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Queridos
amigos: La Palabra de Dios proclamada en el Adviento nos ha invitado a
perseverar en la espera y a la vez nos anuncia el cumplimiento de esta espera. Durante
este tiempo, a través de la Palabra, hemos ido preparando el camino, allanándolo,
separando el grano de la paja, tomando el baño purificador…
El cuarto
domingo nos ha hecho centrarnos en el nacimiento de Cristo; la Virgen María
acogiendo el plan de Dios. Con el anuncio, se da comienzo en la vida de María y
José a una nueva historia. Esa nueva historia que es también nuestra historia,
en la que hoy más que nunca debemos dar testimonio, y un testimonio creíble y
visible. Los cristianos tenemos un papel profético de protesta contra este
mundo adormecido, que ha olvidado a Dios, que mata y adultera…
Ante esto
hermanos tenemos que mantenernos vigilantes en la fe, en la oración, abiertos a
reconocer los “signos” de la venida del Señor, a caminar por el camino que a
cada uno Él nos ha trazado, a testimoniar el gozo que nos trae Jesús, a tener
un corazón abierto a las necesidades de los otros, un corazón pobre y vacío de
sí, a compartir nuestras vivencias de fe, a participar activamente en la
Eucaristía y los sacramentos, a vivir una vida en plenitud sólo desde Él.
Que la
Navidad no se quede solamente en la fiesta, las luces, los villancicos, las
celebraciones familiares, si no que seamos capaces de ver que el Señor nace en
nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en el mundo,
y para y por cada uno de nosotros.
Que como María abramos nuestro corazón al Niño-Dios
que viene a nosotros y dejémosle vivir en el.
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