigua.
Todos los participantes son conscientes de que este es sólo un primer
paso y que el camino hacia la comunión eclesial plena será aún largo y
difícil; sin embargo, con este documento hemos puesto una base para el
diálogo futuro. El tema que se abordará en la próxima sesión plenaria
será: "El papel del Obispo de Roma en la comunión de la Iglesia en
el primer milenio".
Por lo que atañe más específicamente al Patriarcado de Moscú de la
Iglesia ortodoxa rusa, las relaciones en los últimos años se han allanado
sensiblemente. Podemos decir que ya no hay hielo, sino deshielo. Desde
nuestro punto de vista, sería útil un encuentro entre el Santo Padre y el
Patriarca de Moscú. El Patriarcado de Moscú nunca ha excluido categóricamente
ese encuentro, pero considera oportuno resolver antes los problemas que, a su
parecer, existen en Rusia y sobre todo en Ucrania. Conviene recordar, por lo
demás, que se han tenido muchos encuentros también en otros niveles. Entre
ellos cabe mencionar la reciente visita del
Patriarca Alexis II a París, considerada por ambas partes como
un paso importante.
Resumiendo, podemos afirmar que aún serán necesarias una continua
purificación de la memoria histórica y muchas oraciones para que, sobre la
base común del primer milenio, logremos colmar la fractura entre Oriente y
Occidente, y restablecer la comunión eclesial plena. A pesar de las
dificultades que aún persisten, es fuerte y legítima la esperanza de que, con
la ayuda de Dios y gracias a la oración de tantos fieles, la Iglesia, después
de la división del segundo milenio, en el tercero vuelva a respirar con sus
dos pulmones.
3. Pasemos ahora a las relaciones con las comunidades eclesiales
surgidas de la Reforma. También en este campo se han registrado signos
estimulantes. Todas las comunidades eclesiales se han manifestado interesadas
en el diálogo, y la Iglesia católica mantiene el diálogo con casi todas las
comunidades eclesiales. Se ha alcanzado cierto consenso en el ámbito de las
verdades de fe, sobre todo por lo que concierne a las cuestiones
fundamentales de la doctrina sobre la justificación.
En muchos lugares existe una fecunda colaboración en el ámbito social y
humanitario. Se ha generalizado progresivamente una actitud de confianza
mutua y de amistad, caracterizada por un profundo deseo de unidad, que sigue
existiendo a pesar de que, de vez en cuando, se registran tonos más duros y
ásperas desilusiones. De hecho, la intensa red de relaciones, tanto
personales como institucionales, que se han desarrollado mientras tanto,
puede resistir las tensiones ocasionales.
La situación ecuménica no ha sufrido ninguna interrupción, sino un
profundo cambio. Se trata del mismo cambio que han experimentado la Iglesia y
el mundo en general. Aquí me limitaré a citar sólo algunos aspectos de esta
transformación.
1) Después de haber logrado un consenso fundamental sobre la doctrina de
la justificación, ahora debemos nuevamente discutir temas clásicos
controvertidos, entre los que cabe destacar la eclesiología y los ministerios
eclesiales (cf. Ut unum sint, 66). A este propósito,
las "Cinco respuestas" dadas por la Congregación para la doctrina
de la fe el pasado mes de julio han suscitado perplejidad y originado cierto
malhumor. La agitación que se ha producido con respecto a ese documento era,
por lo general, injustificada, pues el texto no afirma nada nuevo, sino que
reafirma de modo sintético la doctrina católica. Sin embargo, sería de desear
que se revisara la forma, el lenguaje y la presentación en público de esas
declaraciones.
2) Las diferentes eclesiologías llevan necesariamente a tener distintas
concepciones de lo que es la finalidad del ecumenismo. Así, el hecho de que
nos falte un concepto común de unidad eclesial como meta por alcanzar, es un
problema. Ese problema es aún más grave si consideramos que la comunión
eclesial es para los católicos el presupuesto para una comunión eucarística y
que la ausencia de una comunión eucarística conlleva grandes dificultades
pastorales, sobre todo en el caso de matrimonios y familias mixtas.
3) Mientras, por una parte, nos esforzamos por superar las antiguas
controversias, por otra surgen nuevas divergencias en el campo ético. Eso
atañe de modo especial a las cuestiones relativas a la defensa de la vida, al
matrimonio, a la familia y a la sexualidad humana. A causa de estas nuevas
brechas que se están produciendo, el testimonio público común se ha
debilitado notablemente, por no decir que resulta casi imposible. La crisis
que se ha verificado en el interior de las respectivas comunidades se puede
ejemplificar con gran claridad en la situación de la Comunión anglicana, que
no es un caso aislado.
4) La teología protestante, marcada durante los primeros años del diálogo
por el "renacimiento luterano" y por la teología de la palabra de
Dios de Karl Barth, ahora ha vuelto a los motivos de la teología liberal. En
consecuencia, constatamos que, en lo que atañe a la parte protestante, los
fundamentos cristológicos y trinitarios que habían sido hasta ahora un
presupuesto común, quedan a veces diluidos. Lo que considerábamos nuestro
patrimonio común ha comenzado a deshacerse en muchos puntos como los
glaciares en los Alpes.
Pero también hay fuertes corrientes contrarias, que han surgido como
reacción ante los fenómenos que he mencionado. Se registra en todo el mundo
un fuerte crecimiento de grupos evangélicos, cuyas posiciones coinciden por
lo general con las nuestras en las cuestiones dogmáticas fundamentales, sobre
todo en el campo ético, pero a menudo son muy divergentes en lo que atañe a
la eclesiología, la teología de los sacramentos, la exégesis bíblica y la
comprensión de la tradición.
Hay agrupaciones eclesiales importantes que desean imponer en el
anglicanismo y en el luteranismo elementos de la tradición católica por lo
que se refiere a la liturgia y al ministerio eclesial. A estas agrupaciones
se les añaden cada vez más comunidades monásticas que, viviendo
frecuentemente según la regla benedictina, se sienten cercanas a la Iglesia
católica. Además, existen comunidades pietistas que, ante la crisis relativa
a las cuestiones éticas, no se sienten totalmente a gusto en las comunidades
eclesiales protestantes; y ven con gratitud las claras tomas de posición del
Papa, que no hace mucho tiempo criticaban con un tono menos benévolo.
Todos estos grupos, juntamente con las comunidades católicas de vida consagrada
y los nuevos movimientos espirituales, han constituido recientemente
"redes espirituales", agrupadas a menudo en torno a monasterios
como Chevetogne, Bose y sobre todo Taizé, y también en movimientos como el de
los Focolares y el de "Chemin neuf".
De este modo, podemos decir que el ecumenismo vuelve a sus orígenes en
pequeños grupos de diálogo, de oración y de estudio bíblico. Recientemente,
estos grupos han tomado la palabra también en público, por ejemplo en los
grandes encuentros de los movimientos en Stuttgart, en 2004 y en 2007. Así,
juntamente con los diálogos oficiales, que cada vez resultan más difíciles,
han surgido nuevas formas de diálogo prometedoras.
Por consiguiente, esta panorámica general nos muestra que no sólo existe
un acercamiento ecuménico, sino que también hay fragmentaciones y fuerzas
centrífugas que están actuando. Además, si tomamos en cuenta las numerosas
"Iglesias" así llamadas independientes, que siguen surgiendo sobre
todo en África, y la proliferación de grupúsculos a menudo muy agresivos,
comprobamos que el panorama ecuménico ahora resulta muy diferenciado y
confuso. Este pluralismo no es más que el reflejo de la situación pluralista
de la sociedad "pos-moderna", que a menudo lleva a un relativismo
religioso.
En el contexto actual, son particularmente importantes los encuentros
como la asamblea plenaria del Consejo mundial de Iglesias, que tuvo lugar en
febrero del año pasado en Porto Alegre (Brasil), el "Global Christian
Forum" y la "Asamblea ecuménica europea", celebrada en
septiembre de este año en Sibiu-Hermannstadt (Rumanía). Estos encuentros
tienen como finalidad reunir en diálogo a los diversos grupos divergentes y,
en la medida de lo posible, mantener unido el movimiento ecuménico con sus
luces, sus sombras y sus nuevos desafíos, en una situación que ha cambiado y
que sigue cambiando rápidamente.
4. El tema del pluralismo me lleva a la tercera oleada de la
historia del cristianismo, es decir, la difusión de los grupos carismáticos y
pentecostales, los cuales, con cerca de cuatrocientos millones de fieles en
todo el mundo, ocupan el segundo lugar entre las comunidades cristianas,
desde el punto de vista numérico, y experimentan un crecimiento exponencial.
Sin una estructura común y sin un órgano central, son muy diversos entre sí.
Se consideran como el fruto de un nuevo Pentecostés; en consecuencia, el
bautismo del Espíritu desempeña para ellos un papel fundamental.
Refiriéndose a ellos, el Papa Juan Pablo II afirmó que este fenómeno no
debe considerarse sólo de modo negativo, pues, más allá de los innegables
problemas, testimonia el deseo de una experiencia espiritual. Eso no quita
que, por desgracia, muchas de esas comunidades mientras tanto se han
convertido en una religión que promete una felicidad terrena.
Con los pentecostales clásicos ha sido posible entablar un diálogo
oficial. Con otros siguen existiendo notables dificultades a causa de sus
métodos misioneros un poco agresivos. Ante ese desafío, el Consejo pontificio
para la promoción de la unidad de los cristianos ha organizado en varios
continentes seminarios para obispos, teólogos y laicos comprometidos en el
ecumenismo: en América Latina (São Paulo y Buenos Aires); en África
(Nairobi y Dakar); en Asia (Seúl y Manila). El resultado de estos
seminarios se refleja también en el documento final de la V Asamblea
general del Episcopado latinoamericano y del Caribe, celebrada en Aparecida
en mayo de este año.
Ante todo, es necesario hacer un examen de conciencia pastoral y preguntarnos
de modo auto-crítico: ¿Por qué tantos cristianos abandonan nuestra
Iglesia? No debemos comenzar preguntándonos: ¿qué es lo que no está
bien en los pentecostales?, sino más bien: ¿cuáles son nuestras
carencias pastorales, y cómo podemos reaccionar ante este nuevo desafío con
una renovación litúrgica, catequética, pastoral y espiritual?
5. Esta pregunta nos lleva a la pregunta conclusiva: ¿De qué
modo proseguir el camino ecuménico? No es posible dar una respuesta única. La
situación es demasiado diversa según las regiones geográficas, los ambientes
culturales y las Iglesias locales. Son las Conferencias episcopales, en
particular, las que deben asumir sus responsabilidades.
En línea de principio, debemos partir del patrimonio común de fe y permanecer
fieles a lo que, con la ayuda de Dios, ya hemos conseguido ecuménicamente. En
la medida de lo posible, debemos dar un testimonio común de esta fe en un
mundo cada vez más secularizado. Eso significa, en la situación actual,
también redescubrir y reforzar los fundamentos de nuestra fe. De hecho, todo
se tambalea y se vacía de sentido si no tenemos una fe firme y consciente en
el Dios vivo, uno y trino, en la divinidad de Cristo, en la fuerza salvífica
de la cruz y de la resurrección. Para quien ya no sabe lo que es el pecado y
lo que es estar implicado en el pecado, la justificación del pecador no tiene
ninguna importancia.
Sólo apoyándonos en la fe común es posible dialogar sobre nuestras
diferencias. Y ese diálogo debe realizarse de un modo claro pero no polémico.
No debemos ofender la sensibilidad de los demás o desacreditarlos; no debemos
señalar con el dedo lo que nuestros interlocutores ecuménicos no son y lo que
no tienen. Más bien, debemos dar testimonio de la riqueza y de la belleza de
nuestra fe de un modo positivo y acogedor. De los demás esperamos la misma
actitud. Si esto sucede, entonces podrá existir entre nosotros y nuestros
interlocutores, como dice la encíclica Ut unum sint (1995), no sólo un intercambio de ideas,
sino también de dones, con el que nos enriqueceremos ambos (cf. nn. 28 y 57).
Ese ecumenismo de intercambio no es un empobrecimiento, sino un
enriquecimiento mutuo.
En el diálogo fundamentado en el intercambio espiritual, el diálogo
teológico desempeñará también en el futuro un papel esencial. Sin embargo,
sólo será fecundo si está sostenido por un ecumenismo de la oración, de la
conversión del corazón y de la santificación personal. En efecto, el ecumenismo
espiritual es el alma misma del movimiento ecuménico (cf. Unitatis redintegratio, 8; Ut unum sint, 21-27) y a nosotros nos toca promoverlo en
primer lugar. Sin una verdadera espiritualidad de comunión, que permite dejar
espacio al otro sin renunciar a la propia identidad, todos nuestros esfuerzos
desembocarían en un árido y vacío activismo.
Si hacemos nuestra la oración que Jesús pronunció en la víspera de su
muerte, no debemos desalentarnos y vacilar en nuestra fe. Como dice el
Evangelio, debemos confiar en que lo que pedimos en el nombre de Cristo será
escuchado (cf. Jn 14, 13). A nosotros no nos toca decidir cuándo,
dónde y cómo. Eso corresponde a Aquel que es el Señor de la Iglesia y que
congregará a su Iglesia desde los cuatro vientos. Nosotros debemos
contentarnos con hacer todo lo que esté de nuestra parte, reconociendo con
gratitud los dones recibidos, es decir, lo que el ecumenismo ha realizado
hasta ahora, y mirar al futuro con esperanza. Basta echar, con un mínimo de
realismo, una mirada a los "signos de los tiempos" para comprender
que no hay ninguna alternativa realista al ecumenismo, y sobre todo ninguna
alternativa de fe.
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