Es sorprendente que cuantos han elegido como motor la frase de Voltaire “lucharé
hasta la muerte para que tú puedas decir lo contrario de lo que yo pienso” se
opongan a que el Papa dé un discurso en la Universidad La Sapienza de Roma.
Y aún es más sorprendente
porque las universidades italianas todavía son un lugar abierto a todo tipo de
intervención. Es inexplicable que al Papa se le haya aplicado el derecho de
admisión.
¿Qué ha sido tan grave como para poner límite a la
tolerancia volteriana? Lo explicaba Marcello Cini en su carta del pasado
noviembre, en la que condenaba la invitación realizada por el rector Renato
Guarini a Benedicto XVI. Lo que les parece “peligroso” es que el Papa intente
plantear un discurso entre fe y razón, restablecer una relación entre las
tradiciones judeo-cristiana y helenística, rechazar que ciencia y fe queden
separadas por una pared impenetrable.
Para Cini, este programa es intolerable porque tendría
en realidad una intención perversa, que Benedicto XVI ya cultivó cuando era “capo
del Santo Oficio”, la de “meter en vereda a la ciencia” y reconducirla hacia la
“pseudos-racionalidad de los dogmas religiosos”. En otras palabras, según Cini,
habría tenido el efecto nefasto de suscitar reacciones vehementes en el mundo
islámico. Aunque dudo de que Cini llegara a pedir a algún representante
religioso musulmán que entone un mea culpa por la persecución de
Averroes antes de poner un pie en La Sapienza. Más bien estoy seguro de que lo
recibiría con los brazos abiertos en nombre de los principios del diálogo y la
tolerancia.
La oposición a la visita del Papa no se debe a un
principio abstracto y tradicional de laicidad. Tiene un carácter ideológico y
su objetivo específico es Benedicto XVI en cuanto que se permite hablar de
ciencia y de la relación entre ciencia y fe, en vez de limitarse a hablar de
fe.
La carta en contra de su visita está firmada también
por un grupo de físicos e inspirada por un sentimiento de fastidio por la
persona misma del Papa, al que se le presenta como un obstinado enemigo de
Galileo. Le acusan de haber retomado –en una conferencia precisamente en La
Sapienza el 15 de febrero de 1990 (¿El turno de Europa? Diagnóstico y
propósitos de la posición de la Iglesia en el mundo)- una frase del
filósofo de la ciencia Paul Feyerabend: “En la época de Galileo la Iglesia era
mucho más fiel a la razón que el propio Galileo. El proceso contra Galileo fue
razonable y justo”. No se han preocupado de leer aquel discurso completo y con
atención.
El tema de aquel discurso era la crisis de confianza
de la ciencia en sí misma y ponía como ejemplo el cambio en el caso Galileo. Si
en el siglo XVII Galileo es emblema del oscurantismo medieval de la Iglesia, en
el XIX se produce un cambio y se subraya que Galileo no había reunido pruebas
convincentes del sistema heliocéntrico hasta la afirmación de Feyerabend
–definido por el entonces cardenal Ratzinger como “un filósofo agnóstico y
escéptico”- y la de Carl Friedrich von Weizsäcker, que directamente une con una
línea recta a Galileo con la bomba atómica. Estas citas no las usó el cardenal
Ratzinger para resarcirse ni justificarse: “Sería absurdo hacer apología sobre
la base de estas afirmaciones. La fe no crece a partir del resentimiento ni de
la refutación de la racionalidad”. Más bien las mencionó como prueba de cuánto
“las dudas de la modernidad sobre sí misma habían ahogado a la ciencia y a la
técnica”.
En otros términos, el discurso de 1990 bien puede ser
considerado, por quien lo lea con un mínimo de atención, como una defensa de la
racionalidad galileana contra el escepticismo y el relativismo de la cultura
postmoderna. Quien conozca mínimamente las últimas intervenciones del Papa
sobre este argumento sabe bien como en ellas considera con “admiración” la
célebre afirmación de Galileo sobre que el libro de la naturaleza está escrito
en lenguaje matemático.
¿Cómo ha podido suceder que los profesores
universitarios se hayan implicado en semejante infortunio? Un profesor debería
considerar un fracaso profesional el haber transmitido tal modelo de lectura,
desatenta, superficial, que conduce a una verdadera tergiversación. Pero me
temo que el rigor intelectual interesa poco y que la intención es la de hacer
daño a toda costa. Nada que ver con la laicidad el comportamiento de algunos de
los firmantes, que no han dedicado una sola palabra contra el integrismo
islámico o contra la negación del holocausto. Como bien decía Giuseppe
Caldarola, emerge aquí “una parte de cultura laica que no tiene argumentos y
demoniza, no discute como la verdadera cultura laica, sino que crea monstruos”.
Por tanto, repetimos con él que “la amenaza contra el papa es un suceso
dramático, cultural y civilmente”.
Giorgio Israel es profesor ordinario de Matemática
Complementaria en la Universidad de Roma La Sapienza
FUENTE: http://www.paginasdigital.es/