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Del 18 al 25 de enero se celebra la Semana
de oración por la unidad de los cristianos, que cumple un siglo
La Semana de oración por la unidad de
los cristianos cumple un siglo. Esta iniciativa nació en 1908 y se ha
convertido en una cita esperada y bien insertada en la vida de las distintas
Iglesias y confesiones cristianas.
"No ceséis de
orar" es el lema de esta Semana del ecumenismo 2008. Como en años
anteriores, los materiales de la misma son preparados conjuntamente por el
Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y Consejo
Ecuménico de Iglesias. Toda la cristiandad celebra también esta Semana en las
mismas fechas.
En las vísperas de la Semana de oración
por la unidad de los cristianos, se ha hecho pública la intervención del
cardenal alemán Walter Kasper en la reunión del colegio cardenalicio del
pasado 23 de noviembre, un día antes de que el Papa Benedicto XVI creara
23 nuevos cardenales. El Papa presidió esta reunión y escuchó también el
informe de Kasper. Este informe nos ofrece una espléndida, realista y cristiana
visión panorámica del ecumenismo hoy. Se trata de un completo chequeo a un
aspecto capital de la vida de la Iglesia como es el de la búsqueda de la
unidad. He aquí una síntesis de este informe sobre el ecumenismo hoy.
Un camino
necesario e irreversible
El ecumenismo, que es realidad
esencialmente distinta al diálogo interreligioso, encuentra su fundamento en la
voluntad expresa de Jesucristo de que "todos sean uno" (Jn. 17, 21).
El Concilio Vaticano II consideró la promoción de la unidad de los cristianos
como uno de sus principales objetivos y como un impulso del Espíritu Santo. El
Papa Juan Pablo II declaró que el trabajo y la búsqueda ecuménica es un
camino irreversible. Por su parte, Benedicto XVI, desde el primer día de su
ministerio apostólico, asumió como compromiso primario el quehacer ecuménico,
sin escatimar energías. Para ello, no bastan las manifestaciones de buenos
sentimientos, sino también gestos concretos que entren en los corazones y
sacudan las conciencias, impulsando a la conversión interior, que es el
verdadero progreso en el camino ecuménico.
Por todo ello, el ecumenismo no es una
elección opcional, sino un deber sagrado. El ecumenismo no es sinónimo de un
humanismo ingenuo ni de relativismo teológico. Es un ecumenismo de la verdad y
de la caridad, ambas íntimamente unidas. Es preciso respetar el diálogo de la
verdad, cuyas normas concretas están recogidas en "Directorio
ecuménico" del año 1993.
La
fraternidad recuperada
El resultado más significativo del
ecumenismo de los últimos decenios -y también el más gratificante- no son los
diversos documentos, sino la fraternidad recuperada, el saber que somos
hermanos en Cristo, el haber aprendido a apreciarnos los unos a los otros, la
toma de conciencia de la necesidad de la unidad y el haber emprendido juntos el
camino hacia la unidad plena.
A lo largo de este cerca de medio siglo
de ecumenismo activo, se ha pasado del entusiasmo inicial, a actitudes actuales
de mayor sobriedad y realismo. Esto significa que el ecumenismo se ha vuelto
más maduro y adulto, que es más consciente de lo arduo del camino y, a la vez,
que es un mandato del Señor, que sus discípulos deben recorrer
inexcusablemente. El ecumenismo es ya una realidad diaria, percibida como algo
normal en la vida de la Iglesia.
Las
Iglesias del primer milenio
Dentro de la misión ecuménica de la
Iglesia, hay que campos y destinatarios distintos. El primero de ellos son las
antiguas Iglesias orientales y las Iglesias ortodoxas del primer milenio, a las
que la Iglesia católica reconoce como Iglesias puesto que, a nivel
eclesiológico, han mantenido como nosotros la fe y la sucesión apostólica.
Con estas Iglesias del primer milenio
se han recorrido en estos años importantes etapas. En los años 1980 y 1990 se
lograron consensos y se superaron diferencias en materia cristológica. La
segunda fase del diálogo -la actual- se centra en la eclesiología -es decir, el
concepto de comunión eclesial y sus criterios-. En este sentido, está prevista
una nueva reunión, en la ciudad de Damasco, del 27 de enero al 2 de febrero. Se
discutirá el borrador de un documento sobre "Naturaleza, constitución y
misión de la Iglesia".
El diálogo con las Iglesias ortodoxas
de tradición bizantina, siríaca y eslava se inició oficialmente en 1980. Con
estas Iglesia tenemos en común los dogmas del primer milenio, la Eucaristía y
los demás sacramentos, la veneración a María, Madre de Dios, y a los santos, y
la estructura episcopal de la Iglesia.
Estos importantísimos puntos de unidad
ya existían en el primer milenio. La separación verdadera y efectiva se produjo
a través de un largo proceso de alejamiento y alineación, a causa de una falta
de comprensión y amor recíprocos. Lo que sucede hoy día es necesariamente un
proceso inverso de reconciliación mutua. El Papa Pablo VI y el patriarca
de Constantinopla Atenágoras, en el penúltimo día del Concilio Vaticano
II, cancelaron las excomuniones mutuas de 1054 y sobre esta base se han
recuperado algunas formas de comunión eclesial del primer milenio. Y tras ello
y los avances de estos cuarenta años, como señalaba el Papa Benedicto XVI el
pasado 29 de junio, "con estas Iglesias estamos ya en un comunión eclesial
casi plena". Sigue siendo necesaria una continua purificación de la
memoria y muchas oraciones. La base común del primer milenio reclama y la avala
la unidad plena.
El
documento de Rávena
Un importante, significativo, aunque
todavía modesto paso, se ha dado asimismo en la reunión de la Comisión
teológica internacional para el diálogo católico-ortodoxa, celebrada en Rávena
el pasado mes de octubre. Dicha reunión fue precedida en 2006 por otra en
Belgrado. El documento de Rávena, titulado "Consecuencias eclesiológicas y
canónicas de la naturaleza sacramental de la Iglesia. Comunión, conciliaridad y
autoridad", ha constituido un hito muy destacable. Por primera vez, los
interlocutores ortodoxos han reconocido un nivel universal de la Iglesia y han
admitido que también en este nivel existe un "Protos", un
Primado, que sólo puede ser el Obispo de Roma según la "taxis",
el orden, de la Iglesia antigua.
Se trata de un primer paso. El camino
hacia la comunión eclesial plena será aún largo y difícil. Pero este documento
pone las bases para el diálogo futuro. "El papel del Obispo de Roma en la
comunión de la Iglesia en el primer milenio" será el tema de estudio de la
próxima reunión de la citada Comisión.
Patriarcado
de Moscú
La relación con Moscú es más compleja,
aun cuando en los últimos años se ha allanado sensiblemente. El cambio político
llegado a la Europa del Este en 1989, con la simbólica caída del muro de Berlín
y lo que vino después, en vez de simplificar estas relaciones las complicó. La
vuelta de las Iglesias católicas orientales a la vida pública, tras decenios de
silencio, persecución y martirio, ha sido vista por las Iglesias ortodoxas como
amenaza de un nuevo "uniatismo". Y a pesar de las aclaraciones
efectuadas en los encuentros de Balamand (1993) y de Baltimore (2000), el
diálogo se estancó. La situación de crisis se agudizó sobre todo con la Iglesia
ortodoxa rusa después de la erección canónica de cuatro diócesis católicas en
Rusia, en el año 2002.
Ahora, sin embargo, se perciben
inequívocos signos de deshielo. Sería muy útil, por ello, un encuentro entre el
Papa y el Patriarca de Moscú. El patriarcado de Moscú no excluye este
encuentro, pero considera oportuno resolver antes los problemas que, a su
parecer, existen en Rusia y, sobre todo, en Ucrania.
Con todo, no han cesado de producirse
encuentros a otros niveles. El cardenal Etchegaray ha sido recibido en
dos recientes ocasiones por el patriarca Alexis II, quien en otoño viajó
a París y estuvo en la catedral de Notre Dame, una visita considerada por ambas
partes como un paso importante.
Comunidades
eclesiales de la Reforma
También con las comunidades eclesiales
nacidas de la llamada reforma luterana del siglo XVI existen relaciones, se
registran signos estimulantes y hay una conciencia común en torno a la unidad.
Con ellas se han alcanzados ciertos
niveles de consensos doctrinales en temas como la justificación (1999). En
muchos lugares existe una fecunda colaboración en el ámbito social y
humanitario. Se ha generalizado progresivamente una actitud de confianza mutua
y de amistad, aun cuando no faltan tampoco tonos más duros y ásperas
desilusiones.
La situación ecuménica no ha sufrido
ninguna interrupción, sino un profundo cambio, el mismo cambio experimentado en
la Iglesia y en la sociedad. Algunos aspectos de esta transformación
son la necesidad de
dialogar sobre eclesiología y ministerios. También hay que buscar un concepto
común de unidad eclesial y de las consecuencias que de él se derivan como la
intercomunión u hospitalidad eucarística. Asimismo han surgido nuevas
divergencias en el campo ético, la defensa de la vida, el matrimonio y la
sexualidad. La crisis al respecto se evidencia, por ejemplo, en la situación de
la Comunión Anglicana. Un cuarto factor de nueva dificultad lo constituye la
preeminencia en la teología reformada actual de las corrientes liberales, que
hace que, a veces, los fundamentos cristológicos y trinitarios, que habían sido
hasta ahora un presupuesto común, puedan diluirse. En frase literal de Kasper,
"lo que considerábamos nuestro patrimonio común ha comenzado a deshacerse
en muchos puntos como los glaciares en los Alpes".
Signos más alentadores vienen de otras
corrientes teológicas más próximas a la sensibilidad católica, con traducciones
en la liturgia, en la vida monástica y en comunidades pietistas. Estas últimas,
ante la actual crisis ética, se vinculan en posiciones muy próximas a las
defendidas por la Iglesia católica.
Todos estos grupos, junto a otros
católicos, se han constituido recientemente en "redes espirituales"
en torno a monasterios como Chevetogne, Bose y, sobre todo, Taizé, y también en
movimientos como los Focolares y "Chemin neuf". En ellos y a través
de ellos, el ecumenismo vuelve a sus orígenes en pequeños grupos de oración, de
diálogo y de estudio bíblico.
También resultan de interés encuentros
y actividades como las realizadas, en 2007, en Porto Alegre, con motivo de la
Asamblea Plenaria del Consejo Ecuménico de Iglesia; y en Sibiu, en septiembre,
con la III Asamblea Ecuménica Europea.
Los emergentes
grupos carismáticos y pentecostales
Cerca de cuatrocientos millones de
fieles en todo el mundo
-sobre todo, en
América Latina- se insertan en un conglomerado de grupos carismáticos y
pentecostales. No tienen una estructura común ni un órgano central y son muy
diversos entre sí. Son los que vulgarmente entendemos por "sectas".
El diálogo, que no resulta fácil por la carencia de estructuras, sí es posible
con los pentecostales clásicos.
Refiriéndose a ellos, el Papa Juan
Pablo II afirmó que este fenómeno no debe considerarse solo de modo negativo,
pues, más allá de los innegables problemas, testimonian el deseo de una
experiencia espiritual, si bien muchas veces prometen una felicidad puramente
terrena.
Ante esta situación, es necesaria la
autocrítica: ¿Por qué tantos cristianos abandonan nuestra Iglesia? ¿Cuáles son
nuestras carencias pastorales y cómo podemos reaccionar ante este nuevo desafío
con una renovación litúrgica, catequética, pastoral y espiritual?
¿De qué
modo proseguir el camino ecuménico?
Se debe partir del patrimonio común de
fe y permanecer fieles a lo ya conseguido. A partir de ahí es preciso dar
testimonio común de esta vez en un mundo cada vez más secularizado. Esto
significa, en la situación actual, redescubrir y reforzar también los
fundamentos de la fe cristiana. De hecho todo se tambalea y se vacía de sentido
sin una fe consciente en el Dios vivo, uno y trino, en la divinidad de Cristo,
en la fuerza salvífica de la cruz y de la resurrección. Para quien ya no sabe
lo que es el pecado y lo que es estar implicado en el pecado, la justificación
del pecador no tiene ninguna importancia.
Sólo desde esta fe común es posible el
diálogo sobre las diferencias. El diálogo ha de hacerse de modo claro, pero no
polémica, sin ofender la sensibilidad de los demás, sin desacreditarlos. Es
preciso dar testimonio de la riqueza y de la belleza de la fe de un modo
positivo y acogedor, esperando la correspondiente reciprocidad. De este modo se
vivirá el ecumenismo del intercambio, no solo de ideas, sino también de dones,
cuajado de enriquecimiento mutuo.
En el diálogo fundamentado en el
intercambio espiritual, el diálogo teológico desempeñará también en el futuro
un papel esencial. Sin embargo, solo será fecundo si está sostenido por un
ecumenismo de la oración, de la conversión del corazón y de la santificación
personal.
Es necesario hacer todo lo posible,
reconocer con gratitud los dones recibidos en materia ecuménica y mirar al
futuro con esperanza. Basta echar, con un mínimo de realismo, una mirada los
signos de los tiempos para comprender que no hay ninguna alternativa realista
al ecumenismo, y sobre ninguna alternativa de fe.
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