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Carta para la Navidad del obispo de Plasencia, monseñor Amadeo Rodríguez Magro Me vais a permitir que haga una reflexión de la Navidad con tres estampas que recogen mis propias vivencias navideñas. Espero que encontréis en este gesto un detalle familiar, en el que vuestro obispo quiere compartir unos recuerdos incompletos de mis navidades. Por si no lo reflejo bien, os digo que siempre fueron felices, familiares y eclesiales; y que afortunadamente también fueron cálidas en afectos y muy llenas de amor de Dios. Haré este relato en tres estampas, que reflejan algunas etapas de mi vida. 
PRIMERA ESTAMPA: la navidad en mi infancia. Sabéis que soy de una pequeña aldea junto a Olivenza, llamada San Jorge de Alor. Fue allí donde nací y viví mis primeros años, junto a mi familia y mis paisanos. Con ellos compartí la alegre ternura de la Navidad. Se remontan mis recuerdos al adviento -aunque entonces yo no sabía lo que era eso-, pero sí lo vivía con intensidad. La familia y la parroquia eran nuestros espacios navideños en los días previos a la “nochebuena”. Los niños vivíamos ese tiempo de espera sobre todo en la parroquia del pueblo. Era en ella donde la imagen, la narración y la música navideñas tenían su espacio privilegiado. Todo giraba en torno al Belén, que en mi pueblo era verde como el musgo -espero que nadie me denuncie por una falta que entonces no lo era-, y que los monaguillos, con nuestros cestos, íbamos a buscar a los olivares más cercanos, en los que los viejos olivos de la Sierra de Alor se mostraban generosos con el Niño Dios. Cada año se producía el milagro del verde navideño de un sencillo portal sin demasiados adornos ni alardes técnicos, como esos que suelen tener los belenes de ahora. La fiesta llegaba, sobre todo, cuando había que montar el portal de Belén y colocar sus figuras escasas y pobres; al menos así eran las secundarias, porque el “misterio” era precioso o al menos a mí así me sigue pareciendo. Y eso que ya no usábamos en mis tiempos las ovejitas hechas de bellotas con las que adornaban el Belén en los años de la posguerra. Poníamos toda nuestra creatividad en plasmar el pequeño mundo de Belén a nuestra imagen y semejanza. Pastores y ovejas, leñadores, lavanderas, herrero y carpintero, todos iban poco a poco ocupando su puesto en la escena que, entre todos, íbamos reconstruyendo en torno a los ríos de plata, caminos de serrín y montañas de corcho. ¡Cómo gozaba eligiendo el sitio “adecuado” para cada uno! Cuando llegábamos a los personajes centrales, el párroco apelaba a nuestra sabiduría infantil, aprendida en la Historia Sagrada de nuestra Enciclopedia. Entre todos colocábamos a los ángeles del cielo, a la mula y el buey y, sobre todo a María y a José. Mucho, sin embargo, no nos gustaba poner a Herodes y nos dolía la actitud del posadero, aunque sabíamos que también ellos pertenecían al misterio. El Niño, naturalmente, se hacía esperar hasta la noche del gallo, cuando entonábamos “el gloria” de la misa. Para él cantábamos los villancicos y por él sentíamos tanta alegría. Los Reyes Magos permanecían a la espera de partir para ese largo viaje desde Oriente, que siempre se hace interminable para los niños, para los que nada hay que se haga esperar tanto y que esperen con tanta ilusión como la llegada al portal de esos tres lentos camellos. Y así, entre historia sagrada, música, poesía, leyendas, una cena feliz, cánticos entre vecinos, ricos pestiños y mucha fe y amor, transcurría la navidad de mi pueblo. ¡Ay que hermosa es la navidad de los niños! Dejemos que disfruten, no les ceguemos la fuente de lo que pude ser para ellos durante toda la vida el tesoro de la infancia.
SEGUNDA ESTAMPA: la navidad de un joven sacerdote. No es fácil resumir ni condensar lo que para mí fue la navidad en mis años de ministerio parroquial, siempre en una parroquia en la periferia de Mérida, San Francisco de Sales, entre gente muy sencilla y dispuesta a celebrar a fondo las fiestas religiosas de mayor arraigo popular. Recuerdo que para mí eran unas navidades muy para el anuncio del Evangelio. Siempre viví la navidad parroquial como un tiempo de buena noticia y en el que la gente estaba a la escucha de todo lo bueno que se le pudiera decir y ofrecer. Por eso la navidad era una época pastoral de muchas iniciativas, todas ellas orientadas a crear un clima festivo, pero también de fe. El diseño de las fiestas navideñas siempre tenía como objetivo acercar a todos al misterio de amor que se celebra. De hecho se hacían muchas cosas, pero todas para acercar más a Jesús, al que contemplábamos muy cerca de nosotros. Pero también pretendíamos recoger y potenciar en el ambiente, en cada situación, en las necesidades de la gente, los valores que emergen de la navidad: sencillez, alegría, solidaridad y mucho amor. Os puedo asegurar que ponía toda mi creatividad al servicio de un proyecto: crear, desde el amor de Dios que se manifestaba especialmente tierno en su Hijo Jesús, el clima necesario en el que muchos, especialmente niños, jóvenes, mayores y familias, pudieran vivir un poco mejor, porque la fe alegra la vida. Eso es lo que pretendíamos desde la expresividad pastoral con que se preparaba y vivía la navidad. Celebraciones religiosas, belenes vivientes, mucho villancico -en concursos y en fiestas-, creatividad literario, representaciones especiales en el templo y en el centro parroquial, juegos, iniciativas solidarias, adornos didácticos o simplemente para lucir en el servicio litúrgico… todo colaboraba a una fiesta, que si bien las preparaba para los demás, también a mí me hacía sentir muy feliz y muy sacerdote en medio de una comunidad que masivamente colaboraba. ¡Qué tiempos aquellos tan felices!
TERCERA ESTAMPA: la navidad de un obispo. No puedo decir que cualquier tiempo pasado haya sido mejor, pero sí ha sido distinto. Ahora mi navidad me la organizan: el obispo está en todo y acompaña a todos los que puede. Afortunadamente en esta diócesis se reclama mucho mi presencia. Por eso mi navidad suele ser muy movida. Me reclaman los niños, en una iniciativa preciosa, que en principio surgió de la Asociación de Belenistas; y con ellos estoy en una fiesta que ya es masiva y tradicional y que se celebra en la catedral. Estoy con todos los mayores, en las residencias, a las que visito en los días navideños, casi siempre celebrando para ellos y con ellos una misa a tono con la fiesta. Acompaño a discapacitados psíquicos y a quienes les cuidan. Visito todos los monasterios de religiosas contemplativas de la Diócesis. Bendigo belenes. Participo en cenas ya oficiales que reclaman la presencia del obispo. Me reúno con mis colaboradores más cercanos. Recibo la felicitación de las instituciones diocesanas en un encuentro muy cálido. Me acerco a la radio para participar y animar un maratón a favor de “Proyecto hombre”. Colaboro en proyectos solidarios. Celebro la Eucaristía en el centro de transeúntes. Participo en conciertos de villancicos, en exposiciones y en pregones navideños. Celebro con las familias su fiesta navideña. Y celebro la misa del gallo y mi hermana y yo cenamos la noche de navidad con los sacerdotes mayores que viven en la casa sacerdotal.
Como podéis ver, no me falta de nada. Y entre tantas cosas, procuro alentar a la alegría navideña, a la solidaridad y, sobre todo, a la expresividad religiosa de la navidad, que tan amenazada está en estos tiempos. Evidentemente llamo a todos, como pastor, a cuidar el sentido cristiano de esta fiesta, especialmente viviéndola con una fe que lleve a la adoración. Y yo procuro vivir el encuentro con el Niño Jesús, al que he esperado todo el adviento, y lo adoro en la oración, porque la navidad es tiempo para gozar de esa presencia tan tierna y entrañable.
Y, sobre todo, felicito personalmente a muchos la navidad, casi siempre con un hermoso cristma, que este año reproduce una bella pintura de Enrique Jiménez Carrero, pintor placentino, que ha tenido la gentileza de autorizarme su reproducción. Y a todos vosotros os felicito contándoos estas cosas que acabo de escribir, y que quizás no tengan ninguna importancia, pero hacen familia. De este modo os quiero decir a todos con un profundo afecto: FELIZ NAVIDAD A LOS LECTORES DE “ENTRE NOSOTROS” EN IGLESIA EN PLASENCIA.
+ Amadeo Rodríguez Magro Obispo de Plasencia
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