El próximo domingo, 20 de enero, se celebra la XCIII Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado. El título de la campaña es elocuente y dice “Joven inmigrante, la Parroquia sale a tu encuentro”.
Por lo tanto, dos ámbitos son de destacar éste año: aquellos que, en su juventud, se ven en la obligación de desplazarse de sus naciones de origen (bien sea por razones económicas o políticas) y el lugar espiritual dónde llegan que es el espacio (no sólo físico) que les recibe y que, sobre todo, les debe recibir.
Benedicto XVI, en el Mensaje para esta Jornada titulado “Los jóvenes migrantes” dice que “las instituciones públicas, las organizaciones humanitarias y también la Iglesia católica dedican muchos esfuerzos para atender a estas personas en dificultad”.
Y las personas a las que se refiere el Santo Padre no son otras que aquellas que, en su juventud, debido a que el “amplio proceso de globalización del mundo lleva consigo una necesidad de movilidad”, “abandona a menudo los países de origen mientras en los países que reciben a los emigrantes rigen normas que dificultad su efectiva integración”
A esto, a la problemática con la que se encuentran los jóvenes que, desde sus naciones vienen aquí, Benedicto XVI lo llama “dificultad de doble pertenencia” porque, por un lado, no pueden olvidar, ni deben tampoco, su lugar de origen, donde nacieron, donde tienen sus raíces pero, por otro lado, desean integrarse en una sociedad que, a lo mejor, no los acepta como ellos quisieran.
Y, sin embargo, los jóvenes a los que, especialmente, se dirige el mensaje de esta Jornada, tienen derecho a ir a mejor porque al ser humano, en su ansia de prosperar, no se le puede coartar ese derecho.
Éste derecho, el de mejorar, que es, sin duda, un derecho fundamental de la persona porque supone un mejor vivir para la misma y eso no puede ser, sino, algo a lo que, por el hecho mismo de ser persona, se ha de tener acceso. No parece, esto, que esté en la mente de algunos seres humanos que prefieren refugiarse en su comodidad occidental; comodidad que, por cierto, se está haciendo, bajo el orden de lo políticamente correcto, menos acogedora de lo que, tradicionalmente, siempre fue. Y esto no es buena cosa sino mala, pero que muy mal ejemplo para aquellos que, en sus continentes pobres, miran con ilusión a un mundo que creen mejor pero del que, en realidad, desconocen, su miseria moral y su falta de sensibilidad rectamente entendida en muchas ocasiones. Y no digamos, ya, para aquellos que son perseguidos por sus ideas políticas y huyen, más incluso que los que lo hacen por razones económicas, para poner a salvo sus vidas.
Y para hacer efectivo aquel derecho, citado supra, la Parroquia juega un papel fundamental porque, según dice el Mensaje de los Obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones, para la Jornada de la que hablamos, “por su condición de familia, comunidad, por su capacidad de prestar numerosos y variados servicios a la persona, y por estar ‘abierta’ o ‘en guardia’, se encuentra en una situación privilegiada para ser el primer espacio de encuentro de los inmigrantes con la Iglesia de su nuevo país”.
Y lo que se recomienda en primer lugar, teniendo en cuenta que no todos los jóvenes que llegan a nuestras tierras son cristianos (o siéndolo no son católicos y, muchas veces, son musulmanes o tienen otras creencias o ninguna) es evitar “toda discriminación” porque será síntoma, tal cosa, de una puesta en práctica efectiva del Evangelio y de la doctrina de Cristo en cuanto “amar a tu prójimo como a ti mismo” que no otra cosa es hacer aquello dicho. Al fin y al cabo, “a todos ha de llegar, por la palabra y el testimonio de los miembros de la Iglesia el anuncio explícito del Evangelio de Jesucristo, como propuesta de Salvación" porque, como dijo Juan Pablo II, en Cuatro Vientos y en su última visita a España (mayo de 2003), “la fe no se impone, se propone”. Y tal es el sentido de las palabras que componen el Mensaje de los Obispos españoles: estar “siempre dispuestos a defender la dignidad y los derechos fundamentales de los inmigrantes”.
Y la Parroquia es, sin duda, el ámbito preparado para llevar tal servicio a la práctica por ser, por decirlo así, la organización básica de la Iglesia, en la cual convergen todas las realidades que en la Iglesia son y sirven.
Por eso y al fin y al cabo, Benedicto XVI insta a los jóvenes migrantes a “construir, con vuestros coetáneos, una sociedad más justa y fraterna, cumpliendo escrupulosamente y con seriedad vuestros deberes con vuestras familias y con el Estado”.
Y a nosotros, los que habitamos en nuestras opulentas sociedades occidentales se nos ha de pedir, exigir, la comprensión necesaria para aceptar a aquellos que, en su juventud, se integran (o, al menos lo intentan) entre nosotros y hacen, de la Parroquia, el centro de su existencia espiritual.
Otra cosa no es admisible si nos consideramos, porque lo somos, hijos de Dios aunque, como dice San Josemaría “Realmente somos siervos: siervos elevados a la categoría de hijos de Dios” (Surco, 267) y a ellos los tenemos como hermanos en la fe.
Seamos, también, siervos con los emigrantes de allí (que son los inmigrantes aquí) y los refugiados porque también es un deber nuestro aunque, a veces, no seamos capaces de comprender tal cosa.
De todas formas, ya dijo el evangelista Juan, refiriéndose a “la Palabra que era luz verdadera” (Jn 1,9) que el mundo, que “fue hecho por ella” (Jn 1, 10) “no la conoció” (ídem anterior) pero que, sobre todo, “a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1, 12)
Seamos, por lo tanto, lo que Dios quiere que seamos, de verdad, y que no es otra cosa que sus hijos (ya lo hemos dicho antes), tendiendo la mano y el corazón (de carne, no de piedra) a los que vienen a nosotros acuciados por algo más que por el hambre o por no caer en las manos de la venganza y la sinrazón; necesitados, también, de amor.