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Del 18 al 25 de enero, semana de oración por la unidad de los cristianos.
La división o separación de los cristianos es una realidad dolorosa y
escandalosa, que contradice la voluntad de Jesucristo, que quiere que
"todos sean uno". La túnica inconsútil de Jesús -que es su Iglesia-
se ha roto y de ha dividido a lo largo de los siglos. La separación de los
cristianos es un drama, un escándalo, fruto de los pecados de distintas partes.
Es una realidad que chirría a la misma identidad de la Iglesia, perjudica la
obra evangelizadora, resta credibilidad y dispersa fuerzas.
Primer milenio
Las primeras escisiones en el seno de la cristiandad se producían en los cinco
primeros siglos de nuestra era a propósito de las llamadas herejías trinitarias
y cristológicas. No obstante, y aunque algunas de estas comunidades todavía
subsisten a día de hoy, fueron muy limitadas y se circunscribieron en buena
medida en un ámbito geográfico que, a partir del siglo VII, fue tomado por el
Islamismo.
En el siglo XI, en el año 1054, se produce la ruptura traumática entre la
Iglesia Latina y la Iglesia Griega. Nacía la Ortodoxia, separada de Roma. Con
el paso de los siglos, el escollo principal en la persistente separación es la
concepción del primado papal. Para la Ortodoxia, el obispo de Roma -el Papa-
debería tener tan sólo un primado honorífico y no jurisdiccional, como entiende
y proclama la fe de la Iglesia Católica.
La reforma protestante
A partir del año 1517 llega la llamada Reforma Protestante de la mano de Martín
Lutero. Las diferencias doctrinales y disciplinares se acrecientan y las
divergencias sustanciales se sitúan en temas relativos la Eclesiología, la
interpretación de la Sagrada Escritura y la Antropología Teológica. El
Protestantismo además se diseminará en numerosas confesiones.
En paralelo a la Reforma Protestante, surge en Gran Bretaña el Anglicanismo,
que asume algunos puntos de la doctrina luterana y, sobre todo, crea una
Iglesia propia nacional.
A día de hoy, estas separaciones persisten. El número de cristianos en todo el
mundo se aproxima a los dos mil millones de fieles. De ellos, 1.100 son
católicos, la Ortodoxia cuenta con unos 300 millones; y el resto las Iglesias y
confesiones nacidas de la Reforma
Protestante.
El Movimiento
Ecuménico
En los años treinta del siglo XV se celebra el Concilio de Florencia, que logra
un teórico acuerdo de reconciliación con la Ortodoxia. Sin embargo, las
disposiciones conciliares se quedaron en papel mojado por la falta de interés
de las Iglesias locales de ambas partes, y, con la caída de Constantinopla del
año 1453, aquella firmada unidad fue una quimera.
Tras la irrupción del Protestantismo y la fuerza con que emergió en
Centro-Europa, gracias en buena proporción a las aspiraciones nacionalistas de
los Príncipes, las relaciones entre la Iglesia Católica y el Protestantismo
fueron prácticamente inexistentes hasta la segunda mitad del siglo XX. Incluso
la Religión se convirtió en algunos momentos en causa de guerra.
Hacia el año 1740 surge en Escocia un movimiento pentescostal que llamada a la
unidad de las Iglesias. Un siglo después, Ignatius Spencer, convertido
al catolicismo, propone una "Unión de oración por la unidad". Los
obispos anglicanos se suma a este camino en 1867 y el Papa León XIII, en
1894, anima a la práctica de un octavario de oración por la unidad de los
cristianos en el contexto de la fiesta de Pentecostés, la fiesta del comienzo
de la Iglesia.
En 1908 Paul Watson propone unas nuevas fecha para esta iniciativa: del
18 de enero, entonces fiesta de la cátedra de san Pedro, hasta el 25 de enero,
festividad de la conversión del apóstol San Pablo. A partir de 1926, el Consejo
Ecuménico de Iglesias comienza la publicación de unos textos oracionales
comunes para este octavario, que cuenta pronto con apoyos de
católicos en Francia y en otros países.
"Unitatis
Redintegratio"
Desde el Concilio Vaticano II, clausurado en 1965, la Iglesia Católica asume
como prioridad la acción ecuménica y se suma al movimiento ecuménico, definido
en el decreto conciliar "Unitatis Redintegratio" ("La
recuperación de la unidad") como "el conjunto de esfuerzos realizados
bajo el impulso del Espíritu Santo con el fin de restaurar la unidad de todos
los cristianos".
En este empeño
y compromiso del movimiento ecuménico participan quienes "invocamos al
Dios Uno y Trino y confesamos a Jesucristo como Señor y Salvador".
Según este mismo documento conciliar, uno de los más emblemáticos del Vaticano
II, la práctica del ecumenismo tiene seis caminos: 1/ La reforma de la Iglesia,
2/ La conversión del corazón, 3/La oración constante y unánime, 4/El
conocimiento mutuo de los hermanos, 5/La formación ecuménica y 6/La cooperación
entre los hermanos cristianos.
Se dice con frecuencia que es más lo que une que lo que más separa. Y es cierto
y la acción ecuménica habrá de contribuir a conocer y reconocer esta realidad.
Se ha dicho también que la oración es el medio o el camino y que la unidad es
la meta. De ahí la importancia de esta Semana de oración por la unidad de los
cristianos, que llega el miércoles a su fin, aunque la oración por la unidad
deba ser plegaria e intención constante.
El diálogo teológico intercristiano es uno de los grandes instrumentos
ecuménicos, que a lo largo de estos cuarenta años ha dado algunos e importantes
frutos, como, en 1999, la declaración conjunta entre la Iglesia Católica y la
Iglesia Reformada Luterana a propósito de la Justificación, o la reciente
declaración anglicano-católica sobre el papel y misión de María, suscrito en
febrero de 2005. En Rávena, en octubre de 2007, teólogos católicos y ortodoxos
firmaron una importante declaración conjunta sobre el primado papal en el
primer milenio.
El Papa Benedicto XVI, cuyo origen alemán nos permite deducir fácilmente lo
bien que conoce el drama real y concreto de la separación de los cristianos, ha
situado el ecumenismo como primera prioridad de su ministerio apostólico
petrino. Pero no sólo de él depende el logro de esta prioridad.
Todos los cristianos debemos sumarnos afectiva y efectivamente a ella mediante
la oración, el compromiso y el trabajo por la unidad. "Que todos sean
uno": he aquí la plegaria y el afán de todos los cristianos. (Jesús de las
Heras Muela - Director de ECCLESIA)
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